Los tres suicidios de Judy Garland

Judy Garland, junto a su hija, Liza Minelly, quien heredó hasta las adicciones
Judy Garland, junto a su hija, Liza Minelly, quien heredó hasta las adicciones

Se cortó las venas, se clavó un vidrio en el cuello y finalmente murió en el retrete por una sobredosis de barbitúricos.

Si hubiera que hacer una radiografía de la estrella del cine Judy Garland, su trágica vida aparecería velada por los rutilantes focos de sus éxitos. El resultado final, sin embargo, fue una muerte por paro cardiaco. La encontró su último marido, Mickey Deans, sentada en el retrete. Un suicidio por sobredosis de barbitúricos, esos que diariamente tomaba desde niña, recetados por su autoritaria madre y el presidente de la Metro Louis B. Mayer.

Los estimulantes le ayudaban a aguantar el ritmo de promoción de las películas que realizó desde 1935, cuando apenas contaba 13 años: anfetaminas para despertarse, píldoras adelgazantes para el sobrepeso y tranquilizantes para dormirse, mezcladas posteriormente con alcohol, morfina para calmar el dolor y cocaína para seguir la juerga. Esto la llevaría a agudizar sus trastornos mentales, padecer de anorexia, bulimia, alcoholismo y drogadicción, en una lucha continua por superar la adversidad.

Desde entonces, esta actriz atormentada, con un fuerte complejo de inferioridad y precario estado de salud que la llevó tres veces al suicidio, fue explotada por su madre, por los jefes del estudio, por sus maridos y por sus representantes a lo largo de su corta vida. Se la conocía en el mundillo del cine como «Anfetamina Annie». Nada extraño, pues la frágil estrella estuvo sometida desde niña a un estricto control por el estudio con un plan para convertirla en un codiciado producto que generó millones de dólares. Tal intensidad laboral desestabilizó su escaso equilibrio emocional.

Mientras caminaba hacia su autodestrucción, triunfó como estrella de cine con «El mago de Oz» (1939), y desde entonces no hubo generación que no viera en su trágica existencia y su más allá del arcoíris los iconos de la sensibilidad gay.

Su primer intento de suicidio fue tras una crisis nerviosa durante el rodaje de «El pirata» (1947), se cortó las venas. El segundo, se clavó un vidrio roto en el cuello cuando pilló en la cama a su marido, Vincent Minnelli, con un hombre. Y el tercero, el día de su muerte, en 1969.

Volvió al cine con «Ha nacido una estrella» (1954) y triunfó de nuevo con sus conciertos en EE UU y Gran Bretaña y sus actuaciones en programas de la televisión, hasta que, a finales de los años 50, ante sus adicciones, desequilibrio mental, personalidad conflictiva y el alarmante estado de sus finanzas, tuvo que pedir ayuda para rehacer su carrera y su vida. Fueron los agentes Freddie Fields y David Begelman, creadores de Creative Management Associates (CMA), quienes relanzaron la carrera de Judy Garland, enviándole a a su mejor representante a Londres, Stevie Phillips, que durante cuatro años fue su sombra, agente, jefa de prensa y persona de confianza.

Fruto de esos cuatro insufribles años al lado de la diva es este libro de recuerdos de Stevie Phillips: «Judy & Liza & Robert & Freddie & David & Sue». Unas memorias críticas que comienzan definiendo la situación de la estrella, gorda y bulímica, junto a sus cuatro hijos en Londres: «Judy Garland, además de un tesoro público, era una demente muy dotada para conseguir drogas. Su dieta era un cóctel de píldoras engullidas con botellas de Liebfraumilch, un espumoso alemán afrutado».

Le prometió devolverla al mundo del espectáculo si adelgazaba, y junto a sus cuatro hijos regresó a EEUU dispuesta a retomar su carrera. Stevie Phillips consiguió que volviera al cine con un papel digno de un Oscar, en «Vencedores y vencidos» (1961), protagonizar su propio programa televisivo, «The Judy Garland Show», entre 1962 y 1963; y reanudar sus recitales y conciertos.

«Pero Judy siguió siendo imbatible en su tarea autodestructiva –cuenta Phillips–. Cosa que solía ocurrir cuando la actriz caía en picado en la más profunda desesperación, como si condujera una montaña rusa cada vez más aprisa». Estas memorias responden a la clásica «venganza de la chacha», servida en frío, una vez jubilada Stevie Phillips. «Odiaba estar sola –escribe–. No era fácil trabajar con Judy; para mi desgracia era la reina de las tragedias».

En su relato, Phillips muestra a la estrella destruida: «Judy Garland tenía una necesidad compulsiva de ser apreciada y querida por sí misma, no por lo que representaba». Nunca se sintió atractiva, razón por la cual, en uno de los interminables recorridos en la limusina camino de una actuación, acosó a la agente arrodillándose ante ella y metiéndole la mano en la entrepierna. La agente, petrificada, incapaz de parar a la diva, paralizada por encontrarse ante uno de sus mitos de infancia, no supo cómo reaccionar. Aún así, Phillips siguió trabajando para Judy Garland durante cuatro años.

Para ella, tener sexo lésbico en un coche era una forma de matar el aburrimiento. Como rajarse la arteria de la muñeca en el Hotel Plaza, poniendo perdido de sangre el traje de Stevie, sin darle importancia, o prenderle fuego a sus guantes hasta extender el fuego a su camisón y a la cama. Trataba de llamar la atención de su representante y amante, David Begelman, para que abandonara a su mujer y se casara con ella. «Era –dice Phillips– un problema de manipulación y control. Tenía el encanto morboso de los psicóticos. Lo cierto es que en la agencia nadie quería ingresarla en un manicomio, estaban demasiado ocupados explotándola». Un diagnóstico que resume toda su vida.