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"Tommy", la primera opera-rock 50 años después

Pete Townshend utilizó el ambicioso y disruptivo proyecto para expiar antiguos fantasmas propios

Pete Townshend utilizó el ambicioso y disruptivo proyecto para expiar antiguos fantasmas propios.

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«Piensa en grande». Ese era el gran lema de finales de los 60 en el mundo de la música. Hacía tiempo que el rock and roll había derribado las barreras de la ambición y la comercialidad. Todo parecía insustancial si era modesto, si era pequeño. Bob Dylan, Beatles, Rolling Stones, Jimi Hendrix, Beach Boys, Eric Clapton y demás estrellas habían marcado un sendero con trabajos que había ido más allá en la exploración del lenguaje, la composición y el instrumento. Y entonces llegaron The Who para redoblar la apuesta.

«¿Por qué no aplicar las viejas y monumentales estructuras de Verdi al rock and roll? ¿Por qué no hacer una ópera-rock?», se preguntó Pete Townshend. Era el momento. The Who ya se habían hecho todo un nombre gracias a un sensacional álbum de debut, «My Generation», y sus arrasadores espectáculos en directo. Tenían la osadía y también el dinero, que comenzaba a fluir a espuertas sin demasiado control en la floreciente gran industria musical. Y, además, Townshend y sus compañeros atesoraban el talento y la osadía.The Who fue el grupo indicado para emprender una aventura tan ambiciosa como escribir e interpretar una ópera rock. Los músicos eran los adecuados. Roger Daltrey poseía una voz descomunal, Keith Moon era un revolucionario de la batería, John Entwistle estaba llevando el bajo hacia una dimensión desconocida y el guitarrista y compositor principal, Pete Townshend, simplemente era un genio.

«A Quick One», el segundo álbum del grupo, y el siguiente, «The Who Sell Out», ya habían nacido con el propósito de formar una obra conceptual. Pero no alcanzaron las expectativas del ambicioso Townshend. «Tommy» sí sería su respuesta definitiva. Además, tenía la historia...

La presunta viuda del Capitán Walker da a luz a Tommy, pero años después aparece su marido y descubre que su esposa vive con una nueva pareja, a quien mata en una pelea. Para protegerse, la madre y el asesino le dicen a Tommy que él «ni vio ni oyó nada», tras lo cual el muchacho sufre un trastorno por estrés postraumático. Se vuelve sordo, mudo y ciego. Sufre abusos y marginación. Pero sí consigue llamar la atención con su espectacular destreza jugando al pinball, que domina gracias a su único sentido disponible: el tacto.

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Romper los espejos

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La familia Walker visita a un médico que determina que las discapacidades del niño son psicosomáticas, no físicas. Tommy mira su reflejo en los espejos de la casa hasta convertir el hábito en una obsesión. La señora Walker acaba por hacerlos añicos a todos en los que Tommy se mira en busca de sí mismo, lo que destruye el bloqueo mental del muchacho. Recupera sus sentidos y el habla, y Tommy se convierte en una admirada figura pública. Y con la adulación llega el despotismo y la vanidad de un chico que pasa de amado a repudiado. Finalmente, Tommy se refugia en su interior y queda flotando entre en sus propios sueños.

The Who grabó el disco durante los tortuosos meses entre el otoño de 1968 y la primavera de 1969, sesiones de locura por la exigencia a la que Townshend sometía a sus compañeros. Física y mental. «Llegué a odiarlo. Después solo escuché el disco un par de veces», recordaría Entwistle años más tarde. Townshend utilizaría el álbum como una especie de terapia, expiación de viejos fantasmas. Por ejemplo, los abusos sexuales que sufrió en su niñez. O también –algo que aborrecía–, cómo el dinero convierte a tantos en estúpidos.

La reacción de la crítica fue dispersa. La Prensa musical, tan analítica ella, no estaba preparada para semejante propuesta. En cambio, la audiencia sí respondió y rápidamente el álbum se convirtió en platino. Hasta hoy, cuando «Tommy» es icono y forma parte de la mejor música realizada en la historia del rock and roll.