Musical expresión de dolor

Crítica de clásica / Orquesta Nacional. Obras: Bach, Prokofiev, Stravinski y Torres. Violín: Frank Peter Zimmermann. Director: Jordi Bernácer. Orquesta y Coro Nacionales. Auditorio Nacional, Madrid, 24-II- 2017.

Zimmermann (Duisburgo, 1965) es siempre seguro, afinado y equilibrado, posee una sólida técnica, un sonido pleno y satinado, no muy grande pero corpóreo, dotado de vetas penumbrosas. Brindó un colorista y elocuente «Concierto nº 1» de Prokofiev, en el que el arco voló ligero, animado y chisposo, y en el que el fraseo tuvo el toque alado justo para cerrar el Andantino, la fantasía requerida para iluminar el scherzo y la delicadeza adecuada para rematar el Moderato. Una transcripción de Rachmaninov fue, al parecer, el bis solicitado. Bien la labor de Jordi Bernácer (Alcoy, 1976), director elegante y cuidadoso que no logró la total diafanidad de las voces y las líneas en el Moderato final ni acertó a otorgar la animación, la energía y el centelleo fraseológico deseado en el «Concierto en re menor BWV 1052R» de Bach, que quedó de esta manera un tanto desvaído pese al buen trabajo de una cuerda muy reducida –todos de pie menos los chelos– y al canto mesurado y ágil del solista. Los tres números de «Monumentum pro Gesualdo da Venosa» de Stravinski tuvieron una espartana y solvente recreación bajo el mando preciso de la batuta.

Sin duda, lo más interesante de la sesión era la obra encargo «Sonetos», de Jesús Torres (Zaragoza, 1965), el único estreno absoluto, por cierto, de un español,durante una temporada muy rácana en ellos. La composición, de unos 35 minutos, escrita en memoria de su primera mujer, ilustra siete tristes y dolorosos sonetos, uno de Góngora, otro de Lope y cinco de Quevedo, y posee empaque, dimensión, es variada y sincera, bien construida y escrita con cabeza y corazón. Mantiene un discurso bastante controlado que sigue los pasos, aunque desde un punto de vista personal, de los mejores tiempos de nuestra polifonía, hábilmente adaptada, con criterio y originalidad, sin desdeñar disonancias, contrapuntos, pedales del más diverso tipo, arpegios, «glisandi», indiscriminado uso de la cuantiosa percusión y recuerdos pasajeros a Stravinski o a Falla. Muy buena y temperamental interpretación, con un coro maleable y una orquesta atmosférica bajo el mando musical y convincente de Bernácer.