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«Dead town»: Querido salvaje Oeste

Autor: Ivan Arsenjev y Petr Forman. Dirección: P. Forman. Intérpretes: P. Forman, Veronika Švábová, Marek Zelinka. Naves del Matadero. Hasta el 28 de enero.

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Merecido aplauso al desembarco en Madrid de los Forman Brother’s Theatre, o lo que es lo mismo, la compañía teatral de los hijos del conocido cineasta checo Milos Forman. «Dead town» es un palmario y hermoso homenaje al Lejano Oeste en el fondo y al cine mudo en la forma. Toda la obra está impregnada, desde el punto de vista estético, de un nostálgico y entrañable aroma a los viejos western de super 8 con los que tantos espectadores hemos crecido y cuyo estilo visual permanece indeleble en nuestra memoria. Los Forman se cuelan inteligentemente por los resquicios del recuerdo para hacer emerger sobre el escenario toda esa imaginería de salones, pistoleros, cantantes encorsetadas y abiertos paisajes con cactus y caballos en una propuesta que tiene dos partes bien diferenciadas. La primera, más teatral, parece tener el propósito de que el público se familiarice con ese contexto del Lejano Oeste y consta de una serie de números musicales, con un estupendo quinteto que acompaña la acción durante toda la función; dancísticos, aproximándose a la parodia en los simpatiquísimos bailes que protagonizan los vaqueros; y hasta circenses –una de las joyitas del espectáculo es el acrobático trabajo de uno de los actores sobre una bicicleta–. Pero después la realidad escénica se va transfigurando con la ayuda de un virtuoso juego de proyecciones para que la imaginación del espectador se concrete y se ciña exclusivamente, tal y como logra el cine, al espacio específico en el que se está ambientando la representación. Lo teatral se convierte, pues, en cinematográfico, aunque los actores sean de carne y hueso dentro de todo ese entramado audiovisual. En esta segunda parte, además, hay una historia guionizada –la acción es muda con algún sobretítulo aclaratorio– que cuenta, al más puro estilo western, con malvado pistolero, sheriff, damiselas y enigmático forastero. Aquí el homenaje se acerca de nuevo a la cariñosa parodia en algunas impagables escenas en las que, a modo de «cámara rápida», todos los actores se mueven a una velocidad endiablada, emulando el particular movimiento que mostraban los viejos proyectores, y simultanean infinidad de acciones.