Orcam: Variedad marca de la casa

La pieza es asidua de los escenarios, con un lenguaje casi cinematográfico que siempre ha conectado especialmente bien con el público

La pieza es asidua de los escenarios, con un lenguaje casi cinematográfico que siempre ha conectado especialmente bien con el público.

Obras Rachmaninoff, Prokofiev, Marco y Liszt. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Piano: Eduardo Fernández. Dirección musical: José Ramón Encinar. Auditorio Nacional, Sala Sinfónica, Madrid. 31-X-2017.

El tercer concierto del ciclo sinfónico de la Orcam apostaba por un programa ecléctico marca de la casa, con una primera parte centrada en la música rusa de principios del siglo XX para luego pasearse por zonas menos septentrionales. Arrancó con la pastoral «Vocalise, op. 34 nº 14», de Rachmaninoff, orquestación de una de aquellas canciones campestres de Ivanovka. La pieza es asidua de los escenarios, con un lenguaje casi cinematográfico que siempre ha conectado especialmente bien con el público. El lirismo inherente de la partitura fue acentuado por la cuerda hasta esa frontera complicada entre lo bello y el exceso, bordeando el almíbar. Por suerte no se traspasaron los límites. Por su parte Eduardo Fernández dibujó un «Concierto para piano y orquesta nº 2», de Prokofiev, con grandes arcos dinámicos, sutileza técnica y sentido del fraseo. Se echó en falta una lectura orquestal más contenida (el sonido del pianista se tapó por completo en muchos momentos) o una mayor intensidad en el ataque. La endiablada cadenza del «Andantino» fue resuelta con suficiencia y sin aspavientos. El resto se gestionó con solvencia por parte de la Orcam más allá de algún desajuste rítmico de poca importancia en el «Allegro tempestuoso». Como propina de Fernández, un salto de versatilidad hasta una sentida y cristalina versión del arreglo para piano de Sgambati de «Reigen seliger Geister» del Orfeo ed Euridice de Gluck. Los 50 años que separan el estreno de Vitral («Música celestial nº 1»), de Tomás Marco, de esta relectura no juegan en contra de la obra; más bien al contrario. Dejando a un lado pretensiones melódicas, su juego de armónicos, su apuesta textural (con el órgano interpuesto) y los intercambios rítmicos volvieron a convocar ese paisaje singular de Marco, atemporal y lleno de matices. Buena aportación al color de la pieza del fantástico órgano de la Sala Sinfónica. Lo robusto funciona mejor en la orquestación del Tasso. «Lamento e trionfo», de Liszt, que lo sutil, tal vez por ser uno de los primeros ejemplos de poema sinfónico del húngaro donde algunos resortes compositivos no están aún a pleno rendimiento y la estructura formal se deshilvana un tanto. Lo dramático no acabó de funcionar pero Encinar subrayó ese aspecto triunfal de la última parte de la partitura con una sección de metales bien trabajada y matices interesantes en la intensidad y el rubato. Concierto diverso, en suma, con buen nivel en general y una mezcla programática valiente que fue recibida con agrado.