Cine

Los secretos como motor del mundo

Bérénice Bejo, en el centro, protagoniza la película francesa  Asghar Farhadi
Bérénice Bejo, en el centro, protagoniza la película francesa Asghar Farhadi

Después de que Asghar Farhadi desgranara los secretos y mentiras que hacen posibles (o imposibles) las relaciones humanas en «Le passé», su primera película francesa después del éxito internacional de «Nadir y Simin: una separación», y después de que Jia Zhang-ke volviera a la ficción desollando viva la sociedad china contemporánea en «A Touch of Sin», su película más ambiciosa hasta la fecha, la Troma invadió el paseo de la Croisette para celebrar, al aire libre, una boda entre lesbianas que sirviera como promoción callejera del nuevo atentado dirigido por Lloyd Kaufman, «Return to Nuke 'Em High: Volume 1», y a la vez como apoyo a la aprobación de la ley del matrimonio homosexual en Francia. Quien no disfruta en Cannes es porque no quiere. ¿En qué lugar del mundo se aplaude con igual fervor a Bérenice Bejo y al Vengador Tóxico, al cine chino de línea dura y al sargento Kabukiman?

Reencuentro silencioso

La primera escena de «Le passé» podría contradecir con aplomo a los que piensan que Farhadi atiende más a la palabra que a la puesta en escena. El reencuentro en el aeropuerto entre Marie-Anne (Bejo) y su ex marido (Ali Mosaffa), que ha viajado de Teherán a París para firmar los papeles del divorcio, define, en silencio, la complejidad de su relación. Después de cuatro años sin verse y separados por un cristal, sus gestos y miradas explican con elocuencia que el vínculo que los une sigue vivo, aunque ella quiera casarse con su nueva pareja (Tahar Rahim), que tiene a su mujer en coma. Pero lo que quiere Marie-Anne es que Ahmad averigüe lo que le ocurre a su hijastra, que se muestra evasiva, cuando no directamente hostil, con su madre.

«Le passé» explora exactamente los mismos temas que «Nadir y Simin: una separación»: el valor ético de lo que decimos y de lo que escondemos; el secreto como motor del mundo; si nuestros actos, por muy horribles que sean, siempre pueden tener un motivo «justo». «La verdad es, sobre todas las cosas, voluble y parcial», afirmó Farhadi en rueda de prensa, y así es, los efectos que una confesión verdadera tienen sobre la estabilidad moral y emocional de las relaciones humanas vuelven a dinamizar una pieza de cámara que lleva al extremo las vueltas de tuerca de la trama de «Nadir y Simin». En el último tercio de la película, cada palabra, cada escena, cada conversación lleva implícito un punto de giro, una nueva versión de una verdad que muta y corta las venas.

Quizás «Le passé» parezca más calculada que «Nadir y Simin». Quizá sea más imperfecta, más excesiva. Quizá el hecho de estar rodada en Francia, le ha restado la dimensión sociopolítica que funcionaba como impuesto de valor añadido en su filme anterior, aunque, aseguraba Farhadi, «yo soy iraní, y trabajar en un contexto con más libertad no me empuja a querer ser otro». Con todo, es una película magnífica: es difícil captar con mayor realismo el tsunami que desata el complejo de culpa en el entorno de una familia desestructurada.

Los aplausos que acompañaron el estreno de Farhadi en Cannes no apagaron el deslumbrante y agresivo fresco de la China contemporánea que pinta Jia Zhang-ke en «A Touch of Sin», compendio de lo mejor de sus largos de ficción (especialmente de «The World» y «Naturaleza muerta»), esta vez corregidos y aumentados con la violenta brutalidad con que cierra cada una de las cuatro historias levemente entrecruzadas que lo componen, y una indignada visceralidad que le convertirá de inmediato en «persona non grata» en su país de origen.

«La violencia en China me preocupa mucho. Con la crisis los incidentes violentos han crecido exponencialmente», explicó Jia Zhang-ke. «Sólo plantándoles cara y hablando de ellos pueden cambiar las cosas». Las anteriores películas del cineasta chino parecían eludir los baños de sangre a pesar de mirar la realidad cambiante de su país con interés entomológico. Buscando vínculos con el cine de género, incluso con las películas de artes marciales, Jia Zhang-ke pone en la picota la corrupción del Estado y los nuevos capitalistas, la indefensión de la clase obrera y el creciente poder de las mafias en la China contemporánea, facturando un filme tan elegante como enfadado.