Teatro

Una estrella ante el poder

Teatro Clásico de Sevilla llega al Fernán Gómez con esta pieza atribuida a Lope de Vega y dirigida y adaptada por Alfonso Zurro.

Manuel Monteagudo (izquierda) se convierten en el rey Sancho para protagonizar la adaptación de Zurra
Manuel Monteagudo (izquierda) se convierten en el rey Sancho para protagonizar la adaptación de Zurra

Teatro Clásico de Sevilla llega al Fernán Gómez con esta pieza atribuida a Lope de Vega y dirigida y adaptada por Alfonso Zurro.

Sin figurar entre las piezas cumbres del Siglo de Oro, «La estrella de Sevilla» es una obra que ha gozado siempre de gran predicamento a la hora de editarse o de ser representada. Teatro Clásico de Sevilla la trae al Fernán Gómez del Centro Cultural de la Villa adaptada y dirigida por Alfonso Zurro. Aunque escrita en torno a 1630, está basada en una leyenda sevillana que narra unos supuestos sucesos históricos acaecidos en el siglo XIII. El rey Sancho el Bravo llega por primera vez a esta ciudad y queda prendado por la belleza de Estrella Tavera, hermana del noble local Busto Tavera y enamorada del hidalgo Sancho Ortiz de las Roelas. La desea y todo su fin es conseguirla cuanto antes, pasando por encima de todo y de todos, incluso por el asesinato. Una visión ideológica y dramática que continúa la línea lopesca de dramas históricos sobre conflictos de abuso de poder, a pesar del debate que siempre ha gravitado en torno a la verdadera autoría de la obra.

Tema recurrente

Su temática es una de las más frecuentes del teatro clásico español. «Es indudable que estamos ante una obra de clara intencionalidad política, un claro ejemplo del abuso del poder real, representado como injusto y sin límites», comenta su director. Para él, «lo más atractivo de ella es la posición de los súbditos ante los abusos cometidos por el monarca. No se rebelan contra la injusticia como en ‘‘Fuenteovejuna’’, sino que resisten sin enfrentarse directamente. De forma intuitiva, el camino que toman con sus actitudes y opiniones es dar lecciones al rey de tal manera que, al final, es él quien queda moralmente vencido. Este planteamiento supone una concepción moderna del ciudadano que, frente al poder absoluto medieval, reivindica que todos somos iguales ante la ley, que está por encima de todos, y no se la puede saltar ni el rey.

Sin duda –continúa Zurro–, una postura valiente del autor que deja clarísimo que los súbditos tienen algo que decir, que empiezan a exigir sus derechos ante las arbitrariedades despóticas de sus monarcas. Aun siendo los perdedores, moralmente quedan por encima del rey, porque el poder pierde legitimidad cuando no es justo y, en este caso, el rey representa sus miserias».

Pero en la obra no sólo aparece una manera de ejercer dicho poder. En ese conflicto entre vasallos y rey «también afloran valores como la amistad, la unión, los límites de la lealtad, el honor, el amor, la fidelidad a la palabra dada... en aquellos personajes que no están en su entorno, pero están sufriendo sus abusos. Con su actitud le dan al rey lecciones de ética, van a lo profundo de sus obligaciones. Es él quien debe aprender de sus súbditos la verdadera naturaleza de la monarquía».

En cuanto a la propuesta escénica, declara Alfonso Zurro: «Me interesa que el mensaje llegue con el máximo de claridad al espectador. He procurado ‘‘limpiar’’ la historia básica de pequeñas tramas adjuntas. Las hemos quitado para aclarar el texto porque son adyacentes y no intervienen directamente en el eje temático. En este teatro del XVII, el texto es lo más importante y Lope nos aporta una belleza lingüística y una perfección en el verso sólo comparable a la de Calderón. Ellos son la cumbre del Siglo de Oro. Y en cuanto a su estructura dramática, la obra es impecable. Es una tragedia construida de forma magistral que puede considerarse paradigmática dentro de lo que se llamó “el nuevo arte de hacer comedias”. En eso se aprecia la forma en que Lope ordena sus obras, donde todo cuadra. Los pequeños desajustes que aparecen, quizá fruto de aportaciones posteriores, son aquellos hemos quitado para dejarla más clara y limpia». Y prosigue: «Yo propongo una puesta en escena totalmente contemporánea porque ahora entendemos el teatro de forma distinta a como se hacía en el siglo XVII. Las obras hay que actualizarlas para verlas con la mirada de hoy. Es una pieza clásica, pero el espectador es contemporáneo y yo trabajo desde el espectador. Este diálogo entre clasicismo y contemporaneidad es una de las señas de identidad de este montaje, uno de sus grandes atractivos junto al concepto unitario de la propuesta. Pretendo que todos los elementos que intervienen, vestuario, sonido, luz... no sean meros adornos, sino que se vayan estructurando dentro de la dramaturgia, que tenga una unidad, que todo case como tiene que casar. La escenografía se contempla dentro del texto dramático, no es un elemento decorativo al margen, dice cosas del autor, del drama, es un personaje más dentro de la tragedia».

La obra se centra en unos personajes, «el rey Don Sancho, Estrella y Busto Tavera, de moral íntegra y verdadera, y Sancho Ortiz de las Roelas, que quedan muy bien retratados psicológicamente. Estrella es la luz, de ahí su nombre, y pasa por distintos momentos. En la primera parte no es consciente de lo que ocurre, permanece ciega y oscura, ajena a la situación sin intuir la verdad. Pero en el último tramo, cuando toma conciencia de la realidad, es una estrella fulgurante, casi un sol, que brilla incandescente e ilumina con su postura los conflictos abiertos. Cuando Estrella descubre la verdad –concluye Alfonso Zurro– sufre una catarsis y, gracias a su luminosidad, llegamos al reconocimiento –la anagnórisis de la tragedia griega– y a la peripecia final, pasos necesarios para que esta tragedia nos purifique como individuos».