Venecia eterna

El Romanticismo fue una época de exaltación de la pasión y el sentimiento y también el tiempo en que los europeos comenzaron a sentir curiosidad por lo ajeno que, en la mejor de las versiones, convierte a los hombres en viajeros. Todo intelectual que se preciara debía realizar el «Grand Tour»: un recorrido por Italia, la cuna del Renacimiento y la heredera directa de la Antigüedad latina. Théophile Gautier (1811-1872), escritor de gran influencia en su época y un hombre de múltiples facetas, fue también un gran viajero y precisamente sus libros de viajes han llegado a nosotros sin perder un ápice de interés. Antes de ir a Italia había estado en otros países, también en España, país que le fascinó y que recuerda en ocasiones en este libro, en el que compara con frecuencia aspectos de Venecia con otros de Córdoba o Granada. Una cita de Juan Vélez de Guevara recuerda en la introducción que sólo lo singular merece el nombre de precioso, palabras que se ajustan a la ciudad que, probablemente, ha recibido más calificativos elogiosos.

Qué lugar mejor para que Gautier, viajero observador, sensible y ameno, ponga su elegante prosa al servicio de palacios, canales, iglesias, puentes. Describe con delectación los más mínimos detalles, aporta datos que prueban su erudición y el poso dejado por otros viajes y en el momento de las «impresiones» afirma, por ejemplo, que la iglesia de San Marcos parece un sueño oriental petrificado por un encantador.