Misterio en la isla del Barón

Los pescadores dicen que aún ven un ánima por la ínsula. Es el espíritu de la princesa rusa que mató el barón de Benifayó, un hombre que defendió con la espada el honor de la reina, aunque nunca encontró el amor.

La llamada «Casa de la rusa», un palacete en el que residió el barón de Benifayó y su desgraciada esposa
La llamada «Casa de la rusa», un palacete en el que residió el barón de Benifayó y su desgraciada esposa

Los pescadores dicen que aún ven un ánima por la ínsula. Es el espíritu de la princesa rusa que mató el barón de Benifayó, un hombre que defendió con la espada el honor de la reina, aunque nunca encontró el amor.

El título de esta nueva entrega recuerda a uno de los singulares relatos del mago del suspense Alfred Hitchcock o al pequeño islote de Montecristo, integrado en el archipiélago Toscano, que sirvió al impar Alejandro Dumas para bautizar su obra maestra «El conde de Montecristo». Aludimos ahora, no a un conde, sino al barón de Benifayó, Julio Falcó d’Adda, que puso nombre a una de las cinco islas volcánicas del Mar Menor. Igual que Edmond Dantès lució en su título nobiliario el de la célebre ínsula italiana.

Tanto Dantès en la ficción como Benifayó en la vida real padecieron además un cruel cautiverio en el mar, del cual nos ocuparemos enseguida. Nacido en Milán el 22 de febrero de 1834 y fenecido con casi sesenta y cinco años el 29 de enero de 1899, en la localidad murciana de San Pedro del Pinatar, el barón de Benifayó llegó a ser confidente y montero mayor de Amadeo de Saboya durante su efímero reinado, de noviembre de 1870 a febrero de 1873. Años después, fue también senador por la provincia de Madrid.

Convertirse en hombre de la máxima confianza del rey le costó caro, debiendo pasar por la penitenciaría de la isla Mayor –conocida luego por «la del Barón», en su propia memoria– a raíz de la muerte en duelo de Diego de Castañeda. Benifayó atravesó con su florete, cual mosquetero del rey, el pecho de su rival con el único propósito de defender el honor de una delicada dama aún soltera: María Victoria dal Pozzo della Cisterna, convertida luego nada menos que en reina consorte de España y duquesa de Aosta tras su matrimonio con Amadeo de Saboya, en 1867.

El lance, como advertimos, le salió por un ojo de la cara al noble caballero, confinado durante parte de su vida en la más grande de las cinco islas de la manga del Mar Menor, con una superficie de casi 94 hectáreas y enclavada a poco más de cien metros sobre el nivel del mar. El islote se había erigido en prisión de la Armada española desde 1726.

Las cuatro islas restantes del curioso archipiélago murciano siguen denominándose hoy Perdiguera, Redonda, Ciervo y Sujeto. Pero de todas ellas, la más conocida es, sin duda, por razones obvias, la del Barón, propiedad de Ana María Navarro Figueroa, marquesa viuda de Sierra Nevada y madre de Natalia Figueroa, mujer del cantante Raphael.

A la muerte del barón de Benifayó, la isla fue heredada por su hijo Julio Falcó García, quien la vendería a Álvaro Falcó, conde de Romanones, a principios del siglo XX y éste la legaría a sus actuales sucesores. Concluida la condena del barón de Benifayó, hacia 1878, el noble recluso compró primero la isla y mando construir luego, en San Pedro del Pinatar, un espléndido palacete con sus almenas y torreones, a semejanza de un castillo, rodeado de un hermoso parque.

Estilo neo-mudéjar

El matrimonio residió en aquel palacio, convertido hoy en la sede del Museo Arqueológico y Etnográfico de la localidad murciana. Pero no fue feliz, porque la esposa no estaba enamorada de su cónyuge. A este singular edificio diseñado por el arquitecto madrileño Lorenzo Álvarez Capra en 1878 y terminado de construir en 1892, se le denominó Casa de la Rusa en memoria de su anfitriona.

Y es aquí, precisamente, donde arranca nuestra nueva leyenda. En una de las fiestas organizadas en este palacio, el barón quedó deslumbrado entre la multitud ante la irresistible belleza de una princesa rusa –rubia y esbelta, pálida y grácil– por la que bebió los vientos desde entonces. El padre de la joven, arruinado por deudas de juego, acabó concediendo su mano a Benifayó.

No contento con su palacete en tierra firme, el barón hizo levantar otro parecido en la isla misma, de estilo neo-mudéjar y con torreón incluido, ventanas de arco de herradura, paños de teja árabe y un grandioso portal con escalinata y mosaico. Desde entonces, la isla del Barón se habilitó como coto de caza de perdices, faisanes, conejos y hasta ciervos.

Pero la pareja, como decíamos, jamás fue dichosa. Herido en su amor propio, tras sentirse una y otra vez rechazado por la esposa, el marido despechado decidió poner fin a la vida de ésta sirviéndose de un criado. Cuenta la leyenda que la infortunada mujer yace enterrada en la isla, donde hoy se conserva un bosque de palmitos único en Europa, musicalizado por sus especies ornitológicas. Marineros y pescadores han visto errar más de una vez su alma en pena.

CASA DE LA RUSA

El palacete del barón de Benifayó es en realidad una réplica del Pabellón de España en la Exposición Universal de Sevilla de 1873. En la actualidad, como ya sabemos, alberga el Museo Municipal de San Pedro del Pinatar, que consta de una sala de arqueología con fósiles y material de culturas prehistóricas de incalculable valor. A esta sala se suma la de etnografía, dedicada a la burguesía asentada en San Pedro del Pinatar a finales del siglo XIX con sus residencias de verano, y a las gentes más humildes que contribuyeron con su denodado esfuerzo a levantar el municipio tal y como se conoce hoy. De ahí que estén representados en el museo los principales oficios del momento: pesca, agricultura, salazones y salinera. El visitante hallará también una hermosa colección de juguetes antiguos y de material cinematográfico. Un lugar para sumergirse también en la leyenda de la princesa rusa...