Thoreau, el «inspector de tormentas» vegetariano

Se conmemora este año el bicentenario del nacimiento del pensador estadounidense Henry David Thoreau (Concord, Massachussets, 1817- 1862). Su perfil intelectual se ha agigantado con los años, reconociéndosele su vital importancia en la consideración de la filosofía de la naturaleza, los movimientos contraculturales, el antibelicismo, la desobediencia civil y el individualismo antiestatal. Es, además, una figura clave del selecto grupo de teóricos sociales de Boston, los «trascendentalistas», con Ralph Waldo Emerson a la cabeza, abanderados y precursores de ideas como el pacifismo, la ecología o el naturismo. El éxito de esta recuperación estriba en la modernidad de unas ideas que en su época supusieron un transgresor modelo de vida social y personal.

El ensayista, novelista, poeta y crítico literario Toni Montesinos (Barcelona, 1972) publica «El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau», la definitiva biografía intelectual de aquel hombre que se retiró durante más de dos años a una cabaña en medio del bosque, pretendiendo un aislamiento espiritual que le llevaría a edificar un sistema filosófico de potente implicación ética y no menor significación social. Se ofrece aquí un pormenorizado retrato de este adalid de la libertad de conciencia, al tiempo que se reconstruye el ambiente intelectual de una fecunda generación literaria, seña y símbolo de la mejor idiosincrasia americana: la obra más emblemática de Thoreau, «El tratado Walden», ve la luz en 1854, mientras que una década anterior habían aparecido las dos series de los «Ensayos» de Emerson, y en 1855 Walt Whitman publicará su poemario «Hojas de hierba», un canto a la identidad nacional. El objetivo de este estudio queda claro al plantearse inicialmente su autor: «Pero ¿quién era en el fondo este individuo que ansiaba lograr sacarle el máximo partido a la vida desde la relación con las montañas y los ríos, desde el rechazo a los bienes de consumo y las innumerables hipocresías sociales?» La caracterización queda plenamente lograda al presentarnos a un Thoreau sobrio, abstemio, puritano, vegetariano, adusto, solitario y desprendido. Imbuido de un espíritu que hoy identificaríamos como cercano al budismo, nuestro pensador se adentra en una negación de sí mismo, «Yo no soy nada», que pretende realzar la importancia del entorno natural, las relaciones amistosas, el poder de las convicciones y el predominio de la propia conciencia. Se refería a sí mismo como «hijo de la niebla» o «inspector de tormentas», apelativos que reflejan muy bien su inserción en un trascendente clima natural, donde no faltan los animales, entrañablemente defendidos entre lo evangélico y lo franciscano.

Mención aparte merece su combativa actitud abolicionista, aunque por poco tiempo no llegara a conocer la supresión de la esclavitud en 1863; su crítica a las sucesivas «fiebres del oro» de su época, así como su condición de filántropo de aparente misantropía, una contradicción que se aclara y matiza muy bien en esta biografía. Destaca su amor por los elementos básicos del mundo físico: el aire, el agua o el fuego; a propósito de este último, él mismo en su juventud provocaría involuntariamente un incendio forestal, aunque su proverbial optimismo antropológico acabara atribuyendo a esta circunstancia sorprendentes ventajas ecológicas.

Individualista categórico

La visión simple de la realidad que sostenía Thoreau se aviene con su decidido enfrentamiento a los fastos de la vida urbana y el espíritu asociativo de pretenciosa representatividad. Aparece así como un individualista que cuestiona el uniformador orden legislativo, la trivialidad de las relaciones sociales y los prejuicios de una adocenada opinión pública. Con esta actitud contestataria no es extraño que llegara a ser un referente fundamental del imaginario teórico de Martin Luther King o Mahattma Gandhi. Pero Thoreau se consideró siempre un escritor, y lo prueba el hecho de que contara con una corte de seguidores y comentaristas de la talla de R.L. Stevenson, o Henry James; sin olvidar la declarada admiración que le profesará nuestro Antonio Machado. Será también un entregado defensor de la lectura, buscando incesantemente libros en lo que hallar «lo más parecido a la vida». Una espiritualidad de signo panteísta, su estóica bonhomía, y su arcádico sentido del entorno natural- como buen conocedor de los clásicos grecolatinos-, le granjearían una merecida fama de filósofo de la existencia práctica: «Ser un filósofo no es sólo tener pensamientos sutiles, ni siquiera fundar una escuela, sino amar la sabiduría y vivir de acuerdo con sus dictados una vida de sencillez, independencia, magnanimidad y confianza. Es resolver ciertos problemas de la vida, no sólo en la teoría, sino en la práctica».

Respecto a su vida privada, aparece aquí algún frustrado compromiso sentimental, una tenue misoginia y la célibe entrega a un absorbente ideal de excluyente dedicación. Sin olvidar su adscripción al optimista «carpe diem», o su obsesión por el caminar, como reflejo de la ruta de la vida. Si consideramos como una genialidad que nuestra juventud domine todo tipo de estrategias internáuticas, nos resultará imprescindible esta excelente biografía, amena, rigurosa y concluyente, de aquel Thoreau partidario del factor humano frente al vacuo desarrollismo tecnológico.