Pizarnik, definitivamente escrita

Se publican los diarios completos de la escritora argentina, casi mil páginas de legado que abarcan de 1954 a 1972

Alejandra Pizarnik publicó su primer libro, «La tierra más ajena», en 1955 y no dejó desde entonces de escribir poesía
Alejandra Pizarnik publicó su primer libro, «La tierra más ajena», en 1955 y no dejó desde entonces de escribir poesía

Dijo que era imposible «hablar con palabras» y fue una de las poetas más importantes de Hispanoamérica. Su suicidio, a los treinta y seis años, en septiembre de 1972, la convirtió rápidamente en leyenda. Libros como «Los trabajos y las noches» o «Extracción de la piedra de locura», que marcaron de inmediato el pulso de la poesía argentina de las décadas de los sesenta y setenta, y una vida difícil, que osciló siempre entre el borde y el abismo, hicieron de Alejandra Pizarnik un nombre propio y una figura singular cuya estela extensa, cuarenta y dos años despues de su muerte, todavía perdura. Nacida en Buenos Aires en 1936, en el seno de una familia judía formada por padres descendientes de barcos llegados desde Rusia y que se dedicaban al negocio joyero, la obra de Alejandra Pizarnik, más allá de sus poemas breves (en ocasiones brevísimos) y de los pocos años que vivió, es sin embargo bastante abundante: en 1955 publicó su primer libro, «La tierra más ajena», pero desde entonces no dejó de escribir poesía y de ir componiendo, mientras tanto, un corpus en prosa con textos como «La condesa sangrienta» o como sus monumentales «Diarios» que Lumen acaba de reeditar en una cuidada y definitiva edición.

«Diario de escritora», define Ana Becciú en el prólogo a estos textos de Pizarnik: un total de treinta documentos constituidos por diez libretas que se corresponden con el periodo que va de 1954 a 1956 y a los años 1961 y 1972 respectivamente. También por catorce cuadernos manuscritos y por seis textos mecanografiados que se conservan en la Universidad de Princeton y que muestran no sólo la intimidad de una poeta en su escritura más privada, sino la diferencia con la que Pizarnik abordó la escritura de los cuadernos manuscritos y de los textos mecanografiados, como si se trataran de dos laboratorios de escritura bien delimitados.

En los cuadernos manuscritos, aclara Becciú, Pizarnik hizo una escasísima labor de reescritura, pero un intenso trabajo de poda, cambiando iniciales de nombres y trastocando las fechas y los lugares, lo que «da cuenta de su método de escritura y revela las intenciones predominantemente literarias de Alejandra como diarista». Los textos manuscritos, por el contrario, son otra cosa, dice Becciú: «Una auténtica reescritura, una extremada síntesis de su puesta en escena interior y la captación de un instante de esa escena, de lo cual resulta un fragmento o apenas una frase próximos en tono e intensidad a los poemas que dará a conocer a partir de ''Extracción de la piedra de locura'', en 1968.»

Luchar contra el vacío

«Hace dos días que confío en que no escribo deplorablemente –escribe Pizarnik el 22 de junio de 1968–. Incluso encuentro cierto placer sin alegría en escribir este diario, placer de escribir deprisa y saber que muchas palabras me esperan para subir de un salto a mi prosa como un tren rápido. O es cuestión del cuaderno o no es cuestión de nada y acaso sea un espejismo. Pero lo principal es acelerar mis tareas de hormiguita no lejos de transformarme en la hormiguita viajera». Así, en más de mil páginas, en cientos de entradas y con una prosa que por momentos desciende a las profundidades de una lúcida intensidad poética, Pizarnik, que en su obra intentó mitigar su lucha constante con la depresión y con el vacío, refleja, mediante los recuerdos de su infancia, de sus reflexiones sobre su temprana relación con la lengua de sus padres y con la suya propia, la debilidad de una existencia marcada por los vaivenes de la angustia y la exaltación y el amor y la sexualidad vividos como un interrogante.

Temas, en cualquier caso, que desvelan en todo su esplendor la escritura íntima y personal de una poeta única, que fue admirada por autores como Julio Cortázar, con quien mantuvo una cercana amistad cuando vivió en París entre 1960 y 1964, y por Octavio Paz, quien ese mismo año acompañó la edición de «Árbol de Diana» con un encendido prólogo en el que hablaba de la poesía de Pizarnik como una «cristalización verbal por amalgama de insomnio pasional» y de una «lucidez meridiana en una disolución de realidad sometida a las más altas temperaturas».

«En mi caso –apunta Pizarnik en febrero de 1963– las palabras son cosas y las cosas palabras. Como no tengo cosas, como no puedo otorgarles realidad las nombro y creo en su nombre (el nombre se vuelve real y la cosa nombrada se esfuma, es la fantasma del nombre). Ahora sé por qué sueño con escribir poemas-objetos. Es mi sed de realidad, mi sueño de materialismo dentro del sueño». Esas altas temperaturas que, según Paz, disuelven la realidad, son los pilares de las palabras que Pizarnik escribió en los muros de la noche, una oscuridad que, en estos diarios intensos, reaparece bajo el fanstasma de la nostalgia. En 1962 escribe, por ejemplo: «Una sola vez fui feliz: cuando corrí a caballo, desnuda, por la playa. Fue entonces cuando palabras como tierra, sangre, sexo, adquirieron realidad, se hicieron tan reales que desapareció la voz; y el sentir y el hablar no se diferenciaban».

Los diarios, de todos modos, no solamente son una puesta en escena del vacío interior de una poeta a quien Cortázar reclamaba, en una carta de julio de 1971, decía quererla viva, «estar del lado de la vida» y le reclamaba un «enlace con todo eso que nos envuelve a todos, llamále la luz o César Vallejo», sino también una reflexión sobre la escritura misma. Sobre el hecho mismo de escribir poesía o de la «vergüenza de escribir un diario».

«Quiero escribir cuentos, quiero escribir novelas, quiero escribir en prosa. Pero no puedo narrar, no puedo detallar, nunca he visto nada, nunca he visto a nadie», se lamenta. «Me gustaría escribir novelas en el estilo más realista y tradicional que existe. No sé por qué me parece que una novela así es un verdadero acto de creación. Porque la poesía no soy yo quien la escribe», agrega Pizarnik, que supo leer con atención a los simbolistas franceses y que tradujo a poetas como Antonin Artaud, Henri Michaux o Yves Bonnefoy. «Una constante de los diarios de escritores –señala Becciú, que cita como expciones notables los diarios de André Gide, de Léon Bloy, de Rosa Chacel o Julio Ramón Ribeyro– es que otros se encarguen de publicarlos póstumamente», como si hacerlo simulara ser una violación de la intimidad del escritor, más allá de que, al conservarlos, era indicativo de que sospechaba de que tendrían algún valor.

«Esto es aún más evidente en el caso de Alejandra Pizarnik –concluye Becciú–, ya que conservó sus cuadernos, en los que ella misma intervino hasta el último momento generando fragmentos de sus diarios que publicó en vida en importantes revistas de la época, a veces como fragmentos de un diario y otras veces como textos del más puro estilo alejandrino». Textos que evocan la ansiedad y la urgencia de decirlo y saber que, sin embargo, es «imposible hablar con palabras».