Trapiello y la importancia del yo

En los últimos años ha proliferado en la literatura española un memorialismo capaz de combinar la personal intimidad del autor con referencias socioculturales, en un logrado equilibrio entre la subjetividad crítica y el testimonialismo. Basta pensar en los diarios de José Luis García Martín, Ignacio Carrión o José Carlos Llop, para cerciorarse de la vitalidad de esta escritura del yo, claro ejercicio de autorreflexión que tiene a la vida misma como su principal argumento. Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) viene publicando, desde aquel primer volumen de 1990, «El gato encerrado», un ambicioso ciclo autobiográfico titulado «Salón de pasos perdidos», donde radiografía su cotidianidad, repleta de conversaciones con escritores, recorridos por el Rastro madrileño, reflexiones vitales, vicisitudes familiares y significativas anécdotas, en un conjunto de impresiones y paisajes particulares de hondo valor estético y «moral «, a la manera de una intencionada crónica de costumbres. «Sólo hechos» constituye la vigésima entrega de esta portentosa serie, cuya trayectoria viene definida por la aguda percepción de la sentimentalidad habitual, de los azarosos avatares diarios, y del paso del tiempo, que fluye con la pautada calma de un sabio estoicismo y una meditativa melancolía. Se inicia el año, aquí 2006, en la ya conocida casa familiar de Las Viñas, en Extremadura, en medio de un característico lirismo descriptivo, para ir avanzando hacia la realidad intelectual de la urbe madrileña; citas con amigos, visitas a exposiciones de arte, bibliotecas frecuentadas real o imaginariamente, sin perder nunca esa franqueza entre castiza y galdosiana, admirablemente culta y popular a la vez.

El subtítulo de este conjunto es «Una novela en marcha», que subraya su carácter narrativo, algo ficticio y legítimamente imaginativo de unas vivencias no sólo actuales, sino que nos remiten, por ejemplo, a episodios de la Guerra Civil española o al idiosincrático mundo poético de Juan Ramón Jiménez; sin olvidar el tono lúcidamente sentencioso de expresiones como esta: «Literatura..., qué pereza. O, más bien: literatura, qué desgracia. « Y qué suerte para el lector contar con esta excelente escritura de la memoria personal.