Literatura

La escalofriante historia real a la que Harper Lee, la autora de “Matar a un ruiseñor”, dedicó 10 años de su vida

Un recorte de prensa que recoge la muerte de Maxwell de tres disparos
Un recorte de prensa que recoge la muerte de Maxwell de tres disparos

Sale a la luz el manucrito de la escritora de “Matar a un ruiseñor”, una historia escalofriante sobre un predicador asesino, Willie Maxwell, que la impresionó tanto como para dedicarle diez años de trabajo y que no pudo acabar

Hubo una vez una escritora de Monroeville, Alabama, elegante, generosa, juerguista, humilde, trabajadora, divertida... y atormentada por su incapacidad para enfrentar la hoja en blanco. Con 34 años había escrito y publicado una de las grandes novelas americanas del siglo XX, “Matar a un ruiseñor”. Un libro prodigioso e inolvidable. Una caja de sorpresas que retrataba el sur profundo y sus brutales pesadillas raciales a través de un par de niños maravillosos y un padre que, encarnado luego por Gregory Peck, quedaría como la quintaesencia del hombre justo y bueno. Nuestra Bartley, nuestra escritora súbitamente enmudecida por la presión de un éxito colosal, respondía al nombre de Harper Lee. En la sombra de “Matar a un ruiseñor” acompañó hasta Holcomb, Kansas, a su gran amigo Truman Capote para liderar la investigación del material que originaría “A sangre fría”.

El gran libro de la llamada novela de no ficción, tan genial como tramposo, tan admirablemente escrito como indecente a la hora de manipular a los personajes reales y hasta de suplir la falta de datos con unas trolas imponentes que los más vagos del erial literario todavía tienen el cuajo de considerar licencias poéticas. A la vuelta de aquella expedición, Lee, que no publicó otro libro en vida hasta 2015, meses antes de fallecer, cuando llegó a las librerías el controvertido “Ve y pon un centinela”.

Pero durante años, no menos de diez, la escritora enmudecida trabajó en otra historia de crímenes reales. Un cuento cosido con hechos ciertos que habría dado para un libro magnífico. Hasta que otra escritora, Casey Cep, accedió a las notas de Lee, investigó por su cuenta y entregó a la imprenta lo que tiene toda la pinta de ser uno de los libros importantes de este 2019: “Furious hours, Murder, fraud, and the last trial of Harper Lee.

Atiendan. Hubo un tipo en Alabama, un predicador negro, Willie Maxwell, que había combatido en la II Mundial, ganó medallas y ya de vuelta a su pueblo contrajo matrimonio y trabajó en las fábricas y los campos locales al tiempo que predicaba la palabra sagrada. Maxwell, apuesto, impecable, quedó viudo en 1970, cuando apareció el cadáver brutalmente mutilado de su entonces esposa, Mary Lou. Hubo juicio, hubo testigos que se retractaron, hubo un jurado que creyó la versión del predicador y hasta hubo boda con la vecina de Maxwell, que testificó a su favor en el juicio... y apareció asesinada un año más tarde. De nuevo hubo un juicio, hubo controversia y testimonios enfrentados, hubo detectives incapaces de asegurar si disponían de algo más que de pruebas circunstanciales y forenses incapaces de encontrar pistas o huellas del o los asesinos. Maxwell fue de nuevo absuelto. En el interín cobró cientos de miles de dólares, pues por lo visto el amigo se había dedicado a suscribir decenas de seguros de vida a sus dos mujeres, en las que figuraba como único beneficiario. No sólo ellas.

Como explicaba Michael Lewis en su reseña para el New York Times, citando a la propia Cep, «para el reverendo Willie Maxwell convertirse en viudo estaba demostrando ser un negocio lucrativo». Lewis también insiste en la dudosa moralidad de unas compañías de seguros encantadas de «vender vender pólizas a otra persona que no sea el asegurado y sin que ni siquiera lo supiera la persona cuya muerte acaba de adquirir un gran valor». Peor todavía: «El Reverendo adoptó políticas sobre lo que equivalía a una cartera diversificada de miembros de la familia: entre otros, su esposa, su madre, sus hermanos, sus tías, sus sobrinas, sus sobrinos y hasta la pequeña hija que acababa de reconocer». De modo que al bueno de Maxwell se le morían los parientes, las esposas, los familiares más cercanos, las pólizas seguían multiplicándose, creían las habladurías, la gente habla de vudú y maldiciones, las mujeres más ignorantes y frágiles contraían matrimonio con nuestro dedicado serial killer, la policía era incapaz de detenerlo, se acumulaban los cadáveres por las carreteras secundarias. Por decirlo con la propia Lee en una de las pocas citas que conservamos del trabajo que pudo ser y no fue, y con la que Lewis aprovecha para sellar su magnífica crítica, «Puede que no creyera en lo que predicaba, puede que no creyese en el vudú, pero tenía una creencia profunda y permanente en los seguro».

Pero decíamos que “Furious hours, Murder, fraud, and the last trial of Harper Lee” es más, mucho más que la mera recapitulación de unos crímenes. Qué en este libro hay una historia increíble y luego, como dispuesta a la manera de las muñecas rusas que cobijan a su vez nuevos misterios, late un tratado sobre la propia realidad del arte, sobre sus servidumbres, sus necesidades y ambiciones, sobre las pesadillas y las insuficiencias, los miedos, los complejos, la angustia y el soterrado temor a decepcionar de quién fue en vida una escritora tan amada como reactiva a la fama. Lee arrastró las consecuencias de debutar con un libro instantáneamente consagrado en el canon y que ha despachado decenas de millones de ejemplares. Ganó el juicio de la historia al mismo tiempo que perdía el que libraba contra sus fantasmas. A diferencia de su querido Capote, dispuesto a todo con tal de seguir adelante, aunque al final de sus días también embocó el laberinto de la parálisis literaria, Lee optó por refugiarse en sus amigos, entre otros el mismísimo Gregory Peck, que la veneraba. En la botella y en la historia de Maxwell, que asesinó a dos esposas, un hermano, un sobrino, un vecino y una hija adoptiva, en cuyo funeral, en 1977, un familiar de la chica acabó por volarle los sesos de tres disparos muy certeros a la cabeza, creyó encontrar el combustible para saberse de nuevo escritora.

Su empeño no fructificó y hay que agradecerle a Cep que haya tenido la valentía de retomarlo allí donde la gran dama no pudo continuar y la lucidez de desdoblar la historia en una doble vivisección. Por un lado Maxwell, insaciable, mortal, terrorífico, y cuyo caso da para una serie bien chula de HBO o Netflix sobre crímenes; del otro, y sin desgajarse del cuento principal, Harper Lee junto a una botella, una montaña de cuadernos y hojas y una máquina de escribir paralizada. Convencida de que tenía entre manos el mejor reportaje posible y vagamente segura que al igual que Sísifo estaba condenada a subir y bajar de la maldita montaña sin desprenderse de la piedra de sus frustraciones e incapacidades, que lastraron uno de los grandes talentos literarios de su tiempo. En las páginas del periódico británico The Guardian Cep ha escrito para cuando llegó la década de los 70 «los amigos de Lee estaban preocupados por su consumo de alcohol y su volatilidad emocional, así como por sus problemas con la escritura. Cuando hablaba de su trabajo, sonaba como una mística autocomplaciente, sufriendo en soledad: "Para ser una escritora seria se necesita una disciplina de hierro", dijo una vez. "Tienes que sentarte y sólo hacerlo si crees que lo tienes dentro de tí. Todos los días. Sola. Sin interrupciones. Contrariamente a lo que la mayoría de la gente piensa, no hay glamour en la escritura. De hecho, la mayor parte del tiempo es pura angustia». Una combinación de vértigo y dolor que la acompañaron hasta la residencia donde acabó sus días, abandonada hacía mucho toda esperanza de que el monstruoso Maxwell lograse rescatarle del bloqueo. Había encontrado a un ser capaz de obsesionar su cerebro hiperactivo y que encajaba maravillosamente con su afición, cultivada desde niña, por las leyendas de horror y los casos reales de crímenes. Le abandonaron las fuerzas o le traicionó su exagerada autoexigencia. Sea como fuere hemos necesitado medio siglo para que alguien viniera en su ayuda. Grandiosa Casey Cep y grandioso el libro que ha escrito.

La moda de los "true crimes"

El género de los libros dedicados a crímenes reales y escritores obsesionados con documentarlos vive un momento dulce. Quizá el mejor en su género el pasado año fuera I'll be gone in the dark: One woman's obsessive search for the Golden State Killer. Un volumen estremecedor en el que Michelle McNamara, que falleció antes de poder concluirlo, a la edad de 46 años, da cuenta de su meticulosa investigación sobre los asesinatos irresueltos del "Golden State Killer", un sádico, violador, torturador y asesino en serie en activo de mediados de los 70 a de los 80 en California. Dato a dato, pista a pista, McNamara teje su tela de araña entorno a los sospechosos, decanta habladurías, datos, pistas, testimonios, describe con las escenas del crimen, las líneas de investigación policial, la desesperanza de los familiares y detectives y, de fondo, la suya propia, que no vivió para ver como el monstruo acabada delante de los jueces. La escritora falleció en 2016 y el sospechoso de ser el "Golden State Killer", un ex marine y ex policía que responde al nombre de Joseph James DeAngelo, fue detenido en 2018 y acusado de 8 asesinatos. Pocos meses después el viudo de McNamara, el guionista, actor y doblador Paul Haynes, y dos escritores, Paul Haynes y Billy Jensen, publicaban, actualizado, su impagable, estremecedor libro. HBO compró los derechos y prepara una serie documental.

El libro perdido

Entre el legendario "Matar a un ruiseñor"y el fallido proyecto dedicado al reverendo y asesino Willie Maxwell, hubo otro libro, perdido durante décadas, "Ve y pon un centinela". Publicado en 2015, medio año antes de Harper Lee falleciera en Alabama a la edad de 89 años, se trata en realidad de un borrador o primer boceto de su única obra. La polémica acompañó su edición no bien el mundo supo de su existencia. Entre otras cosas porque dos meses antes de anunciarse había muerto la hermana de la escritora, Alice, que protegía su legado, y Lee se encontraba, aislada y casi ciega y sorda, en una residencia. Las autoridades investigaron el caso y concluyeron que la escritora estaba en sus cabales cuando autorizó la publicación, por más que sorprendiera la repentina laxitud respecto a un borrador de quien se había resistido toda su vida a entregar a la imprenta algo que no considerase absolutamente perfecto. Quizá lo más discutible de "Ve y pon un centinela"es que fue escrito previamente a "Matar a un ruiseñor"y que la editora de Lee le sugirió que aprovechara el personaje infantil y sus recuerdos para escribir un nuevo libro, con la consecuencia de que Atticus Finch, el padre, pasó de ser un racista en el primer libro al tipo inolvidable que en "Matar a un ruiseñor"encarna, sin resbalar por la pendiente del arquetipo, derrochando humanidad, la lucha contra el racismo que asolaba el sur de los EEUU. Interesantísimo para los académicos, que tuvieron acceso a las fuentes primeras de Matar a un ruiseñor, pero por debajo de éste en cuanto a la solidez narrativa y la calidad literaria.