«Te cambio tu ‘‘Trolex’’ por mi Cartier»

La temporada de Maradona en el Sevilla no fue buena en lo deportivo, pero dejó una profunda huella en sus compañeros

Maradona canta uno de los siete goles que marcó en su etapa como sevillista
Maradona canta uno de los siete goles que marcó en su etapa como sevillistaSevilla FCSevilla FC

No era un vestuario cualquiera el que Diego Armando Maradona se encontró en aquel Sevilla 92/93, al que llegó con la Liga empezada. Su mentor en los mejores años con Argentina, Carlos Salvador Bilardo, ya se había ganado la adhesión de su tropa a su innegociable credo resultadista y la disciplina militar que exigía, pero aquella cálida mañana de septiembre rompió todas sus reglas: «Muchachos, el que va a venir no es un futbolista cualquiera. Va a entrenar cuando quiera, va a jugar siempre que no esté fracturado y va a disfrutar de privilegios que no se le consienten a nadie. Tengan en cuenta que es muy duro ser Maradona».

No era aquél un vestuario cualquiera, por segunda vez: había dos futuros cracks mundiales como Simeone y Suker; dos mundialistas recientes como Jiménez y Rafa Paz; veteranos bragados, algunos internacionales, como Diego Rodríguez, Cortijo y Martagón; promesas fulgurantes como Prieto, Unzué, Bango, Conte… Chirrió aquel mensaje, más bien advertencia, de Bilardo a todos excepto al Cholo, entonces un crío de 22 años que lo veneraba como toda la Argentina: «Vení, Diego, que yo corro por vos», lo exhortó en una entrevista. El magnetismo y el carácter jovial e integrador de Maradona en el vestuario los ensalmó a todos desde el primer día, cuando se convirtieron en los escuderos andaluces del genio.

Aunque el Sevilla ni siquiera arañó una clasificación para la Copa UEFA aquella temporada, la aventura humana fue fascinante para los compañeros de Maradona. «Éramos un equipo de día y también de noche», recuerda Javier Carpio Pineda, el Pinedita que encandiló al astro con su fútbol pinturero. «En Navidad, nos regaló un marco de plata a cada jugador. Él era así, no le importaba en absoluto lo material. Yo todavía tengo dos pares de botas suyos. Se dio cuenta de que me gustaban y sin preguntar, se las quitó y me las dio», evoca Prieto, para quien «todo el mundo lleva su cruz y la suya ha sido enorme».

Monchi, entonces un portero suplente recién subido del filial, siempre repite «la anécdota del reloj. En un paseo antes de un partido, vio mi reloj y dijo que le gustaba. Le contesté que era falso, que yo sólo tenía dinero para comprarme un Trolex, y ahí quedó la conversación. A los dos meses, se presentó en el entrenamiento con un Cartier y me lo dio. ‘Toma, no te pongas más uno falso’. Esa historia refleja cómo era Diego».