Cientos de obreros maquillan Río

Ni se habla del zica ni se utilizan repelentes; la vida de la ciudad gira en torno a militares armados hasta los dientes y cuadrillas que asfaltan calles y rematan instalaciones

La Selección de waterpolo se fotografió con Don Felipe en Barajas
La Selección de waterpolo se fotografió con Don Felipe en Barajas

Ni se habla del zica ni se utilizan repelentes; la vida de la ciudad gira en torno a militares armados hasta los dientes y cuadrillas que asfaltan calles y rematan instalaciones

El martes pasado, 32 grados centígrados en el invierno tropical de Río de Janeiro, ciudad agitada por unos Juegos Olímpicos inminentes que la mayoría no quiere, pero a los que todos se acostumbran con la hospitalidad que requiere el magno acontecimiento. El viernes, ayer, amaneció nublado con una temperatura similar a la del jueves, unos 22 grados muy agradables que hacen más llevadera la faena de los cientos de obreros que a la voz de los capataces igual tapan goteras en la Villa que asfaltan las calles en sus inmediaciones. Los barrizales, las pistas de arena y piedra de un día desparecen al día siguiente, recién asfaltada la calle con alquitrán de urgencia. La vida sigue. Río avanza.

Según se acerca la fecha de la inauguración de los Juegos y a medida que desembarcan las delegaciones, el milagro de la normalidad adquiere cuerpo, los cristales de las ventanas en los apartamentos de los deportistas brillan, las cisternas corren, el agua caliente abrasa en el grifo y los peores presagios se desvanecen. Río se acerca a la meta con pasos más o menos firmes y la lentitud del trópico.

El retraso en las obras es considerable, pese a los avances. Ahora todo ocurre deprisa y corriendo. Edificios que tenían que haber superado el examen hace tres meses, los están testando con los vecinos dentro. 3.604 apartamentos para cobijar a 18.000 deportistas y técnicos, con el recibidor hecho un asco, goteras en el salón, cables sueltos en las habitaciones, inodoros atascados de yeso, grifos que no se abren, inundaciones, suciedad por doquier... Hasta con la atención urgente que precisa un moribundo en medio de la autopista aparece la ambulancia y los sanitarios lo salvan. Así discurre la vida en el Parque Olímpico, entre sobresaltos –por obras inacabadas–, avisos al fontanero, al electricista, al carpintero o al albañil. Una legión de obreros que trabaja durante 24 horas para que delegaciones como la australiana regrese a la Villa o la gran masa de inquilinos que está a punto de llegar no salga pitando.

Faltó tiempo, dinero y personal. La llamada de atención del COI, espantado desde 2013 por el cariz del asunto, hasta el punto que sondeó a Londres por si quería acoger los Juegos de Río y no hubo suerte, ha surtido efecto. Los brasileños se han puesto las pilas. Esa inyección de 520 millones de euros para que todo el operativo de los Juegos funcione correctamente y todo esté más o menos terminado el día 5, ha servido para resucitar al cadáver.

Mejoras considerables, esfuerzos que no son baldíos, la normalidad que sale al encuentro del visitante y militares y policías armados hasta los dientes para disuadir al delincuente y al terrorista de sus aviesas intenciones. Policías y militares a caballo, en moto, en helicóptero, con camiones, jeeps y tanquetas se mezclan en el Parque Olímpico con los obreros para que los deportistas sólo piensen en competir.

En las calles de Río, en las zonas recomendables, no en las favelas, se respira tranquilidad. Ambiente distendido incluso fuera de lo que es el anillo olímpico. La población empieza a ilusionarse, o eso parece; la naturalidad es la noticia destacada, aparte de las obras y las prisas por terminarlas, y ya ni siquiera el zica es motivo de conversación. Sin necesidad de rociarse de repelente, la gente camina en pantalón corto, utiliza el móvil por la calle sin temor a que se lo quiten... Normalidad es lo que se percibe en esta ciudad que durante tres semanas se va a convertir en una jaula de oro.

Temores había antes de acudir a los Juegos de Pekín. La contaminación allí era una amenaza como el zica en Río. Llegado el momento, los chinos lanzaron cohetes, provocaron lluvia y el sol brilló en las alturas para asombro de los pekineses. En Río todavía hay que comprobar en plena ebullición olímpica que la seguridad es efectiva, el transporte funciona y los mosquitos se han ido con viento fresco. En el centro de Prensa (MPC) a los ascensores todavía no les han retirado los plásticos; es un local desangelado, como si los responsables de vestirlo se hubieran quedado sin medios.

Peticiones de material de oficina, conexiones imprescindibles que se piden por la mañana, no llegan hasta bien pasada la noche. Pero llegan. Falta personal y faltan medios. Pese a esa normalidad y a la buena voluntad, se aprecia que están desbordados. La llegada de las delegaciones complicará un poco más lo que ahora es casi normal. Hacen lo que pueden, aceleran porque antes se durmieron, como si los Juegos hubiesen sido un sueño de Lula y no fueran a llegar nunca. Pero están aquí, a la vuelta de la esquina. Y como siempre, entre sobresaltos.

La pasajera 306 del equipo español

La española Galia Dvorak se había quedado a las puertas de la clasificación para los Juegos; pero ocupará la plaza de la francesa Carole Grundisch, que no podrá acudir a la cita a causa de una lesión. Aunque las inscripciones estaban hechas, el Comité Olímpico Español pudo incluirla y añadirla a los 305 inscritos. La Federación Internacional de Tenis de Mesa, admitió a Dvorak y la pasajera 306 se unirá en estos Juegos a Yanfei Shen y al incombustible He Zhi Wen, «Juanito».