Cultura

Pussy Riot: memorias de una «guerrera feliz»

La fundadora del colectivo subversivo, Nadia Tolokonnikova, que pasó por la cárcel y un campo de trabajo, presenta en España un libro entre la biografía y la llamada a la «alegría subversiva».

La fundadora del colectivo subversivo, Nadia Tolokonnikova, que pasó por la cárcel y un campo de trabajo, presenta en España un libro entre la biografía y la llamada a la «alegría subversiva».

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Los 28 años de existencia que Nadia Tolokonnikova condensa en su libro incorporan más conocimiento que el 90 por ciento de biografías de músicos con siete décadas cumplidas. Por eso, una músico veterana como Kim Gordon las califica de «una mezcla de guía de las “girl scouts” y un manual para la revolución». «Deberíamos fusionarnos contigo para absorber por ósmosis tus experiencias entre seres codiciosos, sedientos de poder, autoritarios y narcisistas», dice como elogio la bajista de Sonic Youth. Sin duda esos epítetos se pueden aplicar a los usos y costumbres del régimen de Putin, que encarceló a la activista rusa en 2013 por protestar en la Catedral del Cristo Salvador de Moscú mediante una «oración punk» para que Dios depusiese a Putin del poder: «Virgen María, llévate a Putin», se titulaba.

Sin embargo, como Gordon reconoce y la activista explica en el prólogo con una bonita parábola que parece sacada de Shun Tzu o del «Tao te ching», ese comportamiento antediluviano no es solo cosa de soviéticos: «Cuando dos personas luchan entre sí durante mucho tiempo, acaban pareciéndose la una a la otra. Imitas a tu rival, por lo que es posible que antes o después termines siendo indistinguible de él». Voilà: Donald Trump, el sosias de Putin, ascendió al poder en 2016. «Ese fue el día en que se vino abajo el contrato social, la idea de que podíamos vivir en paz sin ensuciarnos las manos con la política, de que bastaba con votar una vez cada cuatro años para proteger nuestras libertades», escribe como síntesis e introducción a un libro que es mitad memorias, mitad invitación a pasar a la acción, a la subversión («El libro Pussy Riot», Roca Editorial).

No piensen en las Pussy Riot como en unas Femen con guitarra. Con lucidez para el análisis político y semiótico, Tolokonnikova continúa exponiendo la teoría de los espejos entre EE UU y Rusia: «Cuando Putin tiene que introducir una ley nueva y repulsiva, antes menciona las prácticas estadounidenses. Cuando se permite que la policía rusa actúe con violencia, con muchísima violencia contra los manifestantes, siempre te dicen la misma cantinela: “¿De qué os quejáis? En Estados Unidos ya os habrían matado por protestar tanto”». Si en Rusia se manifiestan contra encarcelamientos masivos, el Kremlin invoca Guantánamo. Si se critica el gasto militar frente al social, señalan a la OTAN, los drones, Irak. Mientras tanto, en EE UU, protestar por las mismas razones que más allá de los Urales es un acto antiamericano, seguramente prorruso. La ironía del asunto es que, según parece, las conexiones entre ambos dirigentes son algo más que rumores.

La activista no nació, sino que se fue haciendo. «Mi padre me educó sin dogmas. Cuando era niña, solíamos visitar iglesias católicas, protestantes y ortodoxas, mezquitas, sinagogas y hasta celebraciones de los hare krishna. Contrastábamos impresiones con libertad, alegría y buen humor. Y escribíamos acerca de ellas». Así que la joven siberiana, que tomó por referente al poeta y revolucionario Vladímir Mayakovski («cuando tu ídolo juvenil es ese, sabes que estás jodida», recuerda), tomó conciencia de que las instituciones que debían protegerla a ella y a sus conciudadanos ya no estaban en condiciones de hacerlo debido a la corrupción, los grupos de presión, los monopolios y el control de los datos personales, por ejemplo. «Delegábamos la lucha política igual que delegábamos los trabajos peor remunerados y las guerras», afirma sobre el descrédito que sufren los políticos, no ya en Rusia, sino en todo el mundo occidental. «¿No es irónico y patético que tengan que ser los punks quienes exijan un poco de formalidad y profesionalidad a los políticos?», se pregunta.

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Rebeldía forjada en prisión

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Hay que recordar que fueron sentenciadas a dos años de cárcel y hasta siete de trabajos por cuarenta segundos de protesta pacífica. Pero la publicidad de los hechos y la cólera de la Iglesia ortodoxa, baluarte del poder de Putin, espolearon a las autoridades rusas. Fue solo una canción y, además, las activistas se disculparon en el juicio si alguien se sintió ofendido. Fueron condenadas sin el menor atisbo de clemencia. Así que la forja de su rebeldía se llevó a cabo en prisión. «En la cárcel no existe la opción de ser una niña indefensa. El peligro es real: luchas por la supervivencia. Luchas por tu vida con una sonrisa en la cara. Recuperas la alegría o te mueres. Puede que te mueras físicamente o te entierre tu propia apatía», escribe sobre una experiencia que le permitió vivir un tiempo intenso intelectualmente.

Tolokonnikova no es ninguna sectaria: cita por igual a Chomsky y a Erich Fromm. «No mentiría si dijera que tuve las revelaciones más importantes sobre mi conciencia, la cultura moderna, las relaciones y las jerarquías de poder sentada en mi celda. También descubrí muchas cosas sobre mi cuerpo haciendo flexiones y estiramientos. No sabía qué me depararía el mañana. Me enfrentaba a una pena de siete años en un campo de prisioneros. Y así, viví cada día como si fuera el último», rememora la activista, que se propuso convertirse en una «guerrera feliz» a pesar del cautiverio. Es consciente de que, pese a la crueldad con la que fue tratada, aún fue afortunada. «Desde luego, las Pussy Riot tuvimos mucha suerte al no ser olvidadas y abandonadas tras los muros de la cárcel. Todos los policías que hablaron con nosotras después de nuestra detención nos recomendaban que: a) nos rindiéramos, b) nos calláramos y c) declarásemos nuestro amor incondicional hacia Vladimir Putin», escribe. «A menudo me siento culpable por todo el apoyo que recibimos. Fue algo increíble. Hay muchas cárceles políticas en nuestro país». A la rusa le sirvió de ayuda la experiencia de Václav Hável, preso en un campo soviético, que contó sus vivencias en «El poder de los sin poder». «Después de condenarme a dos años de prisión, me llevaron a uno de los campos de trabajos forzados más duros de toda Rusia: Mordovia. Tras un solo mes de penurias en aquel lugar, me volví apática y apagada, habían quebrado mi espíritu. Me volví obediente a causa de los abusos constantes, el trauma y la presión psicológica», cuenta la joven. Sin embargo, descubrió aquel libro, que devoraba a escondidas, llorando de alegría. «No estamos rotos hasta que nos dejamos romper», celebra.

Su vitalismo es contagioso. Pero, ¿a qué se dedican las Pussy Riot, al arte o a la política? «Para nosotras, es lo mismo, ambas cosas son inseparables», dice en el capítulo «Delinque con arte». «Lo que importa es la pulsión, la energía», se defiende ante la evidencia de que en el grupo no son virtuosas de la guitarra. Y es que sus acciones siempre han unido ambos ingredientes. En 2008, trataron de proyectar una calavera gigante de 70 por 40 metros sobre la Casa Blanca de Moscú (de nuevo el espejo), sede y residencia del Gobierno ruso. Como escribió Bertolt Brecht, «el arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma». Como dice nuestra protagonista: «No me interesa el arte que no molesta. Para ser sincera, ni siquiera lo considero arte», sino un broche del «status quo». Sin embargo, al respecto de la noche en que las Pussy Riot fueron detenidas, no tenían conciencia de estar haciendo nada malo. Nunca imaginaron que un concierto, por ilegal o sin permiso que fuera, podría llevarlas a la cárcel. Habían ensayado mucho para colocar el material lo más rápido posible y lograron zafarse de la seguridad cuando fueron frenadas a los 40 segundos de comenzar. En la sentencia, los hechos fueron catalogados de blasfemia, felonía y atentado contra Rusia. «Fue un bodrio. Ni siquiera llegamos a cantar el estribillo y no hay material ni para hacer un vídeo. Nos metieron en la cárcel por la peor de nuestras actuaciones», escribe.

Irónicamente, la Catedral del Cristo Salvador ya es conocida en Moscú como la iglesia de Pussy Riot. Tan sagrada no será si alberga un centro comercial y una tienda de huevos Fabergé. La web del centro religioso ofrece en alquiler sus salas para eventos de cualquier signo político, así que el gran crimen que cometieron debió ser no pagar la tarifa. Y deja una última receta: «La falta de interés y compromiso nos ha llevado al punto en el que estamos, un momento de desesperación política y enajenación social en el que la expresión “igualdad de oportunidades” ha empezado a sonar a chiste». Y es que, como dijo Nietzsche: «Quien tiene un por qué para vivir, encontrará siempre el cómo».