Cultura

Sesión luctuosa

La directora polaca Marzena Diakun
La directora polaca Marzena Diakun FOTO: Marc Ginot

Obras de Haydn, Rautavaara, Lutoslawski y Schubert. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Directora: Marzena Diakun. Auditorio Nacional, Madrid, 28-X-2021.

La nueva directora del conjunto madrileño ha entrado con fuerza, entusiasmo y proyectos programadores bien pensados. Este concierto tenía un planteamiento realmente de interés. Un concierto “fúnebre”, podríamos decir; una sesión luctuosa con la idea de la muerte como eje básico, bien que la tan romántica y lírica obra schubertiana, la “Sinfonía nº 4″, que lleva el remoquete de “Trágica”, diste bastante de en ese terreno, más allá de que a veces juegue con acentos e ideas de tinte más o menos dramático.

Veíamos por primera vez a la polaca Marzena Diakun (1981), esbelta, cimbreante, entusiasta y que parece tener buen “feeling” con los músicos, que la aplaudieron al final. Posee un elástico juego de brazos, que actúan en todos los planos con presteza y eficacia. Dibuja con su batuta anacrusas proporcionadas y claras. Se maneja con soltura, atenta a todo, dando entradas oportunas y mostrando una notable seguridad en el podio. Veremos cómo discurre su mandato.

En el concierto hubo un poco de todo partiendo del ascendiente que la directora parece tener sobre el conjunto, atento y cumplidor toda la noche, como demostró nada más empezar la “Sinfonía nº 44″, “Fúnebre”, de Haydn, bautizada extrañamente en el programa de mano como “Luto”. Para empezar nos extrañó el tan amplio orgánico empleado por Diakun, casi 60 músicos, en una obra oscura que si bien es de fondo dramático, pertenece a una época y una estética, la conocida como “Sturm un Drang” (Tempestad y empuje), que alumbraba un ya cercano romanticismo, en la que los conjuntos eran mucho más reducidos.

Esta circunstancia hizo que en esta sinfonía y en la de Schubert las líneas no siempre quedaran claras, las voces se confundieran frecuentemente y todo sonara en demasía. Aun así observamos detalles de calidad, como los apuntados en el inicio de Haydn, donde también hubo pasajes de dinámicas bien administradas, con pianos estratégicos y un riguroso control del “tempo”. Nos gustó la seca acentuación del breve “Presto” de cierre. En Schubert se encontraron vías para sustanciar el lirismo vienés de tantos pasajes, como algunos del “Andante”, en donde la madera cantó estupendamente el tema de “La viudita del Conde Laurel” y contribuyó a dar relieve a los pasajes imitativos. Poca gracia tuvo el en exceso contundente “Menuetto”. Pesa a la excesiva robustez observamos un buen control del ritmo “ostinato” en el “Allegro” final.

En medio pudimos seguir la interpretación de otras dos composiciones que, como la de Schubert, eran estreno para la aplicada Orquesta: “Un réquiem de nuestro tiempo” de Rautavaara, para trece metales, timbales y pequeña percusión. Aquí pudimos apreciar una mayor clarificación de texturas y un positivo empaste, además de solos muy conseguidos salidos de las precisas y bien diseñadas formas, de tan acre sabor, de la paleta del compositor finlandés. Los instantes más logrados de la noche quizá se dieran en la reproducción de la soberana “Música fúnebre” de Lutoslawski, siempre auténtico orfebre, partitura para cuerdas, cuajada de instantes de rara exquisitez en una escritura en arco que abre y cierra el chelo solista (muy bien Stokes).