Cultura

Las amargas lágrimas de Marie Curie

La compañía Arán Dramática lleva a las tablas «La ridícula idea de no volver a verte», basada en la novela más personal de Rosa Montero que relaciona con una experiencia similar vivida por la científica.

La compañía Arán Dramática lleva a las tablas «La ridícula idea de no volver a verte», basada en la novela más personal de Rosa Montero que relaciona con una experiencia similar vivida por la científica.

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Llevaban ya mucho tiempo, el dramaturgo y director Eugenio Amaya y la actriz María Luisa Borruel –miembros fundadores de la compañía extremeña Arán Dramática–, con ganas embarcarse en un proyecto de pequeño formato sobre el que pudieran trabajar de una manera más recogida, sin tener que contar con un gran elenco, y también más sosegada, sin el apremio de una fecha determinada de estreno. Después de haber desechado cuantos monólogos habían caído en sus manos, se toparon casi por casualidad con la novela de Rosa Montero «La ridícula idea de no volver a verte». Borruel había escuchado en la radio una entrevista con la escritora en la que hablaban del libro y enseguida intuyó que la novela podía tener un potencial escénico aún no explorado. «En cuanto lo leímos nos dimos cuenta de sus posibilidades –asegura Amaya–. La obra no solo está escrita de una manera muy cercana y poética, sino que tiene, además, una estructura muy teatral. Rosa Montero utiliza una voz narrativa que habla directamente al lector; así que nosotros podíamos hacer, del mismo modo, que la actriz hablase directamente al espectador». De carácter manifiestamente autobiográfico, «La estúpida idea de no volver a verte» disecciona el alma de una mujer, la propia escritora, que ha perdido a su pareja y que analiza, por medio de la evocación y el recuerdo, su existencia junto a él. Montero, que publicó la obra en 2013, encontró en la lectura del diario de Marie Curie, que también perdió a su marido tras 10 años de matrimonio, el asidero perfecto para armar desde ahí su historia.

Una reflexión sobre la ciencia

Tendiendo un puente entre el presente y el pasado, la autora de «La hija del caníbal», establece aquí un paralelismo entre su propio mundo emocional y el de la científica francesa –fallecida en 1934 como consecuencia de la radioactividad de sus experimentos– para reflexionar no solo sobre la pérdida y el duelo, sino también sobre el papel de la ciencia y el conocimiento, las relaciones de pareja, la creación artística y literaria, el sexo, etcétera. Aseguran en la compañía que todo ese universo se mantiene intacto en esta versión para las tablas cuya escenografía, diseñada por Claudio Martín, representa el lugar de creación de la escritora. «Desde el primer momento nuestra relación con Rosa Montero fue muy fácil y muy fluida, porque nuestro espíritu siempre fue el de respetar lo esencial del libro –explica Amaya–. Es verdad que se puede discrepar en qué es lo esencial y qué no; pero mi labor como dramaturgo ha consistido exclusivamente en comprimir y sintetizar. Todo lo que se dice en la obra está escrito por Montero y sigue la misma estructura del libro; solo hay un párrafo que he cambiado de sitio. Es un trabajo de condensación muy meticuloso, pero no es una adaptación».

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Otro pequeño cambio, aunque de nula relevancia dramática, es el del nombre del fallecido. El Pablo de la novela –referencia al periodista Pablo Lizcano, pareja de Montero– se transforma en la función en un Carlos más despersonalizado y genérico. Lo importante para los miembros de Arán Dramática es intentar ir más allá de las personas concretas y llegar al espectador con la verdad de las emociones. «Hay muchos desafíos en el espectáculo –reconoce su director–. Y uno, desde luego, es llegar al público, tanto en el plano puramente afectivo como en ese otro plano más narrativo en el que se cuentan las vicisitudes y peripecias que atravesó Marie Curie para consolidarse como científica en una época complicada y dominada por los hombres. Es cierto que todo esto podría hacerse árido a priori sobre un escenario; pero empezamos a encontrar conexiones entre la biografía de Curie, la del personaje de la escritora y también... la de la propia actriz. Y trabajamos mucho en esa dirección, para que el material no se convirtiese en una especie de conferencia descriptiva, sino en algo teatralmente potente. Para conseguirlo, era necesario contar con una actriz como Borruel. Ayuda mucho también la música de Óscar López Plaza. Es un tipo de obra que tiene que ir fluida para que nadie aparte la atención. Y parece, por las reacciones de esos “jueces insobornables” que son los espectadores, que lo hemos conseguido».

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Un canto a la vida

Como no podía ser de otra manera, los sentimientos dominan todas los recuerdos y observaciones de la protagonista tanto en la novela como en la función; pero eso no quiere decir, según Amaya, que la obra sea melodramática: «No cae nunca en el drama lacrimógeno –asegura el director–. No hay una ostentación de las emociones; lo que hay es una emoción contenida, una visión respetuosa del sentimiento de pérdida y de la muerte. Como dice Montero, la obra es también un canto a la vida». Además, en las remembranzas de la protagonista se cuelan, no pocas veces, algunas meditaciones bastante críticas con esa realidad añorada. Escribe Montero en su libro sobre lo que ella llama «el verdadero sexo débil»: «A menudo mimamos a los hombres como si fueran niños y mantenemos un cuidado exquisito para no herir su orgullo. Nos parecen inmaduros, precarios, infinitamente necesitados de atención, admiración y aplauso». Es solo un fragmento de un pasaje más amplio que se mantiene intacto en la función. «De hecho, la escritora tuvo mucho interés en que esta velada crítica a la vanidad masculina no se eliminase en la versión», asegura Amaya entre risas.