El año de la magia

Isco, que posa para LA RAZÓN antes de viajar, ha ganado la «Décima», ha sido padre, es titular y quiere el Mundialito

Caminando con los pies arqueados, como si siempre estuviese montando un caballo, aparece Isco en una sala de la Ciudad Deportiva del Madrid. Lleva vaqueros, sudadera y zapatillas de deporte. Es sábado, y el viernes, en Almería, ha parado un balón con el pecho en la esquina del área, lo ha bajado suavemente al pie y ha ido abriéndose hacia la derecha, tocando la pelota con el exterior para inventarse un hueco y marcar.

El fotógrafo ha estado buscando el mejor lugar para las fotos. Por los pasillos de Valdebebas se ven camisetas del equipo desparramadas, de un grupo a punto de viajar, gente que viene y va, un árbol de Navidad en la puerta de la residencia. Mucho orden y limpieza, un lugar para estar tranquilo. Llega Isco con media sonrisa y obedece las instrucciones. «¿Sonrío?», pregunta. «No, todavía no».

«Al principio puede parecer tímido», cuenta Miguel Ángel Avilés, que le entrenó cuando era un niño en Málaga. «Pero después, cuanto tiene confianza, se suelta». «Y es muy bueno para el grupo –añade Ginés Meléndez, entrenador suyo en las categorías inferiores de la Selección–. Siempre tiene una sonrisa, una broma. Es muy gracioso».

Para la primera foto sujeta la pelota entre la mano y el hombro; para la segunda, el fotógrafo le dice que puede soltar el balón y se lo pasa a los pies, su sitio natural, lo engancha entre las dos zapatillas, como si las piernas arqueadas estuviesen así expresamente para eso, para atraparlo. «No recuerdo verle con bicicletas», continúa Miguel Ángel, «siempre con una pelota, se pasaba las horas en el polideportivo, jugando al fútbol. Se acostaba con la pelota, se levantaba con ella». En Almería, después de enviar el balón al palo más lejano y con rosca, Isco se chupó el dedo, como hacen los niños pequeños, dedicado a su hijo, que nació en agosto. El futbolista llegó al Madrid la temporada pasada y con varios altibajos terminó siendo decisivo, pero es ahora cuando se encuentra en su mejor momento. Es titular, juega donde le piden y no desentona. Es padre y puede ganar el Mundialito en unos días. «Está eufórico, este momento está siendo genial para él», dice alguien que le conoce de cerca. A sus 22 años, es uno de los futbolistas más decisivos del equipo de Ancelotti. Si tiene que correr, corre; y si le dejan inventar, inventa. Como ha estado haciendo toda la vida: «Era técnicamente espectacular, tenía el mismo desparpajo, el mismo ingenio y la misma personalidad que muestra ahora en el Real Madrid», continúa Ginés. «Siempre ha sido un futbolista diferente».

El fotógrafo le pide que se asome por la ventana, como si mirara al horizonte, a lo que está por venir, mientras los miembros del departamento de Prensa bromean y él no sonríe porque es un profesional y el fotógrafo todavía no le ha dicho que sonría.

En los equipos inferiores donde jugaba siempre era la estrella, lo fue en el Málaga que asombró a Europa y cuando llegó al Madrid tuvo que acostumbrarse a otro papel. También tuvo que solucionar algunos asuntos con su antiguo representante. Todo queda lejos. Mañana jugará al lado de Kroos. Antes de marcharse y decir que la victoria en Almería fue muy dura, se encuentra con el balón perdido y aprovecha para dar unos toques. «Hay que decir una cosa –asegura el fotógrafo, que le ha visto de cerca– . Además es guapo».