Efeméride: el heterodoxo himno estadounidense de José Feliciano

Su versión «blues» del himno americano en las Series Mundiales de béisbol de 1968 fue un desafío al inmovilismo de los «wasp»

La Serie Mundial, como es conocido el playoff final de las Ligas Mayores del béisbol profesional estadounidense, de 1968 llegaba empatada a Detroit, donde los Tigres y los Cardenales de San Louis habían de jugar el tercer partido tras haber sumado un triunfo cada uno en Missouri. La directiva local reservó el honor de cantar en los prolegómenos el himno estadounidense, «The Star-Spangled Banner», a un joven artista ciego portorriqueño que ya se asomaba a las listas de éxitos de las radios de todo el país. La interpretación de José Feliciano, una especie de blues acompañado por el rasgueo de su guitarra española, iba a desatar un terremoto político. Nadie se había atrevido hasta entonces a versionar la solemne canción.

Recriado en el Bronx, José Feliciano había nacido en 1945 en Lares, la Ciudad del Grito, la villa en la que los patriotas boricuas proclamaron una efímera república en 1868, los únicos meses en la historia en los que la isla ha sido una nación soberana. La original interpretación del himno estadounidense por un lareño, justo un siglo después y en pleno auge de los movimientos identitarios, no fue tomado como un suceso casual, sino como el desafío de una comunidad díscola, otro grupo de ciudadanos que rechazaba los símbolos de un país que seguía gobernado con mano de hierro por los WASP –blancos, anglosajones, protestantes–.

Entre los fans de béisbol del muy tradicional estado de Michigan, el cinturón obrero del Midwest, la interpretación de Feliciano cayó como un cubo de agua helada: dos segundos de silencio incómodo, unas palmas de compromiso y un breve abucheo en cuanto subrayó el canto con un heterodoxo «oh yeah». Los jugadores se miraban entre ellos literalmente alucinados y, por supuesto, nadie pudo acompañar al intérprete porque los arreglos habían convertido el himno en un tema incantable. Las crónicas apócrifas cuentan que la centralita de la NBC, que retransmitía el partido en directo, se colapsaron con llamadas de televidentes indignados exigiendo la deportación del cantante... que tenía desde niño la nacionalidad estadounidense.

José Feliciano, que no había cumplido los 23 años, no era un completo desconocido pese a su juventud. Hacía más de un lustro que había empezado a cantar en los mismos clubes del underground neoyorkino en los que actuaban Bob Dylan o Joan Baez y ya había grabado cuatro álbumes. Su contratación, a una semana del Columbus Day –así nombran los anglosajones al Día de la Hispanidad– era un guiño de la Major League of Baseball a la comunidad latina, que tantas figuras proporcionaba ya al juego de pelota. Parte de su éxito radicaba en las versiones atrevidas que hacía de temas ajenos, como el «Light My Fire» de The Doors, pero el revuelo que se montó fue mayúsculo.

«Me llevó mucho tiempo reponerme de aquello», ha declarado el cantautor en alguna entrevista reciente. Le fueron cancelados conciertos ya firmados, las tiendas de discos dejaron de vender sus grabaciones y su música no volvió a sonar hasta pasados tres años en algunas de las principales emisoras de radio, que persistieron en el boicot hasta 1971, cuando triunfó en el festival de San Remo con «Che sará» y se encaramó a la cima de las listas de éxitos de una docena de países.

La carrera de José Feliciano progresó, pese a este tropiezo con la inquisición de lo políticamente correcto, y los Detroit Tigers lo quisieron desagraviar 42 años después de aquella interpretación fuera de los cánones. En el playoff de 2010, en los prolegómenos de un partido frente a los Yankees en el Comerica Park, el artista boricua cantó la misma versión de «The Star-Spangled Banner», solo con su guitarra e idénticos arreglos, que ejecutó aquel 5 de octubre de 1968. El resultado, claro, fue muy distinto: un silencio de misa durante el himno y una standing ovation de cinco minutos en cuanto el «oh yeah» final se desvaneció en el aire de Michigan.