Pierre Lemaitre: “Soy un tipo cómico, pero muy malo”

El escritor presenta «Los colores del incendio», su más reciente novela

Pierre Lemaitre / Foto: François Deladerrière
Pierre Lemaitre / Foto: François Deladerrière

El escritor presenta «Los colores del incendio», su más reciente novela.

Hace años que Pierre Lemaitre tiene su refugio en Arlés, aquel pueblo francés en el que Van Gogh se cortó parte de su oreja. La tranquilidad que buscaba el pintor sí la ha encontrado el escritor y es ahí de donde han salido «Los colores del incendio», su último libro que acaba de publicar Salamandra. En esta novela, continuación de «Nos vemos allá arriba», con la que ganó el Premio Goncourt, nos traslada al periodo entre 1927 y 1933, con una Europa que aún se está lamiendo las heridas de la guerra y cuando el auge de los totalitarismos empieza a amenazar el continente. Todo ello con la saga Péricourt como eje de la historia.

–Su novela anterior vendió dos millones de ejemplares en Francia, misma cifra que espectadores en su adaptación cinematográfica llegó a dos millones de espectadores. ¿Ha sentido el vértigo escribiendo «Los colores del incendio»?

–Lo he tenido, pero ya prescribió. El éxito, cuando es de esa magnitud, puede ser difícil de gestionar, pero lo he llevado bastante bien. Me he acostumbrado.

–La acción transcurre en un marco temporal muy concreto, pero no es un simple decorado: es casi un personaje más. ¿Qué le atrajo de esa época?

–De hecho, no me atrae esa época. La detesto. No es una atracción personal, sino que se trata del periodo histórico que necesitaba para esta trilogía. Es una época que cuenta con todos los atributos que necesita un novelista porque hay mucha maldad y elegancia –la moda es fantástica–. Es bella y mala, es decir, la pareja perfecta para una novela.

–En esa época hay corrupción, poder... Incluso uno de los personajes hace una descripción de Europa que podría verse como si fuera el mundo de hoy.

–Ojo con eso. Si tomamos cualquier época de la Historia encontrará resonancias con la actualidad. Incluso si escribiera sobre una dinastía china de hace 2.000 años a. C., algún lector diría que «esto es como hoy». Desde que se inventó la moneda siempre ha habido ladrones. Así que ese parecido con la actualidad es una mecánica de la historia. Dicho esto, cuando eres novelista y escribes sobre una época en particular, mi responsabilidad es elegir entre todas las resonancias las que vas a incluir en la novela.

–En la novela destaca el protagonismo de Madeleine, una mujer que tiene que hacerse un hueco en un mundo de hombres.

–Cada lector puede tener su propia interpretación de Madeleine, pero ella no es feminista. No es una activista de los derechos de la mujer, pese a que existían en los años 30, pero esa no era su cultura. No he querido hacer de este personaje el estereotipo que podría ser fácil de manejar y resultar tranquilizador para nosotros. Describir a una mujer como feminista sería una reacción machista. Preferí construir un personaje que es una mujer que evoluciona muy lentamente como la historia. Me parecía más creíble y más justo desde el punto de vista político tenerla a ella en una situación que la lleva hasta cierta lucidez.

–En el libro reivindica la literatura de Alejandro Dumas. ¿Qué es lo que le atrae de su obra?

–Me gusta ese regocijo, ese júbilo compartido con el lector, porque éste recibe el placer que Dumas sentía al escribir. Es lo que se siente al leer «Los tres mosqueteros» y «El conde de Montecristo»: no son libros que te pertenecen sino que eres tú el que perteneces al libro durante la lectura. Eso es algo que me gusta mucho y es mi objetivo. Me gusta que los lectores se compenetren con mi lectura. Me gusta que griten «¡aaaah!» y entren en el libro.

–¿Por eso le gusta interpelar al lector?

–Mi modelo es Brecht, quien explica que el espectador nunca debe olvidar que está viendo teatro y no la vida real. Si el espectador asume tanto en la obra olvidando que está en un espectáculo, entonces está siendo sometido y es una forma de dominación. Soy un poco como Brecht y me gusta que el lector se sumerja en el libro, aunque de vez en cuando hay que recordarle que esto es simplemente una novela. Asismismo, si hablo con el lector es porque quiero que haya una complicidad.

–El humor también campa con fuerza en «Los colores del incendio» desde las primeras páginas.

–De mí dicen que soy malo con mis personajes. Es cierto que sufren conmigo, pero es que resulta que es difícil escribir buenas novelas si siempre eres bueno con ellos. Con el humor pasa como con la maldad: soy así. De mí dicen que soy un tipo cómico, pero muy malo.

–Eso es un titular.

–Me gusta facilitar el trabajo.