Mozart, la nueva víctima de la ira islamista

El director de escena Martin Kusej se vio obligado a cambiar «su» final de «El rapto en el serrallo» ante las amenazas de atentado recibidas en Aix-en-Provence. La Policía tomó literalmente el festival galo

La acción de esta producción transcurre en el desierto en los años 20 del pasado siglo
La acción de esta producción transcurre en el desierto en los años 20 del pasado siglo

El director de escena Martin Kusej se vio obligado a cambiar «su» final de «El rapto en el serrallo» ante las amenazas de atentado recibidas en Aix-en-Provence. La Policía tomó literalmente el festival galo

El festival de Aix-en-Provence, creado en 1948, ha sido desde siempre uno de los referentes del verano musical europeo. Allí se dan cita cada año, no sólo una buena parte de la filarmonía parisina junto a una buena parte del distinguido y acaudalado turismo provenzal, sino que también acuden muchos aficionados europeos –entre ellos bastantes españoles– y americanos que viajan cada año para disfrutar de media docena de exquisitas producciones operísticas y algunos conciertos o recitales con nombres de postín, además de las excelencias de la gastronomía local, un buen clima y el bello paisaje provenzal. En su sexagésimo séptima edición, como ya viene siendo tradición, el Festival de Aix combinaba en su apretada actividad lírica de tres semanas una amplia oferta operística que se movía entre el barroco más exquisito («Alcina» de Haendel) y las óperas de creación contemporánea («Svadba» de Ana Soñolovic y «Le Monstre du labyrinthe» de Jonatan Dove), pasando por la ópera menos transitada del siglo XX («Perséphone» de Stravinski y «El sueño de una noche de verano» de Britten) o la poco frecuentada «Iolanta» de Chaikovski y el imprescindible título mozartiano («Die Entführung»), una de las señas de identidad del festival.

Poco amigo de los ruidos mediáticos ajenos a la lírica, el festival provenzal se ha visto envuelto este verano en una seria polémica que ha molestado a un sector de la población musulmana, tan arraigada en todo el país y tan cerca de Aix; pues en Marsella –que se encuentra a pocos kilómetros de la capital provenzal– se asienta uno de los mayores núcleos de inmigración magrebí de toda Francia.

«Happy end» alternativo

El polvorín saltó durante los ensayos de la nueva producción de «El rapto en el serrallo» de Mozart cuando se conocieron las intenciones del prestigioso y polémico director de escena alemán Martin Kusej, que había cambiado los textos hablados del singspiel mozartiano, además de modificar el «happy end» de esta popular ópera mozartiana, un tanto banal desde el punto de vista dramático, y en el que los cuatro extranjeros cristianos (Konstanze, Belmonte, Blonde y Pedrillo) apresados por el Bajá Selim –en un lugar sin determinar de la costa turca– en vez de ser liberados (como reza el libreto de Gottlieb Stephanie «El Joven») son ejecutados en la última escena, mostrando Osmin (el guardián del Bajá Selim) sus cabezas decapitadas. Al parecer la dirección del festival nunca sospechó que esta mutación del libreto hablado y el cambio dramático introducido por el regista alemán al final de la ópera iban a despertar tanto malestar y disparar las alarmas, hasta el punto de que en los días previos al estreno se recibieron serias amenazas de atentar contra el festival por grupos radicales musulmanes. La cosa se puso tan fea que Bernard Foccroulle, actual director del festival, tuvo que tomar cartas en el asunto tras el ensayo pregeneral con el fin de minimizar las pretensiones de Kusej rebajando el tono de las alusiones más polémicas del «nuevo libreto» y dulcificando su final. Así, en lugar de mostrar las cuatro cabezas decapitadas de las dos parejas de jóvenes secuestrados, al final de la ópera Osmin portaba tan solo sus ropas sanguinolentas. Por otro lado, no deja de ser paradójico que Bernard Foccroulle, que tanto empeño ha puesto en los últimos años de su actual mandato artístico en conciliar la sociedad musulmana con la europea y en reivindicar y establecer un diálogo real entre las dos culturas de ambas orillas del Mediterráneo, se haya visto envuelto en lío racial de esta naturaleza.

Foccroulle, que incluso ha creado y potenciado una orquesta de jóvenes –como lugar de encuentro estival en Aix– y que lleva por nombre del mítico Mar Mediterráneo, ha conseguido implicar con empeño y entusiasmo en su proyecto artístico a la población marginal de los barrios más deprimidos de Marsella y de toda su zona portuaria. «La Zaide de Mozart» (2008), dirigida por Peter Sellars y Louis Langrée, fue un claro ejemplo de este intento de integración social real, ya que una buena parte del equipo artístico que creó aquella estupenda producción procedía de los núcleos marginales de Marsella.

Control policial

Pues bien, con estos antecedentes y cuando más relajado parecía el ambiente que habitualmente reina en la tranquila capital provenzal, saltó la chipa tras la ocurrencia, por otro lado gratuita, de Martin Kusej, un director que se dio a conocer al inicio del presente siglo en el Festival de Salzburgo de la mano de Nikolaus Harnoncourt.

No dejaba de resultar chocante que una ciudad tan sosegada y tranquila como es Aix-en- Provence tuviera una presencia policial tan abundante en las inmediaciones de los teatros y que hubiera pesados controles del personal de seguridad del festival que revisaba todos y cada uno de los bolsos del público a la entrada de los diferentes espectáculos –y de forma muy especial en el Théâtre de l’Archevêché, donde se representaba este adulterado «Rapto» mozartiano–, que originaba estupefacción y perplejidad entre el público asistente al festival. Un público que no daba crédito a lo que veía, además de soportar grandes colas a causa de los controles de seguridad impuestos. Y la pregunta del millón que nos hacíamos todos los melómanos allí presentes era ¿si todo este lío mediático, social e incluso político que se había originado por la tergiversación del libreto de una de las óperas más endebles de Mozart tenía algún sentido? Y la respuesta es tajantemente no. Porque además, la nueva producción de Kusej era convencional a más no poder con un paupérrimo tratamiento dramático de los personajes y presentada en un pobre espacio escénico que albergaba una simple tienda en medio de un inhóspito desierto de arena (que en Turquía por otro lado no existe) con una acción que se trasladaba del supuesto siglo XVIII a los años veinte del pasado siglo. Los diálogos, actualizaban la acción a nuestro tiempo pero no aportaban nada nuevo a la ópera. Para colmo musicalmente tampoco funcionó el foso a pesar de contar con una orquesta tan extraordinaria como es la Barroca de Friburgo, pues el joven y prometedor director francés Jéremie Rhorer no pasó de la asepsia interpretativa con un discurso musical muy monótono. El reparto, de concepción muy ligera en la selección de las voces, solo tuvo a dos intérpretes de lustre: el veterano Franz Josef Selig como Osmín y la entonada Blonde de Rachele Gilmore. Al actor Tobias Moretti, que encarnaba al Selim Bajá –que no canta, sólo recita en la ópera–, le faltó personalidad y brillo para encarnar tan noble personaje, aunque aquí dibujado más cruel que de costumbre. A la Konstanze de la soprano canadiense Jane Archibald le faltó vuelo y el tenor alemán Daniel Behle pasó casi inadvertido por su pálidez vocal y escénica. El otro tenor del reparto, David Portillo, que encarnaba a Pedrillo, cumplió sin más.

En fin, Bernard Fouccrulle se preguntaba en su presentación en el programa de mano de la ópera ¿qué diría Mozart? Y eso mismo me pregunto yo... y posiblemente ustedes si han leído el relato de esta crónica.

Antonio MORAL/ Director del Centro Nacional de Difusión de la Música