Pattinson, el vaquero «indie»

Robert Pattinson durante un momento de la rueda de Prensa en Berlín

Los hermanos Zeller presentan en el Festival de Berlín «Damsel», un «western» del siglo XXI en el que el actor busca por el salvaje oeste a su amada, Mia Wasikowska.

¿Puede hacerse un «western» en la segunda década del siglo XXI que no sea tachado de revisionista? Cuando los hermanos Zeller citaron sus referentes para «Damsel», que ayer se presentó a concurso en la Berlinale, contestaron indirectamente que no. La lista incluía «westerns» de los 50 que olían a anomalía (la obra de Budd Boetticher, «aparentemente clásica pero con un subtexto muy oscuro»; «Johnny Guitar», de Ray, y «Forty Guns», de Fuller, ambas de marcado acento feminista) y títulos que, en el crepúsculo del género, estaban empezando a reinventar sus códigos (desde «La ingenua explosiva», de Silverstein, hasta «Los vividores», de Altman). «Damsel» se apunta a esta tradición llevando el registro de la comedia excéntrica, en algún momento hasta de la parodia, al territorio simbólico de un cierto cine contemporáneo de vocación «arty» con resultados más bien fallidos.

Seña de singularidad

Samuel está dispuesto a cruzar las montañas del salvaje Oeste para casarse con Penelope, el amor de su vida, que ha sido secuestrada por un vándalo. Si decimos que Samuel es Robert Pattinson, el que fue vampiro casto de la saga «Crepúsculo», ya estamos dando una pista de por dónde van los tiros. Lleva años compitiendo con su ex, Kristen Stewart, para convertirse en imagen corporativa del cine de autor (Cronenberg, Gray, los hermanos Safdie y, próximamente, Claire Denis lo han escogido). Su presencia garantiza la singularidad del producto, y, en efecto, «Damsel» no es un «western» convencional o, al menos, está muy preocupado en no serlo. Todos sus personajes son justo lo contrario de lo que aparentan: el «cowboy» es más psicopático que romántico, el cura que lo acompaña en el viaje solo lo es de boquilla y la mujer (Mia Wasikowska), idealizada por el amor cortés, es dura como una roca. Se trata de darle la vuelta al calcetín del cliché por sistema aplicando un sentido del humor marciano y autoconsciente a una operación que deja de ser orgánica cuando los tiempos dilatados revelan la debilidad de sus intenciones.

El encuentro entre Samuel y su enamorada sirve de bisagra para provocar un brusco cambio de rumbo en el filme, que, hasta el momento, se ha sustentado en la interpretación de Pattinson, que bascula entre la empatía por la falta de sentido de la realidad del personaje y el cinismo autocomplaciente. Cuando «Damsel» se centra en Penelope, la película invierte toda su energía en defenderla como una mujer segura, un precedente del empoderamiento femenino que ha encontrado su manifiesto programático en el movimiento #metoo. Qué pena que el personaje sea tan afectadamente antipático, y los hermanos Zeller no tengan ni idea de qué hacer con él.

A vueltas con el «western», a ratos, «Black 47», que se presentaba fuera de concurso, lo parece. Su director, Lance Daly, cita a parientes cercanos (Peckinpah, Leone) a «Damsel». A veces es tan del Oeste como podría ser un «remake» de «Acorralado» situado durante la Gran Hambruna que sufrió el pueblo irlandés, con el colonialismo inglés en pleno apogeo y cuando había caciques con aroma a señor feudal. Su protagonista, desertor del ejército, venga la muerte de su familia en un carnaval sangriento sin pies ni cabeza. Se cuentan las víctimas por decenas, pero este defensor del pueblo no desfallece ni cuando se pone a tiro.