Teatro

Ser Idiotas por naturaleza

Tras 16 meses de parón, el Pavón abre el telón con un texto de Casanovas y la dirección de Elejalde

Gonzalo de Castro, protagonista de «Idiota»
Gonzalo de Castro, protagonista de «Idiota»

Tras 16 meses de parón, el Pavón abre el telón con un texto de Casanovas y la dirección de Elejalde

Ya saben, las cosas no son como empiezan, sino como acaban. No se confíen si van al remozado Pavón –El Pavón Teatro Kamikaze– y las risas se transforman en tristeza y angustia. «Alguno ya nos ha dicho que hasta le hemos quitado las ganas de cenar», afirma Gonzalo de Castro. Lo que no es sinónimo de que no les haya gustado –no se asusten–, sino de un trabajo bien hecho. Es el «juego perverso», como lo llama su director –Israel Elejalde–, que se ve en «Idiota». «Trasladar al espectador de la comedia al ‘‘thriller’’ psicológico más inquietante en apenas un pestañear», apuntan. Un giro macabro y negro. Risas, risas y más risas y ya. La trama cambia «y no se vuelve a oír nada de lo anterior». «Se pasa de un personaje idiota con el que nada nos identifica, simplemente es ‘‘el otro’’, que nos hace hasta gracia, a uno que ya nos trastoca todo. Cambia la atmósfera y descubrimos que las pruebas a las que le someten tienen mucho de tortura y poco de inteligencia...», explica Elejalde.

¿Hasta qué punto es capaz de sufrir el ser humano? ¿En qué momento la responsabilidad pasa de los que mandan a los meros curritos? Cuestiones muy en consonancia con lo que Hannah Arendt y Stanley Milgram pusieron sobre la mesa a principios de los 60. Ella desarrolló la teoría de la banalidad del mal en «Eichmann en Jerusalén». Él, el experimento que bautizó con su apellido. Ambos intentaron trazar la línea de responsabilidad de cada individuo en determinadas situaciones y ambos son los gérmenes de la obra que escribió Jordi Casanovas.

Función de esgrima

Aquí un hombre se presenta a unas pruebas psicológicas remuneradas. Una manera más de sacarse un extra. Fácil y sencillo. Aunque lo que comienza entre risas y sin miedo a ningún efecto secundario, termina como el rosario de la aurora. Una pesadilla. A través de las preguntas y enigmas de una psicóloga –Elisabet Gelabert–, Carlos Varela –Gonzalo de Castro– «sufre una auténtica humillación y pesadilla», apunta el actor.

Ahí se encuentra el doble juego de la función. «Esto no es a lo que había venido», se pregunta el personaje. Ahora se encuentra encerrado en una experiencia «jodida», dice De Castro. Así se refiere a un papel en el que no ha necesitado más preparación que «estar en la vida todos los días –sigue–. Escuchar y leer la Prensa y darle un barniz y poso de realidad para que convenza. Esto es un señor que pasa por la calle y que se tiene que enfrentar al día a día para pagar la letra de la hipoteca». Un papel que le deja «demolido» y que es el lienzo sobre el que pintar la «realidad social que vemos cada día en la calle».

Gonzalo de Castro era el actor «dúctil» que Elejalde quería en su montaje: «Capaz de moverse de la comedia al payaso triste –apunta el director–. Fue un problema encontrar un intérprete como él, que juega en otra liga».