Gran frustración y mayores promesas

La Razón
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No hubo segunda medalla para la delegación española, así que ya pueden los «sillon-bolistas» empedernidos y los futboleros a punto de quitarse el mono olvidarse de Eusebio Cáceres hasta dentro de dos años. En el Mundial preolímpico de Brasil, alcanzada su primera madurez, podrá el saltador español resarcirse del frustrante resultado de ayer, que lo es en tanto que siempre duele ser cuarto, pero que hoy ya es promesa de gloria: muchos atletas pueden propulsarse hasta 8,30, pero muy pocos tienen la capacidad para hacer cuatro saltos por encima de 8,15. El concurso de Cáceres fue tan denso en marcas como la final, con el corte de mejora en ocho metros y un atasco entre el segunda y el sexto.

Aleksandr Menkov, sólo un año mayor que el de Onil y hasta ayer moviéndose en registros casi idénticos, jugó en otra liga: en la de los 8,56 con los que Yago Lamela conquistó sendas platas mundiales en Fukuoka y Sevilla, allá por 1999. El ruso amenaza con convertirse en el Iván Pedroso que frustró las ambiciones del avilesino y ayer conquistó un oro merecido. Limpio, sin churretes ni discusión. A su espalda, una lotería más incierta que una tanda de penaltis o que la bola en el cable de la red con la que Woody Allen se recrea en el arranque de «Match point». Saquen la cinta métrica de la caja de costura y comprueben cuán ínfimos son los siete centímetros en los que se agolparon cinco atletas. Eusebio Cáceres no fue ni el más (Gaisah, con 8,29) ni el menos (Reif, con 8,22) afortunado de ese quinteto. Quedó justo en la mitad y se marchó, seguro, más triste que ninguno.