París, más allá del alegre cancán

La capital de Francia a finales del siglo XIX no fue sólo baile y fiesta. La ciudad vivió un momento convulso con desórdenes socio-políticos que en la década de 1890 cobraron fuerza.

Un visitante contempla «Inside Bruant’s Mirliton», obra Louis Anquetin que forma parte de la exposición que inaugura el Museo Guggenheim de Bilbao
Un visitante contempla «Inside Bruant’s Mirliton», obra Louis Anquetin que forma parte de la exposición que inaugura el Museo Guggenheim de Bilbao

La capital de Francia a finales del siglo XIX no fue sólo baile y fiesta. La ciudad vivió un momento convulso con desórdenes socio-políticos que en la década de 1890 cobraron fuerza.

En el vibrante París de finales del siglo XIX los artistas apostaron por el cambio y la exposición «París, fin de siglo», que inaugura hoy el Guggenheim de Bilbao y que permanecerá abierta hasta el 17 de septiembre, es una oportunidad para ver cómo los pintores experimentaron entonces nuevas técnicas con estilos diferentes, a veces solapados. Se trata de una muestra muy especial que incluye 125 obras de los artistas más emblemáticos de aquel momento, como Paul Signag, Odilón Redon, Pierre Bonnard y Henri de Toulouse-Lautrec. La mayoría de los óleos, dibujos y grabados expuestos pertenecen a colecciones privadas y solo excepcionalmente han sido expuestos con anterioridad.

Las salas que en el museo se llaman «clásicas» –en la tercera planta del edificio– han mutado del blanco al verde, pasando por el azul, para que el visitante sea consciente de que cada una de las tres principales corrientes de las vanguardias de finales del XIX en París tiene un «alma» diferente. Lo explicaba ayer en la presentación de la exposición la comisaria Vivien Greene, de la Solomon R. Guggenheim Foundation, cuya especialización en este tema le ha llevado a conocer personalmente a los propietarios de las obras y a seleccionar «lo mejor de lo mejor» en manos de coleccionistas que poseen, algunos de ellos, distintos cuadros que permiten seguir la trayectoria creativa de artistas como Paul Signac.

La huella japonesa

Como no todos los autores son herméticamente clasificables, nada más entrar en la primera sala, dedicada al Neo-Impresionismo, nos encontramos con un cuadro de la última etapa de Claude Monet, «Nenúfares», en el que se ha dejado atrás el impresionismo y se está más cerca de la abstracción. A la derecha, la comisaria destacaba el puntillismo de Signac, minucioso hasta la extenuación. Vivien Greene explicaba que «Saint-Briac. Las balizas Opus 210» es una obra largamente trabajada, punto a punto de color, con la obsesión de no mezclarlos sobre el lienzo. El resultado es una aparentemente sencilla imagen en la que las dimensiones se aplanan por influencia de la pintura japonesa, que marcó a muchos de los artistas que vivieron en aquellos tiempos en París. Greene recomendaba fijarse en cómo en obras posteriores de Paul Signac, asó «Saint-Tropez. Tras la tormenta», la pincelada se relaja y se abre.

El arte en aquellos tiempos no quería imitar la realidad, sino decorarla, no siempre para embellecerla, aunque eso es lo que consiguió Maximilien Luce, en «El café», en la que nada parece sórdido en una escena que pretende reflejar la precariedad con la que filtra el café en una jarra un hombre, mientras su mujer barre, a primera hora de la mañana, la estancia en la que se encuentran. Asimismo, estos artistas idealizan la vida en el campo, como en el cuadro «Rebaño de ovejas. Éragny-sur-Epte», de Camille Pissarro. Cualquier cosa era válida, excepto lo que imitaba la realidad. Signac utiliza tonos violetas en los montes y todos prefieren las luces del amanecer y del anochecer, frente al enfoque de mediodía. La segunda sala está dedicada a los Simbolismos y ha sido pintada en azul en referencia a la espiritualidad, a lo celestial. En ella los cuadros cuentan historias, según explicaba la comisaria Vivien Green. El oleo “Abril”, de Maurice Denis, refleja la trayectoria vital de una mujer en una imagen de un bosque, en el que al fondo, a la izquierda, hay una joven de blanco que recoge flores y, en el centro, en primer plano, otra mujer vestida más formal, que también recoge flores, mientras que al fondo a la derecha, al final de un recorrido en uve, otra mujer, andando junto a un hombre, viste de negro. Con sólo 21 años Denis creo la que fue calificada por la comisaria de la muestra como una de sus obras maestras.

Los artistas agrupados en la corriente de los Simbolismos se reunieron en Bretaña y coincidían en una interpretación espiritual del arte, además de en rechazar el mundo real. Autores como Redon crearon obras herméticas, difíciles de interpretar; al principio sólo en blanco y negro para pasar mucho después a una utilización increíblemente magistral del color, teniendo en cuenta que previamente Redon solo había trabajado el negro. En muchas de las obras de Redon de las personas sólo vemos las cabezas, porque, según explicó Vivien Green, representaban lo intelectual, mientras que para él el resto del cuerpo era secundario. Pero estos artistas no partían de cero. Los oscuros monstruos de Redon tienen su origen en los grabados de Goya, un pintor que él admiraba.

Mujeres extravagantes

En la última sala, pintada en verde, nos encontramos con imágenes de los cabarets del París de final del siglo XIX. Los Nabis y la cultura del grabado en aquellos años mezclaban el arte de alto y bajo nivel y los artistas como Toulouse-Lautrec se sentían libres de investigar y experimentar porque los posters y los carteles eran teóricamente efímeros. Se trataba de anuncios y, por tanto, de arte comercial, que se suponía que se tenía que ver según los paseantes de aquella época iban por la calle, por lo que las siluetas cobraban un papel especial. Los artistas reflejaban a los personajes que se reunían en aquellos tiempos por los cabarets y se reconocía a una bailarina en una silueta por su peinado o a una dama que le gustaba frecuentar la noche parisina por el tipo de sombrero extravagante que solía llevar.

Los pintores no se tomaban en serio ni a ellos mismos y jugaban incluso con quienes contemplaran su obra utilizando por ejemplo dos veces la imagen del propio Toulouse-Lautrec en una sala de cabaret. Pero en la noche parisina de entonces había algo más que cabarets y los artistas no miraron a otro lado, sino que reflejaron el suicido y la prostitución y todos los problemas de la ciudad derivados de la pobreza. Felix Vallotton, en obras como «La ejecución» coloca a quien mira sus cuadros en el lado del verdugo, lo que provoca un impacto importante y Edouard Vuillar, en «Paisajes interiores», nos mete en su casa, donde se confunden el papel pintado y los personajes. Aquellos artistas también se inspiraban en escenas cotidianas, como las que se pueden ver en la extensa colección de litografías de Pierre Bonnard, que retratan aspectos de la vida de París, como la calle por la noche bajo la lluvia, las mujeres comprando o madres con niños. Tras el recorrido por las vanguardias de finales del siglo XIX en París la comisaria de la exposición explicó que en aquellas coordenadas de espacio-tiempo el arte se expresaba en masculino. De hecho, no hay ninguna creadora en la exposición «París, fin de siglo».