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Otro asesino en serie modélico

Otro asesino en serie modélico
Otro asesino en serie modélico larazon

Debe ser culpa del patriarcado que domina los medios de masas que nos ha convencido de que quien mejor describe la maldad, la oscuridad, la brutalidad gore y las salpicaduras del sanguinolento «splatter» es el hombre, cuando la realidad es que las más dotadas para poner los pelos de punta con atrocidades sin cuento son las escritoras de intriga. Véase el caso de Alison Belsham y «El ladrón de tatuajes» para confirmar en qué medida goza con el despellejamiento y el placer morbosamente sádico de hacerlo delectándose mientras la víctima sigue con vida.

Otra escritora que utiliza este tipo de perturbación morbosa es Ingrid Desjours en «Ojos de muñeca», que le gana en fetidez y carnicería. Pero poca cosa comparada con Ashley Ayer y su genial thriller «Astillas en la sangre», sobre el «asesino de los tatuajes», un psicópata que tatúa también a la víctima en carne viva, presentándose como un artistas posmo. A su lado, Alison Belsham, una escritora con pinta de ama de casa modélica de Edimburgo, es una aprendiz de escritora, amante de la carnicería extrema.

Más allá de la piel

Llegado a este dislate, ¿qué justifica esta delectación en el sufrimiento humano, repetido en numerosas novela de asesinos en serie? Literariamente, la desaparición de la elipsis. Un tropo estilístico que confiere a la narración un plus poético de metaforización cuando es logrado. En el campo moral, la confusión posmoderna entre deseo carnal y atrocidad debido a la hiperrealidad creada por la pornografía, que aumente la carnalidad del cuerpo hasta el extremo de desear ir más allá de la piel, de ahí el auge de las prácticas sadomasoquistas. Las famosas «50 sombras de Grey» son la versión blanda de las prácticas reales sadomaso en el cuarto oscuro de la vida.

Este es el fundamento del auge del asesino en serie como metáfora cruenta del placer del dolor. Un goce perverso que trata de aumentar el umbral de placer gore, anestesiado por los sucesivos asaltos en los medios a la obscenidad cotidiana.

Que el asesino en serie tenga su propia voz narrativa, que el relato sea en primera persona que «profundiza» en los desvaríos de éste, convertido en modelo de lo peor, pero atractivo por representar un mal que bascula entre la racionalidad y el desvarío, es otro de los clichés que la obra repite. Se diría que su virtud reside en su ingenuidad, tan tosca y primitiva que es útil por evidenciar en qué medida la oscuridad del relato, la simplicidad de los personajes y el tópico que encarna el asesino en serie son simplificaciones que desmontan los estereotipos del insufrible «noir» posmoderno.

Juzgada desde esa misma ingenuidad, el relato de Alison Belsham es sin duda entretenido. El placer del efecto «copycat»: la imitación y repetición de modelos, es éxito asegurado; el escenario tan actual de los tatuadores, el «serial killer» que esconde un secreto increíble –pero imprescindible para los dos giros finales– así lo atestiguan. Como placer culpable, «El ladrón de tatuajes» es altamente recomendable.