Perra vida

La pintora colombiana Emma Reyes (Bogotá, 1919-Burdeos, Francia, 2003) envió a su amigo el historiador Germán Arciniegas veintitrés cartas en las que relataba su vida en Colombia, aproximadamente hasta los veinte años. El resultado es una narración de tal dureza que es inevitable asociarla a las penalidades de los personajes dickensianos. Emma, su hermana, otro niño y una mujer a la que llamaban «la señora María» vivían en una sola habitación sin ventanas, cuya única ventilación era la puerta que daba a la calle, sin agua ni inodoro. La mayor parte del tiempo los niños estaban encerrados y solos. Poco después ella y su hermana fueron abandonadas y recogidas durante casi quince años en un convento donde las niñas trabajaban como sirvientas y algunas, como Emma, empezaban a bordar. Sin embargo no aprendió a leer y escribir hasta que se escapó con casi veinte años.

La sorpresa que espolea el corazón del lector va más allá del estupor ante tanta dureza. Lo que consigue que el libro se lea sin pausa es su habilidad expresiva para narrar tantas adversidades con la mirada de la niña que las sufrió y sin caer en la autocompasión ni mostrar resentimiento.

Emma Reyes triunfó como pintora, ayudaba a los jóvenes artistas que llegaban a Francia, conoció a famosos pintores e intelectuales y tras su marcha del convento vivió en América experiencias durísimas. Su vida merecería, sin duda, una biografía detallada.