Manías, whisky y números de la suerte

¿Y qué preparan los escritores? Los que asistieron ayer a la entrega del Premio Planeta confiesan las rutinas y costumbres que les acompañan durante los largos meses de concentración que exige la escritura.

Mujeres en las librerías. De izqda. a dcha., Carmen Posadas, Eva García Sáenz de Urturi, Luz Gabas y Marta Robles, que conversaron sobre sus más recientes libros. Posadas, por ejemplo, publicará un nuevo título a finales de mes. Fotos: Alberto R. Roldán

¿Y qué preparan los escritores? Los que asistieron ayer a la entrega del Premio Planeta confiesan las rutinas y costumbres que les acompañan durante los largos meses de concentración que exige la escritura.

Toda vocación es un monacato, un olvido de sí mismo para vivir a través de las diferentes devociones interiores que nos tiranizan, ya sean pictóricas, filosóficas, arquitectónicas o escultóricas. La literatura es un sendero de escisiones profundas que obliga a vivir en comunión con una estrecha paradoja, la que deriva de coexistir con esos seres ajenos a nosotros que son los personajes, y que, sin embargo, sin ser el autor mismo, emanan de espejos íntimos, como reflejos de sus emociones, pasiones, pensamientos. Dolores Redondo, que ha ahondado en distintos abismos del alma con su «Trilogía del Baztán» y «Todo esto te daré» (Premio Planeta de 2016), es una novelista muy «Conde de Montecristo», que tiende a aislarse de los demás, no importa quiénes sean, y que cree en esa inspiración/torbellino que sobreviene como un viento inesperado y que arrastra a una grafomanía febril, casi incesante. «Estoy con un libro. He salido hoy de manera excepcional. Me apetecía irme con amigos y familiares, que me proponían planes interesantes, pero les he dicho a todos que no. Estaba en un estado de gracia, escribiendo muy rápido, esos instantes que te hacen creer que puedes acabar un texto en tres meses. Luego nunca es así. Es un espejismo. Pero cuando entras en ese estado, piensas que es posible», admite. Redondo, que es prudente y no desvela nada de su nueva trama, reconoce, eso sí, que sigue en el territorio del misterio, «una geografía ambigua que me permite maridajes con la aventura, el amor...», que le ofrece, habría que añadir, hablar de la vida y la muerte, y otros abismos peligrosos. La escritora, que disfruta tanto del proceso imaginativo al que obliga toda ficción como de las rutinas que impone la redacción, necesita de un aislamiento exterior para que la inventiva fluya.

Escribir en silencio

El ejercicio de la escritura, en cambio, ha obligado a Javier Sierra, ganador del Planeta con «El fuego invisible» y un autor con una existencia plagada de abundantes compromisos y viajes, «a romper con todas las manías y hábitos. No tengo rutinas. Antes, tardaba en encontrar una banda sonora que me iba a acompañar durante un libro, pero últimamente me siento bien en el silencio». Sierra admite que el momento más tenso de una obra es «el final, antes incluso que el arranque. Tiene que estar a la altura de las expectativas que despierta el comienzo y suelo dejarme guiar por el instinto más que por la razón», confiesa. El autor de «La dama azul», que ahora reedita, revela un ritual de cierre que le acompaña cuando ha añadido la última frase: «Recojo toda la documentación que he usado, todos los cuadernos, los empaqueto en cajas y pongo etiquetas en cada una de ellas, porque siempre tengo la sensación de que voy a volver sobre ello. Y en su momento lo voy a legar a la biblioteca pública de Teruel, porque estos apuntes forman parte del pensamiento de un autor y hay que compartirlo». Eva García Sáenz de Urturi, que ha publicado «Los señores del tiempo» (Planeta), comparte esa tradición: «Lo meto todo en archivos, en varias cajas, y las bajo al trastero. Tiene algo de rito. De despejar el espacio para el siguiente trabajo».

Muy distinta es Marta Robles, una autora meticulosa que afina en las palabras que pronuncia, que puntualiza y diferencia entre el género policiaco y la novela negra, «que siempre te obliga a entender por qué los malos se comportan de la forma que lo hacen, qué les lleva a actuar de una manera. Para eso se necesita leer bien a las personas y hacer una apropiada radiografía de la sociedad». Robles, que acaba de publicar «La mala suerte» (Espasa), donde continúa con las pesquisas de su detective Tony Roures, reconoce, como Javier Sierra, el ritual que viene a continuación de poner el punto final: tirarse en la cama. «No quiero ver a nadie. Solo me apetece permanecer en silencio. Acabo agotada».

El punto final

El final de un libro lleva aparejado una serie de costumbres. Luz Gabás, que espera publicar el año que viene su próximo libro, donde reflexiona sobre el paso del tiempo, el amor y los cambios, revela que escribe todos sus apuntes a lápiz y que su creatividad proviene del desorden: «Mis novelas nacen del caos interior, que cobra orden cuando lo pongo por escritor en el ordenador». De esa selva de hojas revueltas, notas y documentos diversos surgen sus novelas. Un proceso creativo que la deja, según dice, exhausta: «Necesito tomarme una semana, salir a pasear, pisar de nuevo la realidad». Para dar por acabada su tarea, comenta riéndose, se compra una botella de whisky. Para brindar, claro.

Sus hábitos difieren de los de Cristina López Barrio, finalista del Planeta con «Niebla en Tánger», que ya está metida en faena, después de haber sufrido esa «presión» por la que pasa todo escritor: encontrar con urgencia el destello de una idea que le guíe a una nueva historia. Ella, que también es una autora que parte del caos, se reconoce rehén de una superstición: «Me encanta el número 13. Siempre intento entregar mis libros o los capítulos que adelante el día 13 de cada mes. Para muchas culturas es un número de suerte».

Por su parte, Leandro Pérez, autor de «La sirena de Gibraltar» (Planeta), que ya tiene terminada su nueva novela, es un autor sin lastres que lucha siempre por escribir, regateando minutos a los días, entrando y saliendo de su imaginación: «Siempre escribo. Es cansado, es duro, es entretenido y necesito hacerlo. Vives en una historia, saliendo de ella para ocuparte de los deberes, y regresando a ella constantemente». Ni siquiera cuando cierra un libro cree que lo ha acabado: «Mi ritual, al llegar al final, es releerlo todo de nuevo. Tengo la impresión de que nunca terminas del todo un libro». Santiago Díaz, que en junio sacó «Talión» (Planeta), es lo opuesto a él: «Siempre tengo que escribir en mi despacho. Tengo dos manías: no puedo dejar renglones cortos. Que en una línea solo haya una palabra. O bien alargo el texto o lo acorto. Pero es algo que no soporto. Algo que, reconozco, es absurdo, porque cuando se maqueta una obra, eso desaparece... pero es así». Díaz, riéndose, alude a otra costumbre: «Tengo el mal hábito de leer siempre lo que he escrito el día anterior. Si veo algo mal, lo reescribo. Si ha sido un día productivo, en el que he escrito varios folios, me encuentro, de repente, que he gastado cuatro horas en esa labor de revisión. Pero soy así», concluye.

Paloma Sánchez Garnica, autora de «Mi recuerdo es más fuerte que tu olvido» (Premio Fernando Lara de Novela), confiesa que los inicios de un libro, las páginas que encauzan la atención de los lectores, son lo más duro. «Para mí es fundamental dar con la voz narrativa», asegura. Después sobreviene esa invasión de personajes que la colonizan durante meses y con los que comparte viajes, aventuras y soledades. «Al final, no lo dudo. Brindamos con vino». Lo dice en plural. Lo dice con un nosotros muy marcado, porque es el final de su enclaustramiento literario, cuando el manuscrito se convierte en libro y se abandonan todos los hábitos que impone la soledad, o sea, la escritura.