Panero, colgado del último verso

Lepoldo María escribió su poemario sin concesiones, con letras negras, oscuras, las más, dicen sus editores. Son palabras afiladas como cuchillos. Y cuerdas.

El testamento poético de Leopoldo María Panero verá la luz la editorial que fue su casa solariega: Huerga y Fierro. Por primera, no estará en su adorada Feria del libro madrileña con su libro más honesto y desnudo y crudo. Sus apelativos fueron varios (narrador, ensayista, actor, exponente de la poesía transgresora...) pero su nombre sólo uno: poeta. Su apellido: Genial. Ni novísimo, ni maldito, «ni zarandajas. Como mucho, acepto ser lírico terminal», me decía el creador de Así se fundó Carnaby Street que nos dejaba huérfanos de su descarnada tinta el pasado marzo. «Murió dulcemente, mientras dormía –aclara Antonio Huerga, su editor y amigo desde hace más de diez títulos–... Tenía problemas de hígado, de diabetes, tomaba treinta psicofármacos diarios para su trastorno psiquiátrico.... En el fondo, se apagó lentamente. Quizá sabedor de que se iba». Pero antes de sustanciar su adiós dejó en manos de Huerga y Fierro –amigos, padres editoriales, legatarios de sus derechos de autor, responsables de sus traducciones...– su testamento poético. «Rosa enferma» verá la luz el día 22 y le hace definitivamente inmortal y con el que culmina la historia de toda una saga. Dieciocho poemas fúnebres, simbólicos y poderosos, de hondo calado. Una despedida que evidencia que pudiera haber tenido algún ensayo general de muerte. Escritura anegada de valentía, sin concesiones, «sin línea académica o poética etiquetable» –como matiza Antonio Huerga y suscribe Charo Fierro-. Versos que afloran como la poética de alguien que hizo de su «yo» todo su universo literario. «Seré un monstruo –dijo con toda la cordura del mundo a quien esto escribe– pero no estoy loco. Tampoco me gusta que me lean, porque no creo que la poesía sea comunicación. La comunicación, como decía Bataille, es el éxtasis y la risa, y la poesía es una enunciación perversa de la realidad». El hombre que jugaba al escondite con su genialidad y aseveraba que, de tener una segunda oportunidad, no volvería a ser poeta, «como tampoco elegiría a mis hermanos ni a mi padre... ¿Sabes que él era Dios, mi fe? –me confesó–. De pequeño me arrodillaba para rezarle. Yo soy un poema de mi padre, ¡que en mala gloria esté!... Si supierais los palizones que me daba. No quiero hablar de él, pero no ceso de hablar de él. Y en esta «Rosa enferma» se revuelve de nuevo contra su heráldica. El repudio y la pasión del apellido, del hombre a quien le hubiera gustado ser «chulo de putas» –él lo dijo; no yo– en honor a las palabras de Faulkner («el segundo mejor oficio para un escritor es ése, porque así hay tiempo y tranquilidad para escribir»)...

Órdago constante con la vida

Libro de muerte, en vida, donde más que en ningún otro lanza sus versos al aire como una bestia aparta de sí a sus crías, «porque cada poema era un vómito–resume Huerga– que sólo le producía hedor, asco y necesidad de apartarlo de sí». Acaso porque logró lo que sólo unos pocos elegidos consiguen, aunque muchos lo pregonen: mantener un órdago constante entre vida y literatura, y vivir para contarlo... Al menos hasta el pasado 5 de marzo. Considerado como uno de los cincuenta mejores poetas del siglo veinte, la suya fue la crónica de una demencia conocida. Gastaba, sin duda, el irreverente encanto de la esquizofrenia lírica, de la belleza de la locura, del ángel caído, del juglar paranoico que fondeó los abismos de Nevermore y siempre volvía para hacer de su desorden –¿fingido, cierto, o ambas cosas?– una hemorragia de versos donde situar su inmenso yo poético.

Este poemario, herido pétalo a pétalo «que va a morir donde estuvo la serpiente/ donde estuvo el dolor de ser hombre» que escribiera el poeta, cayó en manos de Huerga y Fierro en 2010. Pronto descubrieron los editores que mejor le conocían que el marchamo de su genialidad seguía intacto. Sus referencias eran indiscutibles: Artaud, Lacan, Ezra Pound, Elliot, Poe. Sus obsesiones, las de siempre: autodestrucción, psicoanálisis, hedonismo... «Tal vez, un poco más de humor –matiza Huerga–, más mordacidad, quizá intuyendo que era su despedida. Cualquiera que hubiera pasado un día con él, lejos de aquella «Ciudad de los niños perdidos» que era el psiquiátrico de Las Palmas, donde residía por propia voluntad, conocía el equipaje del que se acompañaba para toda la jornada: neurolépticos, eternas coca-colas y cigarros por consumir, y sus autores de cabecera: desde Marías a Trapiello, pasando por Atxaga o Claudio Rodríguez. No faltaban Deleuze, Niestzsche ni Heidegger. Si la mochila lo permitía, se abrigaba de Gimferrer –especialmente con «La muerte en Beverly Hills»–, Gamoneda, Colinas y Gelman... Pero lo que más le emocionaba, y también se evidencia en estos «pétalos» es el barroco español (Góngora, algo de Quevedo, Juan de Jáuregui, los Argensola, el conde de Villamediana...). Un poco de Cernuda por aquí, unas gotas de Lorca y poesía norteamericana como Allan Tate o Marianne Moore.

Heredero de todo ese acerbo cultural y poseedor de una voz propia, nos lega estos últimos poemas que son una herejía, un sarcasmo, un triple salto existencial y la más bella atrocidad... Su libro más paneriano. El mismo que por primera vez desde hace años no podrá firmar ni a sus eternos lectores ni a los jovencísimos seguidores en su adorada Feria del Libro. Un texto que «pudo ganar el Loewe 2012, pero no pudo ser –dice melancólico Huerga–, como tantos premios se le negaron en vida». Tal vez, y como verdadera broma cósmica, quienes se emocionaron con sus versos puedan disfrutar de un «bonus track», una guinda a este testamento poético: «Cuando revisemos todos aquellos poemas que tenemos, les pongamos fecha y terminen de salir cuántos fue regalando, vendiendo y haciendo guardar en cajas, lo más posible es que podamos completar el punto y final de su legado que llevaría por título "La flor es una mentira"», resume Huerga, con un dejo de emoción. Mientras, el sello de cabecera del poeta está reeditando, uno a uno, sus mejores libros: «Así se fundó Carnaby Street», «Teoría» y «Narciso en el acorde último de las flautas».