25 de julio de 1992, el milagro de Barcelona

La Razón
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Hace siete años, el Ayuntamiento de Barcelona arrastraba una deuda de 700 millones de euros, diez veces menos que el de Madrid. Pero Jordi Hereu, el último alcalde socialista de la Ciudad Condal, no daba muestras de preocupación sino todo lo contrario. Estaba terminando de pagar una rehabilitación que con los Juegos Olímpicos del 92 amortizó sobradamente, mientras que la capital había invertido un potosí en pos de la modernización de infraestructuras y otros servicios a la espera de que el COI tuviera a bien concederle una Olimpiada. Que le negó hasta tres veces. Ruines. A Madrid le faltó lo que Barcelona disfrutó, el más poderoso dirigente deportivo mundial, situado en una cima inalcanzable para el común de los mortales, Juan Antonio Samaranch, a quien, por cierto, «un grupúsculo antisistema como la CUP, una panda de impresentables llenos de estulticia y roña ideológica» –Juan Marsé, en «El País»–, pretende borrar de la faz de la tierra catalana sin dejar rastro alguno de su nombre. Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional entre 1980 hasta 2001, puso la primera piedra de lo que sería el milagro. El aliado que tuvo Pascual Maragall ya no mandaba cuando Alberto Ruiz Gallardón empezó a hacer malabares con los aros, hasta que se le cayeron. O se los tiraron. Fue el 25 de julio de hace 25 años. En España, que arrimaba el hombro junto a Barcelona para que aquellos JJ OO fueran santo y seña del olimpismo, se concretó el prodigio. Al proceso, sumaba el AVE y vigorizaba su imagen con la Expo’92.

Aquel sábado, París engalanaba los Campos Elíseos para recibir 24 horas después al Tour, iniciado tres semanas antes en San Sebastián. Fue la segunda victoria de Miguel Indurain. Aún se recuerda su portentoso triunfo en la contrarreloj de Luxemburgo. Aventajó en más de tres minutos a LeMond, Bugno y Chiappucci, y en más de seis a Fignon, doblado en todos los sentidos. Hasta que comenzó la ceremonia inaugural de los Juegos en Montjuic, en Francia sólo se hablaba del «extraterrestre» Indurain. Cuando se apagaron los focos, el mundo entero se frotaba los ojos con la puesta en escena de la Fura dels Baus y el encendido del pebetero, con aquella flecha de Antonio Rebollo que contuvo la respiración de los organizadores desde que salió del arco hasta que llegó al destino por obra y gracia del magnífico arquero y de Reyes Abades, mago de los efectos especiales. A continuación, durante dos semanas, los milagros se sucedieron y España culminó la hazaña con la conquista de 22 medallas, 13 de ellas doradas. A partir de 1992, Barcelona cambió su percepción y su aspecto, como el deporte español. En las nuevas circunstancias, Pijoaparte podría no haber pasado ni una tarde con Teresa.