Un presidente hispano para EE UU

Lionel Shriver cuenta en «Los Mandible» cómo un crack económico afecta a una familia norteamericana.

Acaba de aparecer un libro del recién desaparecido este año Zygmunt Bauman, «Tiempos líquidos» (editorial Tusquets), en el que, con el subtítulo «Vivir en una época de incertidumbre», entre otros asuntos, aborda la utopía, concepto que ya tiene toda una larga y fecunda historia, desde la República platónica de la Grecia del siglo V a.C. hasta la actualidad. El pensador polaco mencionaba, como es inevitable, a Tomás Moro, quien «sabía muy bien que su proyecto para un mundo limpio de incertidumbre y de miedos incontrolados era el diseño de un escenario idóneo para una vida buena, y también era un sueño». Le puso el nombre de utopía uniendo dos palabras griegas que venían a significar: no-lugar. Ese sueño de sociedad ideal no está en ningún sitio, no existe, entonces. ¿O tal vez sí? Oscar Wilde dijo que todo mapa debería tener ese país siempre, el de los anhelos y optimismos del ser humano, y Bauman afirma que nuestro mundo tiene que tender a la utopía precisamente porque sin ella no es habitable.

Ahora Lionel Shriver le da la vuelta a ese futuro que tendría que esperarnos con todo tipo de esperanzas para confeccionar el otro lado de la moneda: una distopía, es decir, una utopía negativa. Especialista en indagar en las bondades convertidas en pesadillas en el seno de la típica familia estadounidense de clase media alta, la autora de «Tenemos que hablar de Kevin», célebre por haberse adaptado al cine, y de otras novelas igualmente notables como «El mundo después del cumpleaños», «Todo esto para qué» y «Big Brother», nos lleva a una Norteamérica que haría que el mismísimo Donald Trump se llevara las manos a la cabeza.

El dólar, por los suelos

«Los Mandible. Una familia: 2029-2047» (traducción de Daniel Dajmías) presenta un mañana en que se han repetido las circunstancias devastadoras del crack del 29, con el valor del dólar por el suelo, y que además tiene como presidente de la nación a un hombre de origen hispano, e incluso un muro, sí, pero para que los ciudadanos no huyan en vez de servir para que no entren los inmigrantes. Para desarrollar un escenario de verdadera incertidumbre como éste, en el que hay que ahorrar agua para lavarse una vez por semana y es posible quizá comer carne cada varias –por aludir al primer capítulo de la novela–, nada mejor que centralizar todo en un hogar concreto. Así, tenemos cómo Florence y Esteban Mandible y sus hijos, en Brooklyn, durante los próximos veinte años prácticamente, tienen que apañárselas frente a un colapso económico de proporciones catastróficas, día a día, en un entorno en el que la raza blanca es minoritaria, China se ha erigido en el único líder mundial y el gobierno requisa el oro de la gente para obtener liquidez.

El libro irá avanzando con el protagonismo creciente del más joven del grupo, Willing, que se busca la vida a lo largo del país para salir de un atolladero social desmesurado; todo de manera más o menos entretenida, aunque con una extensión exagerada y con ese telón de fondo hasta el último capítulo, titulado significativamente «De todos modos, ¿quién quiere vivir en una utopía?». Tal vez el lector concluya finalmente que la obra acaba siendo un mero ejercicio de futurismo decadente y que la brillante idea que la sustenta supera a lo que debería ser el eje central y que no acaba de desarrollarse del modo deseado: una buena trama narrativa.