Historia

«También yo soy un fantasma»

Reproducimos el arranque de «La última posada», el testamento literario de Imre Kertész, que publicará Acantilado el 6 de abril y en el que el. premio Nobel checo analiza sus experiencias con el horror de los campos de concentración y la lucha por la dignidad humana

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Amanecer. El carácter fantasmagórico del mundo y de los hombres. Como si no existieran hombres, sino fantasmas. También yo soy un fantasma, aunque no sé de quién; o, mejor dicho, qué clase de leyes determinan qué ha de regir mi ser fantasma, qué ha de guiarlo por esta tierra.

El judío europeo es un remanente, no un anacronismo como el judaísmo ortodoxo que, con todo, sigue siendo algo así como una condición: no, el judío europeo es de hecho un tipo humano definido por los otros, incapaz ya de desarrollar ningún tipo de nexo interior con la condición de judío que le ha sido impuesta. Aún podría funcionar como una religión, pero se plantea entonces una pregunta justificada: ¿por qué no es ortodoxo? ¿Y qué significa «¡El año que viene en Jerusalén!», cuando Jerusalén existe en la realidad y ahí viven los judíos?

El verboso ensayo de Kundera sobre la novela. Todos los tópicos conocidos, pero con la elocuencia francesa, lo cual atenúa un poco su incapacidad. Entre otras cosas, Kundera llega a la conclusión de que desde Kafka la novela describe al hombre dominado desde fuera, sin ninguna posibilidad frente al poder que se adueña de todo. Ideas que me resultan familiares desde la época de «Sin destino». Pero queda la pregunta: si el poder y la adaptación a él son totales, ¿para quién describimos entonces al hombre dominado de forma totalitaria? Para ser más exactos, ¿por qué representamos en términos negativos al hombre dominado de forma totalitaria, para qué ente misterioso que se hallaría fuera de la totalidad y la juzgaría y, aún más, al tratarse de una novela, se entretendría y aprendería con la obra e incluso desarrollaría una actividad crítica y sacaría las conclusiones estéticas pertinentes para las obras del futuro? Lo absurdo reside en que ha desaparecido la mirada objetiva desde que Dios ha muerto, en que nos hallamos en el estado del panta rei, en que no tenemos un asidero y aun así escribimos como si lo hubiera o como si a pesar de todo existieran el punto de vista sub specie aeternitatis, la perspectiva divina o lo eternamente humano. ¿Dónde reside la solución de esta paradoja?

Por la noche ha vuelto a presentarse con particular énfasis «El solitario de Sodoma», esa primera gran idea de mi juventud o ese primer gran tema o como quiera llamarlo: la experiencia dionisíaca, la del individuo libre que se entrega en medio del delirio ritual de la masa; este motivo ha determinado todo mi trabajo posterior (para expresarlo, por de pronto, de alguna manera), es decir, todas las tramas de mis novelas posteriores. Todavía recuerdo que paseaba por la Zivatar utca con un joven llamado Péter (ambos debíamos de tener veintitrés años por aquel entonces) y le explicaba, a él, que también se disponía a ser escritor (acabó siendo un mal escritor y murió joven), ese relato que se basaba en una vivencia mía decisiva y fundamental: fue durante el servicio militar, tal como la describiría décadas más tarde en «Fiasco». Sin embargo, la historia de Lot de Sodoma, tal como la imaginé entonces, todavía aguarda a ser escrita. (Cabe mencionar que volví a toparme con ese motivo en la época de mi traducción de Nietzsche, en su descripción del hombre griego, apolíneo y dionisíaco; y entonces, como tuve una experiencia de algo déjà vu, cabe preguntarse si no había leído ya «El nacimiento de la tragedia» en mis años mozos, por supuesto en el lenguaje arcaico y sumamente conciso de Lajos Fülep; pues bien, no recuerdo haberlo leído, aunque, por otra parte, mientras traducía «El nacimiento de la tragedia», tanto el texto como la atmósfera y la vivencia del mundo contenidos en él suscitaron en mí una sensación extremadamente intensa y nostálgica de algo «conocido»)[...]

Imre Kertész