Rodrigo Muñoz Avia, el orgullo de ser “hijo de”

El escritor publica “La casa de los pintores”, un recorrido emocional por la vida de los dos grandes artistas que fueron sus progenitores.

La familia y uno más Lucio Muñoz y Amalia Avia tenían tres hijos en esta imagen de 1967. El cuarto, en camino en la fotografía, es Rodrigo, el autor de «La casa de los pintores».
La familia y uno más Lucio Muñoz y Amalia Avia tenían tres hijos en esta imagen de 1967. El cuarto, en camino en la fotografía, es Rodrigo, el autor de «La casa de los pintores».

El escritor publica “La casa de los pintores”, un recorrido emocional por la vida de los dos grandes artistas que fueron sus progenitores.

Iba a para Aránzazu, pero fue un chico, el cuarto del matrimonio de Lucio Muñoz y Amalia Avia. Ni siquiera a la cuarta fue la vencida ni llegó la niña. A los padres les dio lo mismo. Junto con sus hermanos Lucio, Nicolás y Diego formaba, además de una pequeña tropa, una piña. Rodrigo Muñoz Avia ha escrito «La casa de los pintores» (Alfaguara) no porque tuviera una deuda pendiente, sino porque notaba que había llegado el momento, que tenía mucho que contar: «Siempre supe que iba a acabar escribiendo sobre mis padres, una obra que recogiera mis recuerdos. Y pensé que ya había llegado el momento. Tenía una información valiosa y extraordinaria y me dije que tenía que contarlo y ponerlo por escrito», cuenta Rodrigo. «Fijar la memoria de la familia», añade sin la menor de las pretensiones porque considera el libro «un relato de todos, aunque el foco estaba en mis padres, que son lo que son. Es mi visión. Si lo hubiese escrito otro de mis hermanos el enfoque habría sido diferente, o quizá no», añade.

Desde que vino al mundo supo que sería «el hijo de», lo mismo que sus tres hermanos. Hubo en él una tentativa, llamémoslo así de «matar al padre» en un determinado momento o quizá en varios, «pero me di cuenta de que siempre iba a serlo, desde niño. No ha sido jamás una losa, sino un orgullo. Siempre he sentido auténtica admiración por mis padres. Notaba que desde siempre la gente sentía curiosidad por ellos, por lo que hacían, por cómo pintaban, cómo era la vida en casa, y poco a poco fui tomando conciencia. Y cuando murieron ambos me convertí aún más en “hijo de”». Cada vez que le presentaban a alguien él sabía que no destacarían su faceta de escritor, sino el hecho de ser hijo de quien era. «Lo asumo con naturalidad. Escribir de ellos es escribir de mí mismo».

Empezar por las manos

«La casa de los pintores», que transcurre casi toda en el periodo vivido en el chalet de la Ronda de la Avutarda, no presente ser un recorrido cronológico. Por algún sitio había que empezar. Y el propio autor se lo pregunta: «¿Por dónde empezar? Por ejemplo, por las manos, las manos de mi padre. Para mí, para el niño que yo fui y crecí con él, sus manos fueron siempre la puerta de entrada al mundo. Eran unas manos fuertes, con dedos y uñas anchas, especialmente la del pulgar...», para acto seguido ofrecer una imagen cercanísima de Lucio Muñoz jugando al cucutrás, haciéndole cosquillas cuando lo encontraba por el pasillo o revolviéndole el pelo, esa melena cortada a tazón que a su madre le gustaba tanto que llevaran.Cuando se refiere a su padre utiliza la palabra «chulería», siempre: «Es que iba siempre así, chascando los dedos por el pasillo, silbando. Y resultaba paradójico para alguien que te infundía tanto respeto, un hombre noble, bastante reservado, con una mirada muy profunda, pero que conservaba y lo conservó siempre, esa chulería de chaval de la Plaza del Carmen, de golfo. Y eso lo acercaba, nos lo acercaba. Recuerdo la manera en que jugaba al ping-pong, cómo tiraba el trompo o los giros de su manos cuando nos hacía cosquillas», recuerda. Lo opuesto, por otra parte a su madre, una Amalia madre ante todo de sus cuatro hijos, «abierta, natural, cercana, fácil, sencilla. Fíjate que mi padre me intimidaba a veces y que en ocasiones no me acercaba a él porque no le quería incomodar, pero con ella era completamente diferente. Era tan expansiva y tan expresiva. Llamaba la atención con sus gritos. Parece que la estoy oyendo cuando me llamaba: “Puciiiiiiiiiiiiiiiiiini, guapo, preciosidad, anda ven, déjame que te achuche”. Lo recuerdo».

Su casa, de ahí la elección del nombre del libro, ha sido siempre el centro. Ahí creció, jugó de niño al fútbol, se quemó las piernas (aún conserva las marcas), se salvó de que le supaltara la estantería de su habitación, abandonó la niñez, colgó sus primeros poster, entró en la adolescencia, montó su primera discoteca y colgó los bafles de redes (así se llevaban entonces), pasaron los años y se marchó, pero para luego volver. Todo han acabado volviendo, menos Lucio, el mayor, que vive en el pueblo toledano de su madre. El resto se fueron un día sin llegar a marcharse. «Diego vive en lo que era la casa familiar. En el campo de fútbol, cuenta Rodrigo, se hicieron dos casitas, una para Nicolás y otra en la que vivo yo, que soy el que me he incorporado más tarde. Lo he visto siempre como una continuidad, por eso quise que el título diera protagonismo a la casa. Para mi madre las casas eran fundamentales y este libro es un complemento a las memorias que ella escribió, una continuación. Fue una mujer que por pudor apenas habló en las de mi padre».

Rodrigo Muñoz Avia ha heredado, sin duda, la cercanía materna. Quizá ea más Avia que Muñoz. Cada una de las páginas rezuma cariño. Mucho. Es consciente de lo afortunado que ha sido al moverse en un ambiente en el que los amigos de sus padres eran Francisco Nieva, Antonio López, Cristóbal Halffter, Joaquín Ramo, Julio López Hernández, Esperanza Parada, el doctor Alberto Portela y muchos otros más anónimos... «Hubo momentos en que me daba auténtico pudor contar ciertas cosas o dar un listado de nombres, como cuando hablo de los partidos de fútbol que echábamos, pero mis hermanos me animaron a hacerlo. Nunca quise que fuera un texto documental y a veces me mostraba rácano, quizá demasiado pudoroso con determinadas vivencias. “¿Cómo no lo vas a contar? Dilo, que está bien decirlo», me animaban. Al crecer es cuando te das cuenta de lo privilegiados que fuimos. Creo que uno de los motivos para escribirlo fue que no tenía que inventar una historia, sino que podía tirar de la mía propia, ahí estaba, la tenía a la mano», asegura.

Antonio López era un habitual en su casa, uno más a la hora de sentarse de vez en cuando a la mesa. «En mi casa se comía muy rápido. No te podías despistar. Mi padre, como cuento, era el primero en levantarse de la mesa porque no perdonaba su siesta. Sabíamos cómo le había dio en el estudio ese día por su actitud durante la comida», rememora.

Poco a poco Rodrigo Muñoz Avia fue siendo consciente de en qué familia había nacido, «aunque creo, y eso me parece absolutamente saludable, nunca nos lo hemos llegado a creer. Así nos lo inculcaron. Mi padre se exigía bastante y no vivía pendiente de su posición en el escalafón del arte», asegura. Las obras de sus padres sigue vivas. Ha pasado tiempo desde que fallecieron, pero ahí está su trabajo inmenso, el de ambos. Y sus hijos para recordarlo. «La exposición de los realistas ayudó a que se construyera una mirada feminista de mi madre, que siempre fue consciente de su lugar. Mujeres como ella tuvieron un mérito inmenso porque fueron capaces de sacar a su familia adelante y de trabajar. Hoy se la podría ver como un icono feminista. Tenía una clara conciencia en este sentido, pero jamás hizo bandera de ello». Amalia Avia pintaba de una manera muy distinta a como lo hacía su marido. Sus interiores, las fachadas de las casas, los cierres (para los que se ayudaba de una regla y que diseñaba con una increíble paciencia)... Y ningún lienzo, que quede claro. Así lo destaca su hijo para que haya dudas. La familia salía de excursión a hacer fotos para que le sirvieran a ella de modelo. Era una diversión más.

Cuando se adentra, porque el momento llega, en la enfermedad primero de Lucio Muñoz y después de Amalia Avia, el escritor no se recrea. Cuenta cómo se empieza a sentir mal el pintor, cómo cambia su tos, las visitas al hospital, las pruebas, la sombra de que algo no marcha bien... En el último año y medio cuanta su hijo que el pintor se había dejado barba. Tenía un aspecto profético. Lo demuestran las fotografías que acompañan al libro, ya aquejado por la enfermedad, pero aún con fuerzas para poder ver acabado el mural de la Asamblea de Madrid. «Abordé esa última etapa con una emoción contenida. No me gusta enseñar las desgracias. Volver a recordarlo y traerlo a la actualidad te remueve. Tuve claro que no quería que la muerte fuera protagonista sino destacar a dos personas vitales no centrarlo en el duelo». Asegura que no le costó el final, «me dio más guerra la parte central. Me daba miedo que el libro empezase a decaer una vez que se pasa la infancia, una etapa bastante atractiva. Se ve cómo el paso del tiempo, que a todos nos afecta, también va haciendo mella en ellos».