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«Quejío», el grito que sigue siendo necesario

Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

17 de mayo de 2018. 03:41h

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Juan Beltrán .  Madrid. 17/5/2018

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Decir Salvador Távora y La Cuadra es decir teatro independiente, flamenco, Andalucía, raíces... y «Quejío», la primera obra de este singular artista sevillano allá por 1972, cuando aún no había llegado ni la Transición. Más que un ¡ay! fue «un grito de desgarro, un canto de denuncia contra la injusticia social, el lamento y la queja del pueblo andaluz largamente maltratado». Hoy jueves se hará entrega de un reconocimiento al maestro Távora en el teatro Fernán Gómez en el Centro Cultural de la Villa, dentro de la 4ª edición del Festival Flamenco de Madrid, por toda una vida entregada al teatro y al arte y mañana viernes, en función única, se repondrá «Quejío». «Estoy muy agradecido y estaré encantado de recogerlo», dice Távora, cuya voz debilitada suena al otro lado del teléfono. «Supone el reconocimiento a toda una vida encima del escenario, reconocer el flamenco como un movimiento artístico, comprometido, serio, como la expresión de un pueblo, el andaluz, que ha hecho de las necesidades un arte comprometido, ese debe de ser su sitio».

«Quejío» fue algo rompedor «porque vino a revolucionar y a cambiar la forma de entender el flamenco», explica su creador. «Yo me preguntaba por qué los cantes y bailes no reflejaban las realidades concretas de los andaluces que los hacíamos. El flamenco era un divertimento para señoritos y pensé que debería de ser otra cosa, llegué al convencimiento de que nuestra realidad estaba falseada y ocultada por sólidos tópicos y el flamenco era un instrumento utilizado para poner una careta alegre y colorista a un pueblo triste y sin color. Lorca lo definió muy bien, “Tierra vieja del candil y la pena”. Fue un elemento político, la expresión de una situación que era necesario denunciar. Un espectáculo, que una forma o de otra, no solamente se entendió aquí, sino en todo el mundo».

Sin texto

Salvador Távora imprimió su personalidad y fuerza escénica para reflejar la opresión del pueblo andaluz. El montaje se basa en el cante y en el baile, en el sentimiento y la potencia visual, con ausencia casi total de texto. Se estructura a partir de siete cantes y tres bailes presentados como una serie de ceremonias, con un flamenco alejado del folclorismo y comprometido con sus orígenes. «Vino a cambiar la mirada sobre él y a crear un teatro diferente, menos convencional», prosigue Távora. «Se quería hacer de Andalucía una especie de paraíso ficticio, inexistente con las condiciones que sufría. Yo no podía aceptar esas condiciones que necesitaban un grito y ese grito fue el que se dio hace 46 años surgido del sufrimiento, la opresión, miseria y marginación de un pueblo que en los años 70 emigraba sin parar, el mismo que sigue siendo necesario dar también ahora».

Porque, al autor de «Quejío», le duele Andalucía. «Por distintas circunstancias es necesario devolver a la vida de nuevo ahora esta obra, que necesita retomar el camino y poner a Andalucía donde debe estar, como exposición de un pueblo serio y, si se quiere, triste. La tristeza es un estado aristocrático del espíritu, un sentimiento que engrandece al hombre». Y concluye, «cuando se represente en Madrid, se entenderán razones que durante estos últimos años se ha ido enterrando».

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