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Margaret Thatcher, el feminismo lleva traje de chaqueta

«Top Girls» plantea los miedos de la dramaturga británica Caryl Churchill tras la llegada al poder de la Dama de Hierro.

  • De izquierda a derecha, Macarena Sanz, Rosa Savoini, Huichi Chiu y Miriam Montilla durante la representación
    De izquierda a derecha, Macarena Sanz, Rosa Savoini, Huichi Chiu y Miriam Montilla durante la representación
Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

15 de marzo de 2019. 04:05h

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Madrid. 15/3/2019

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El 4 de mayo de 1979 Margaret Thatcher se convertía en la primera ministra del Reino Unido. Aparentemente, un hito para el feminismo: una mujer llegaba hasta las máximas instancias del mundo occidental; y así lo entendieron muchas, y muchos, a pesar de que la Dama de Hierro no representara el mejor de los ejemplos del movimiento. Decía la británica que si una mujer, o un hombre, quería triunfar en la vida debía hacerlo desde lo más profundo de cada uno, desde el egoísmo. Si un individuo no tenía lo que deseaba era porque así lo merecía: «Si quieres llegar donde estoy yo, pelea por ello», parafrasea Juanfra Rodríguez, director de la pieza de Caryl Churchill, «Top Girls», que se expone desde hoy –hasta el 21 de abril– en el Valle-Inclán.

Una ilusión confusa

La dramaturga, auto declarada «feminista y socialista», no tenía nada claro que las ideas transmitidas por Thatcher fueran positivas para las mujeres. Aun comprobando la ilusión que había transmitido la nueva primera ministra, incluso, al otro lado del Atlántico –otras la criticaron hasta por vestir demasiado masculino–, Churchill no terminaba de convencerse de la positividad de la noticia. «Consideraba que el mensaje era perverso», explica Rodríguez: «Se elimina la posibilidad de igualdad de oportunidades. Incluso parece que desaparece el concepto de Derechos Humanos. Hay personas que por su situación económica, social y cultural ni siquiera tienen la posibilidad y la oportunidad de luchar. Ahora estamos en un momento parecido, de auge de la individualidad. Nos están convenciendo de que somos vagos, que estamos muertos de miedo, sin iniciativa –continúa el director–. Churchill plantea que si no se da una cierta seguridad social para poder cumplir expectativas, es imposible que la mayoría de personas pertenecientes a determinados sectores sociales lo consigan». Así, «Top Girls» critica el individualismo de la sociedad capitalista en una obra que profundiza en la tendencia del feminismo de los 80, que equipara la liberación con el éxito económico y profesional en la medida en que este arquetipo a menudo excluye a las mujeres de clase trabajadora.

Fue por ello que a la dramaturga británica le surgió, en 1982, la inquietud de firmar una pieza que hablara de todo ello y en la que se cuestionase qué pasaría si una mujer llega a la cima y se dispone a ejercer el poder de la misma manera que hasta entonces habían hecho los hombres: «¿Y si hacemos lo mismo que ellos?», se pregunta la autora «ante la paradoja de que con Thatcher se enfrentara un acontecimiento como el de ser pionera entre la clase dirigente con los propios ideales feministas», explica Juanfra Rodríguez de «una pieza que desconcierta y que nos produce perplejidad porque está llena de contradicciones».

En su inquietud, Churchill invita a escuchar las historias de 16 mujeres (interpretadas por siete actrices) que habitaron en diferentes momentos de la historia. Con Marlene (Manuela Paso) como anfitriona del evento, la Sala Francisco Nieva acogerá una cena de dos horas y media por la que desfilarán desde la Papisa Juana (Miriam Montilla) y la exploradora Isabella Bird (Rosa Savoini) a la concubina Lady Nijô (Huichi Chiu), que luchó por el amor libre. «Cada una con sus antecedentes históricos, sociales, culturales, políticos, religiosos y con sus diversos ámbitos de opresión», añade el director de un montaje que completan Macarena Sanz, Paula Iwasaki y Camila Viyuela y que «no recrea el encuentro de unas feministas, sino de mujeres que lucharon por sus anhelos».

La perplejidad del público

«Top Girls» juega constantemente con la perplejidad del público. «El final es el principio», explica Rodríguez, porque «el espectador va a sentir que no va a saber qué pasa». De una cena de lujo con vestuario histórico, se pasa a un segundo acto en una casa humilde con dos niñas y a un tercero en el que la acción se traslada a una oficina, donde se cierra de manera amarga: «La protagonista, que pensábamos que tenía un brillo especial, nos muestra su cara oculta», anticipa el director de una atmósfera que Churchill prefiere no explicar. «No plantea que sea un sueño. Juega con un esquema de apariencia naturalista o realista, y sin embargo en sus declaraciones y entrevistas asegura que detesta ciertos códigos del teatro realista o naturalista». Se invita al público a dejarse arrastrar por la complejidad y contradicciones de una trama que también tiene unos diálogos «muy particulares», explican: superpuestos. «Un hallazgo» para Juanfra Rodríguez, aunque haya textos que posiblemente no se entiendan porque varios personajes hablan a la vez, «y este quebrantamiento de la norma se convierte en una gran virtud».

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