Vlad Tepes, el drácula histórico

Este caudillo valaco del siglo XV, conocido como El Empalador, estará en el origen del mito del vampiro

Vlad Tepes «el Empalador», el Drácula histórico/© Radu Oltean/Desperta Ferro Ediciones
Vlad Tepes «el Empalador», el Drácula histórico/© Radu Oltean/Desperta Ferro Ediciones

Este caudillo valaco del siglo XV, conocido como El Empalador, estará en el origen del mito del vampiro

« No era particularmente alto, pero sí fuerte y vigoroso, y ofrecía un aire de ferocidad y crueldad; su nariz era grande y aguileña, las fosas nasales anchas y la tez delgada y ligeramente rojiza; sus larguísimas pestañas envolvían unos ojos verdes muy abiertos, diría que amenazantes, bajo unas cejas negras muy pobladas. El rostro y el mentón rasurados, a excepción del bigote. Las sienes prominentes hacían de su cabeza voluminosa. Un cuello de toro unía la cerviz con unos hombros anchos sobre los que caía el cabello negro y rizado».

Así describía el obispo y cronista griego, Nicolás de Modrusa, al voivoda o príncipe de Valaquia, Vlad III, también conocido como Tepes («el Empalador») –por el brutal método de ejecución que aplicaba a sus enemigos– o Drácula («el pequeño dragón»), en alusión a su padre Vlad II Dracul («el Dragón»).

Reza el proverbio que la realidad supera a la ficción, y entre ambas dimensiones cabalga la figura de Vlad, cuyo recuerdo está hoy en día íntimamente ligado al personaje fantástico de la novela de Bram Stoker, pero la pujanza de este mito ha relegado a un segundo plano la vida del personaje histórico en la que se inspira, más siniestra y asombrosa que la de su propia leyenda. El verdadero Drácula nació en 1431 en Transilvania (por entonces parte del reino de Hungría), hijo legítimo del ya mencionado Vlad Dracul, que ejerció el gobierno (voivodato) del pequeño principado de Valaquia durante dos periodos. Para garantizar la paz con sus vecinos del sur del Danubio, los turcos otomanos, Dracul envió a dos de sus hijos (entre ellos Vlad, de 13 años) como rehenes a Constantinopla, para vivir en la corte del sultán. De este modo, este se aseguraba la lealtad de su padre. Este último fue destronado y ejecutado por un usurpador apoyado por el reino de Hungría. Merced al apoyo otomano, Drácula fue brevemente entronizado como voivoda de Valaquia, pero solo duró un mes. Vlad y su familia se vieron obligados a huir, primeramente a la corte otomana, luego moldava y húngara. Gracias a la alianza con estos últimos, en 1456 Vlad invadió Valaquia y logró hacerse nuevamente con el trono, inaugurando su segundo periodo de gobierno, que fue, a juzgar por las fuentes, de un rigor extremo.

Por otro lado, su actual alianza con Hungría suponía enemistad con el Imperio otomano. En una de sus numerosas campañas militares, Vlad tomó la osada decisión de arrasar las ciudades otomanas del Danubio, provocando innumerables matanzas a su paso. La respuesta del sultán no se hizo esperar y, en junio de 1462 el propio Mehmed II acudió en persona a la cabeza de un poderoso ejército para castigar a Vlad. Pero, sorprendentemente, halló una enorme resistencia: Vlad aplicó una táctica de guerra de guerrillas, que casi estuvo a punto de doblegar a los otomanos. En una ocasión, incluso, tuvo la osadía de lanzar un ataque nocturno, a caballo, sobre el campamento otomano, con el objetivo de hallar el pabellón del sultán y darle muerte, aunque sin éxito. Finalmente, los números se impusieron, y el sultán pudo destronar a Vlad y reemplazarlo por otra persona que le era más afecta: Radu el Hermoso quien, por cierto, no era otro que hermano carnal de Vlad. Este tuvo que huir nuevamente y refugiarse en Hungría. Pero el entonces rey de este país, Matías Corvino, mantuvo a Vlad en régimen de cautiverio hasta 1475. Un año más tarde, Vlad invadió Valaquia con apoyo húngaro y moldavo y logró hacerse por tercera vez con el trono. No sería por mucho tiempo, pues en enero de 1477 los otomanos enviaron una expedición para destronarle durante la cual Vlad pereció asesinado.

Las noticias de todos estos sucesos alimentaron en Occidente la formación de un mito con un repertorio iconográfico de gran poder de sugestión en la actualidad. Pero podemos asegurar que semejante fascinación hunde sus raíces en la propia realidad de una de las biografías más espectaculares del Medievo, hilvanada por los sorprendentes vaivenes de la fortuna del personaje en un contexto histórico de inestabilidad, conflicto, violencia y mentalidad de frontera.

El verdadero Drácula gobernó el pequeño principado de Valaquia a mediados del siglo XV. Por entonces Valaquia ocupaba la primera línea de fuego entre el Imperio otomano y la Cristiandad y, consecuentemente, luchaba por su supervivencia en un escenario de guerra constante y violencia desenfrenada. Todas las potencias regionales ambicionaban dominar este pequeño principado de frontera: los húngaros y otomanos, pero también, en menor medida, los moldavos y polacos. A ello se sumaba el hecho de que en la vecina Transilvania se había establecido de antiguo una minoría de habitantes de origen sajón (alemanes) que vivían gracias al comercio regional y gozaban de enormes privilegios mercantiles. El mantenimiento de estos privilegios, en perjuicio de los de los comerciantes valacos, fue asimismo una de las causas de la tensión regional y, de hecho, los transilvanos cobraron un inusitado protagonismo en la política valaca del periodo, brindando o retirando su apoyo a los candidatos al trono en Valaquia, según les fuera conveniente. En consecuencia, los voivodas estaban sujetos a terribles presiones del exterior, debiendo calcular sus aliados y enemigos para mantenerse en el gobierno. Por añadidura, la situación interna del principado no era tampoco sólida: la aristocracia local, los boyardos, ambicionaba extender su poder en perjuicio del príncipe. La suma de estos factores hizo que la política valaca estuviera sujeta a una inestabilidad constante, y los príncipes valacos se sucedieran unos a otros en reinados breves de autoridad discutida y, por lo mismo, necesariamente sangrientos.

«Vlad Tepes. Drácul

Desperta Ferro Antigua y medieval n.º 54

68pp.

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