Cultura

Zipi y Zape están flipando

¿Sabían que llevaban cinco años sin poderse comprar sus historias en una librería? ¿Por qué nadie había alzado la voz o el tuit para denunciar la injusticia de su destierro?

¿Sabían que llevaban cinco años sin poderse comprar sus historias en una librería? ¿Por qué nadie había alzado la voz o el tuit para denunciar la injusticia de su destierro?

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Seguirán vistiendo sus uniformes escolares entrañablemente antiguos. Papá Don Pantuflo les someterá a castigos (más bien torturas) políticamente incorrectos en estos tiempos tan modernos y tan sensibles.

Zipi y Zape han sufrido las antiguas maneras pero lo más duro que les ha pasado a estos mellizos revoltosos es el olvido. ¿Sabían que llevaban cinco años sin poderse comprar sus historias en una librería? ¿Por qué nadie había alzado la voz o el tuit para denunciar la injusticia de su destierro? Pues así era, hasta que el relanzamiento de la emblemática Editorial Bruguera ha preparado una vida nueva de estos eternos rapaces para lectores que, a lo mejor, no entienden que tres zetas en un bocadillo o un tronco siendo serrado significan dormir y roncar, pues tanto ha cambiado el lenguaje del entretemiento como para que «periquete», «corcho» o «porras» sean términos en desuso que hoy en día casi impiden la conexión del lector con las historias.

Con ese afán de actualizar el contenido pero no desvirtuar la esencia tierna de las andanzas con las que Escobar, fallecido justo hace 25 años, entretuvo a generaciones, ahora vuelven Zipi y Zape digamos, actualizados: tanto en el diseño de cubiertas, el nuevo logotipo y rotulación, y con una revisión de estilo en la que se han adaptado textos y expresiones para los nuevos seguidores de la serie.

Seguramente hacía falta, porque estos hermanos nacieron en la revista «Pulgarcito» en 1948, primero en versiones de una página que, con el tiempo, fuieron expandiéndose hasta que, entre 1970 y 1971, Escobar, republicano que tuvo que suavizar el tono de muchas historias para pasar la censura, comenzó a producir historias más largas para libros monográficos. La nueva Bruguera editará ahora 15 de sus historias, o digamos historietas sin miedo.

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Porque parecen poca cosa, un arte menor, pero son la cultura popular de un país, una fotografía de un sentido del humor y de unas costumbres que ciertamente se han perdido pero que hablan de nosotros mismos. Quizá parte de eso se pierda cuando Zipi diga «vaya movida» y Zape conteste «estoy flipando». Al fin y al cabo, el lenguaje que fuimos tiene que ver con la persona que somos, pero no vamos a montar a estas alturas un zipizape por cualquier cosa. Lo importante es que podremos volver a ver a Don Pantuflo amenzando a sus hijos con un sacudidor de colchones, que comete el doble pecado de presentar un objeto jurásico y una práctica censurada por consenso.

Tampoco parece tan habitual que hoy los niños, que disfrutan en parques infantiles de suelo acolchado, jueguen con tirachinas como Zipi y Zape. Y menos mal, porque los cargaba el diablo. A estos chicos les daban calabazas (y no metafóricamente) y aceite de ricino. Les ponían ceros. Nada de eso existe hoy en día. Por eso estamos encantados de verles de nuevo.

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