Pierre Bonnard, la ensoñación del color

La Fundación Mapfre dedica la primera retrospectiva en España al artista en más de treinta años. Un conjunto de ochenta pinturas, una docena de dibujos y medio centenar de fotografías que repasan el universo pictórico de este creador.

Paneles decorativos titulados «Femmes au jardin», realizados entre 1890 y 1891
Paneles decorativos titulados «Femmes au jardin», realizados entre 1890 y 1891

La Fundación Mapfre dedica la primera retrospectiva en España al artista en más de treinta años. Un conjunto de ochenta pinturas, una docena de dibujos y medio centenar de fotografías que repasan el universo pictórico de este creador.

El nombre de Pierre Bonnard llega a nosotros nimbado por la fama que suele dar el tiempo cuando el artista ha sido orillado por sus contemporáneos y ha vivido en la marginalidad, aislado en las islas de su propia creación. En una época marcada por la adscripción a una corriente, la incardinación a un movimiento –él mismo participó en la fundación del grupo simbolista de los «nabis» junto a Julian Denis, Vuillad, Ranson y Sérusier–, Bonnard acabó abriendo un camino personal, aparte de los demás artistas de su época y de las diferentes estéticas de a su alrededor. Una deriva que le encerró en un mundo de interioridades, privado, que mostraba a través de una pintura impregnada de vitalismo, muy colorida, como si ella misma fuera un antídoto contra los males exteriores, y en la que, sin embargo, resulta inevitable encontrar un poso de melancolía. «Para muchos artistas, como, por ejemplo, Picasso, pertenecía a esa clase de talentos que habían quedado rezagados, atrás. De hecho, el propio Bonnard reconoció que los impresionistas no habían dado de sí mismos todo lo que podían y, por eso, deseaba profundizar en el color y en las posibilidades que él creía que todavía tenía. Digamos que la irrupción del cubismo lo dejó fuera», explica Pablo Jiménez Burillo, uno de los comisarios, junto a Guy Cogeval, presidente del Musée d’Orsay, de la retrospectiva que le dedica la sede de la Fundación Mapfre a este pintor y que se inaugura mañana.

Influencia en España

Esta exposición, que recala en Madrid precedida por el éxito de los 500.000 visitantes que acudieron a verla en Francia, repasa la singladura creativa de un hombre que convirtió su vida en la materia principal de su paleta. «Volvimos a recuperar su figura cuando hicimos una nueva relectura de su obra, ya pasado el tiempo. De hecho, en España, durante la década de los ochenta, influyó de manera evidente en artistas como Juan Antonio Aguirre y Carlos Franco», explica Burillo.

La muestra acude a su génesis, a esos cartones verticales en los que fue practicando estilo, desarrollando su apuesta artística, y que después le ayudaron a conseguir una inhabitual destreza para abordar el desafío de la decoración de biombos y paneles, porque él creía que el arte debía ser compartido, formar parte de lo inmediato, y que no se mantuviera alejado de las personas, como un rehén privilegiado de las élites –la última sala de la exposición recoge una serie de composiciones realizadas con una intención ornamental para villas y casas, en las que destacan motivos paisajísticos, pero también algunas escenas urbanas–.

Bonnard partió, igual que otros, de la influencia de la estampa japonesa, que se adecuaba a su inicial búsqueda de la simplicidad, de su intento por reflejar formas esenciales. Pero enseguida se distanció de sus compañeros de la «Académie», y, en un repudio instintivo hacia las teorías impuestas y los grandes temas de la pintura, volvió el interés de su mirada hacia lo cercano, lo que le rodeaba, deteniendo su atención pictórica en lo familiar, lo doméstico. Surgió así una estética nueva, que mantuvo a lo largo de su vida. «A partir de su pincelada y del color, intenta convencernos de que el mundo es mucho mejor de lo que parece. Intenta, a través de sus lienzos, trasladarnos a una Arcadia perdida. A lo largo de su trayectoria reluce su fascinación por obtener una armonía entre el hombre y la naturaleza. Y se reafirma en la idea de que el arte es para convivir con él, para que esté a nuestro alrededor», aclara Jiménez Burillo.

El mismo Bonnard se definió como «pintor de la felicidad», aunque, en las últimas estribaciones de su existencia dejó una reflexión que revelaba los sentimientos que amalgamaban su alma: «Aquel que canta no siempre es feliz». Ese optimismo, que esculpía con unos colores efervescentes, que acababan fagocitando los propios contornos de las figuras, de los objetos que representaban, escondía el latido de un hombre con una vida agitada, no siempre bien resuelta, como demuestra su relación con Marthe de Méligny, que conoció en 1893 y que, aparte de otros escarceos amorosos, se mantuvo como su amante oficial hasta 1925, cuando accedió a casarse con ella. Unas nupcias que, precisamente, desencadenaron el suicidio de otra de sus mujeres, Renée Monchaty, de la que se exhibe un retrato en la exposición, y que supuso un duro golpe para él.

De la cohabitación con Marthe quedarían una serie de escenas coloridas, de aire personal, aunque llenas de nostalgia, donde el pintor evoca a su amada desnuda, abstraída en sus rituales. Bonnard siempre la retrata con el mismo cuerpo, el que tuvo en su primera juventud, sin que le importara demasiado los años que transcurrieran. Por eso siempre aparece como una figura delgada, menuda y de piel nacarada, atributos que aluden a la belleza singular que la caracterizaron. En estas composiciones, muy adecuadas al «voyeaur» que es, en el fondo, todo artista, el pintor muestra un pudor curioso, inusual, y siempre toma la precaución de ocultar el rostro de su esposa, que deja habitualmente sin definir, cuando la retrata desnuda. Estas pinturas, que son las que han dado más celebridad a su autor, provienen de la amarga realidad de su mujer, a la que se mantuvo unida durante toda su vida, pero que necesitaba de unos baños terapéuticos para superar las dolencias que padecía. Sus cuadros recogen los hábitos de ese momento, y han dejado telas como «El baño» (1925), que no está exento de cierta ternura y tristeza. Estas obras contrastan con otras iniciales que ahondan en la misma temática pero que están marcadas de un erotismo evidente, más arrojado y sucio, muy diferente, mucho más sensual y atrevido, aunque también más oscuras y misteriosas –es el caso de «El hombre y la mujer»–. Estos lienzos enseñan una de las inquietudes que rodearon el trabajo de Bonnard: su afán por romper la representación convencional y proponer composiciones más arriesgadas. El pintor jamás se conformó con recoger un instante desde una sola perspectiva. Intentaba que esos momentos de alcoba, que emanan de lo inmediato, aparezcan desde varios puntos de vista, hechos por un puzzle de diferentes planos, luces valientes y reflejos de espejos que enriquecen el mosaico que resultan en ocasiones sus telas.

Inquietudes de un siglo

Pero si la sensualidad resultó una de sus preocupaciones, tampoco se olvidó de reflejar otras igual de relevantes y que abordó, también, a partir de unas escenas domiciliarias, de comedores y habitaciones, sin tener que entrar en los grandes temas de la pintura. Así captó las zozobras humanas de un siglo tumultuoso, que llegó repleto de inseguridades, incertidumbres y de temores que acabarían ensombreciendo en muchas ocasiones la conciencia del hombre. La soledad, la tristeza y la incomunicación sobresalen en esos trabajos. «De hecho, Bonnard lo que hace es preludiar algunas de las cuestiones que después reflejarían los artistas en la década de los veinte, después de la conmoción que supuso la Primera Guerra Mundial», comenta Pablo Jiménez Burillo. Bonnard acabaría huyendo, buscando refugio en el paisaje. En la Costa Azul terminaría reencontrándose con la idea primigenia de una Arcadia extraviada. Cada día pasó más tiempo inmerso en la luz de esta geografía y, como resultado, surgió un nuevo tipo de pintura paisajística, desprendida del naturalismo habitual, y muy cercano a lo lírico.