Ciclismo

Un Purito bajo la lluvia

El español "Purito"Rodríguez celebra su victoria en la estapa reina del Tour.
El español "Purito"Rodríguez celebra su victoria en la estapa reina del Tour.

Segunda victoria del catalán en la cima de Plateau de Beille, donde Contador, Nibali, Valverde y Quintana probaron la solidez de Froome.

Si hay alguien inteligente en el pelotón ciclista, ése es Joaquín Rodríguez. Este año había encaminado toda su preparación hacia el Tour de Francia. Sacrificó el Giro, su «Grande» preferida y la que más alegrías y penas le ha dado. Sacrificó a sus hijos y a su mujer, como siempre, para refugiarse en lo alto del Teide. Meses y meses con el único apoyo de sus compañeros de equipo. Entrenar, comer y dormir eran su únicas tareas.

Sólo se permitió dos concesiones Purito: correr las clásicas de las Ardenas, la Lieja sobre todo, la prueba que le quita el sueño desde que se hizo profesional y en la primera concentración de la ONCE en Cádiz arrancó delante de todas las estrellas en un repecho para, en la cima, darse la vuelta y hacer que se fumaba un puro, de ahí su nombre para la posteridad. El otro «regalo» que se hizo Purito fue disputar la Vuelta al País Vasco, la casa que le acogió cuando era amateur y le hizo ciclista. La corrió y la ganó.

Ésa fue la única victoria con la que Purito llegó a este Tour, una carrera en la que pretendía estar con los mejores para pelear por el podio. El martes, con el triunfo de etapa del Muro de Huy en el bolsillo, sufrió lo indecible camino de la Pierre Saint Martin. Quedó sepultado bajo la piedra y bajo la ley de Froome. Más de seis minutos le cayeron.

Purito supo en ese mismo instante que todas sus opciones de luchar por la general se habían esfumado. Pero el Tour seguía. Y él debía seguir adelante. Se lo debía a sí mismo. Inteligencia. El miércoles, camino de Cauterets, desconectó. Diez minutos se acabó dejando en meta. Cuando las cámaras lo enfocaron quedándose en las primeras rampas del último puerto, todos los ojos que miraban pensaban que Purito estaba sufriendo.

Él sabía que estaba cimentando su renacer. Descanso y recuperación activa para empezar a luchar por etapas. Inteligencia pura. «Me quedan pocas balas, así que tengo que aprovecharlas», decía por la mañana en la salida de Lannemezan. Se metió en la escapada del día y acabó destrozando a todos. A Gorka Izagirre y a Jakob Fuglsang, a Kwiatkowski y a Romain Bardet. A Purito no hace falta más que dejarle una bala. Él la dispara. ¡Pam! Y siempre acierta. Puntería.

Y chispa. Hay que tenerla para que la pólvora no se moje con el aguacero que le cayó encima. A él y a todos. Llueve en el Tour. Por fin. De golpe y porrazo el termómetro se desplomó desde los más de 25 grados a los 15, agua y granizo incluidos, que había en la meta de Plateau de Beille. Un respiro para la mayoría.

Eso, el agua y el frío es lo que más le gusta a Contador. Por eso, por su casta y su clase también, fue el primero en abrir la veda de los ataques a Froome. Le siguió Nibali. Tiburón bajo la lluvia. Los dos orgullos heridos del Tour, el del insaciable Contador y el del italiano, criticado otra vez por Vinokourov, el patrón del Astana, al llegar a Cauterets. «Cobra mucho dinero para lo poco que está haciendo, debe ir a la Vuelta», lanzó el ucraniano, que añade deberes al italiano.

Ninguno de los dos abrió hueco. Tampoco Alejandro Valverde en sus cuatro intentonas que mostraron unas piernas fantásticas, como pocas veces en un puerto largo. Fueron la mecha que lanzó poco después el arreón de Nairo Quintana. Nada. Primero Richie Porte y luego el impresionante Geraint Thomas, la gran revelación del Tour, que aguanta en las primeras posiciones de la general. Ninguno tuvo la metralla suficiente para acorralar a Froome. La bala certera y matadora de la tarde, la de Joaquín, estaba ya descargando toda su rabia sobre la meta. Y se fumó en Plateau de Beille un Purito bajó la lluvia.