Cultura

"Un cine arde y diez personas arden": Reír por no llorar

Autoría: Pablo Gisbert. Dirección: Carlota Gaviño e Íñigo Rodríguez-Claro. Intérpretes: Juan Ceacero, Mariano Estudillo, Carlota Gaviño, Mon Ceballos, Itxaso Larrinaga, Rebeca Matellán Carlos Pulpón, Iara Solano y Ainoa Fernández. Teatro Conde-Duque. Hasta el 9 de junio de 2019.

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Por más que sus creadores intenten casi siempre convencernos, ya convencerse a sí mismos, de las muchas posibilidades que tiene el teatro posdramático para conectar con la sensibilidad del público, ya que puede servirse de lenguajes más contemporáneos y de estructuras y códigos menos rígidos y manidos, lo cierto es que casi todas las obras que se estrenan con esta etiqueta resultan, por decirlo suave, y se pongan los gurús de las nuevas artes escénicas como se pongan, aburridísimas, pretenciosas y, en no pocas ocasiones, insustanciales o irrisoriamente indescifrables. Pues bien, he aquí una función posdramática, esta que ha levantado con su desparpajo acostumbrado la compañía Grumelot, que es capaz de proponer cosas interesantes –independientemente de que no estén planteadas siguiendo el curso aristotélico de una trama– y de hacer pensar al espectador en ellas; una función en la que los directores no se erigen en los nuevos prohombres de esa manada aún no ilustrada que es el público y que supuestamente habrá de encontrar en el espectáculo una especie de verdad revelada; una función en la no se aprecia esa solemne y ridícula voluntad, tan habitual en estas propuestas, por resultar trascendental para la vida de cualquier espectador; y una función que sabe cultivar el humor espontáneo e irreflexivo y que, incluso, sabe sacar punta y reírse de sí misma y de sus creadores. No voy a negar que la representación se hace más larga de lo debido y que sigue habiendo, en un texto que firma en esta ocasión Pablo Gisbert, algunos pequeños destellos de presunción y afectación –se diría que esto ya parece irremediable en este tipo de teatro– a la hora de citar, contextualizar y hacer referencias históricas; pero hay mucha más verdad que impostura en este retrato descarnado y a la vez comprensivo de unos personajes alienados, muy propios de nuestra sociedad actual, que han aprendido, sin apenas darse cuenta, que «lo que no se ve no existe y lo que no existe no duele» y que buscan simplemente, agotados de su propia y deshumanizada existencia, «tener algo de qué hablar, y así pasar el tiempo».