Teatro

Loca farmacia de guardia

«Viejo, solo y puto», de Sergio Boris, llega de Argentina para cerrar el ciclo del Centro Dramático Nacional «Una mirada al mundo» con una noche en la que se mezclan pasiones, alcohol, travestis y boticarios

Sin receta. Cinco son los personajes que se dan cita en la botica de Sergio Boris
Sin receta. Cinco son los personajes que se dan cita en la botica de Sergio Boris

«Viejo, solo y puto», de Sergio Boris, llega de Argentina para cerrar el ciclo del Centro Dramático Nacional «Una mirada al mundo» con una noche en la que se mezclan pasiones, alcohol, travestis y boticarios

Sergio Boris sube a la escena del Centro Dramático Nacional (CDN) un mundo cruzado de farmacéuticos y travestis. Una botica cercana a una «villa miseria» bonaerense que servirá de decorado para mostrar un ecosistema inquietante, decadente y violento en el que orbitan los cinco actores de la obra. Mezcla de clases sociales entre unos y otros donde los cuerpos de sus protagonistas serán los motores del montaje: «Viejo, solo y puto». Una historia sórdida que habla de cinco seres perdedores –dignidad incluida–.

Después de años estudiando Farmacia y Bioquímica, Daniel se encuentra recién aterrizado en el dispensario que hasta entonces han llevado su hermano Evaristo y su padre. Este último, presente sólo en «off» y retirado de la actividad laboral, pasa las noches derrochando al póquer con sus amigotes. Mientras, la tienda médica que ha encabezado hasta la fecha no vive una noche más; el tiempo de festejo se ameniza con cervezas, pizzas y, que no falte, melodías de cumbia que llenan el espacio. A Daniel, allí presente para controlar la que desde ya es su nueva oficina, se suman Claudio, el agente de propaganda médica, su hermano y un par de travestis asiduos. Es última hora del sábado y toca hacer la previa antes de ir a bailar a la discoteca tropical de la zona, El Mágico. A la espera de poner el rumbo definitivo a su destino, se abren más y más botellas, se ruegan fármacos y las pasiones se toman como vienen, «con chupones y trompadas», presentan los argentinos. Las hormonas que suministra el farmacéutico en los travestis sirven de metáfora de lo que no se puede dejar de hacer: inyectar y quedar prendado. Cuerpos deseosos y viciosos moviéndose dentro de una espiral química peligrosa. Una celebración en la que, después de una disputa territorial entre chicas, se desata de forma incontrolable el amor.

- Trabajo improvisado

«Es una obra que partió de una hipótesis de trabajo y sin texto previo –desarrolla Boris, el director del montaje–, se establecían unos vínculos que eran estos dos hermanos, un visitador médico ennoviado con un travesti y otra transexual que flirtea con el mayor de los farmacéuticos. Este mapa de cinco personajes –interpretados por Patricio Aramburu, Marcelo Ferrari, Darío Guersenzvaig, Federico Luis y David Rubinstein– construye un proceso de trabajo que surge a partir de la acumulación dramática de lo expresivo, de lo que pasa en los cuerpos de los actores». Porque en «Viejo, solo y puto» no vale lo que se oye, sino lo que está detrás. «Ahí está lo destacable, pero no lo que hace que salte la narración», apunta Boris. La palabra es para mentir, para engañar, y no para estructurar la obra en pos de la presencia verbal. Los cuerpos de los personajes buscan lo contrario a lo que dicen sus bocas, éstas no les definen como lo hacen sus actos. Es cosa de cuerpos. Vuelta a la potencia y expresividad del actor.

«Un teatro diferente al de hoy» –publicó la crítica bonaerense en su estreno en Argentina– que apunta a generar situaciones en las que los personajes no se explican por lo que recitan. Y Sergio Boris se explica: «Cuando hay una obra con un texto previo es porque se desconfía de los elementos que también narran la escena, como lo son el espacio, el tiempo, la musicalidad, la figura de fondo, el desarrollo, los colores... Eso no lo tiene el que escribe la pieza». El director argentino sabe que su método «no es garantía» de nada, pero sí le ayuda a confiar más «en los actores y en lo que no se recita». Todo está puesto en el centro de los intérpretes. Juego actoral convertido en un relato teatral que desarrolla en un presente escénico todo un mundo de situaciones entre unos personajes que buscan llegar al público con sus movimientos.

Ahí son varios los temas que entran en la escena del Valle-Inclán, como el viaje de ida y vuelta que resulta de cuando el farmacéutico inyecta la hormona en «la cola del paciente» –explica Boris– y el concepto de lo negativo que puede llegar a ser el amor. El papel de los travestis está como «una posición política, estética o teatral» –dice el argentino– de la obra, en la que no dejan de ser una capa más de los personajes. Sin apologías. «Poner la hipótesis del trabajo en los transexuales no era para que fuera solamente un color extraño de un personaje, sino una situación dramática, como lo es el deseo de inyectar hormonas, que es un punto que no deja a nadie fuera de la acción. También existe una ruptura de las relaciones burguesas y matrimoniales, en caída en la obra y que ven en ésta una posibilidad de oscurecerse bajo el halo de un amor creativo, voluminoso y oscuro, que no valorizado.

Una escena albiceleste

«Los hemos invadido», bromea Sergio Boris. Así es, aunque nada digno de preocupación, sino de disfrute. Y es que la escena madrileña tiene cierto color albiceleste. Daniel Veronese, dirigiendo «Invencible»; Claudio Tolcachir, con «La mentira»; Pablo Messiez, con tres montajes: «La piedra oscura», «La distancia» y «Todo el tiempo del mundo» –que se estrena en dos 20 días– y Ciro Zorzoli, con «Premios y castigos». Todos argentinos, al igual Boris, que habla de cómo «cocinan a fuego lento» sus montajes: «El no tener plata para producir hace que lo único que se tenga es el tiempo, muy largo, como para construir un relato muy expresivo y donde la marginalidad, los signos de Buenos Aires y el argot local lo filtran todo».

- Dónde: Teatro Valle-Inclán (Sala F. Nieva). Madrid.

- Cuándo: del 10 al 13 de noviembre.

- Cuánto: 25€.