Nadal, patrimonio de la humanidad

Nadal, sin apenas energía, tiró de orgullo para pelear el bronce y meter el miedo en el cuerpo a Nishikori.. El abanderado español deja Río como campeón olímpico en dobles

Rafael Nadal tiró de orgullo para pelear el bronce en el partido frente a Nishikori
Rafael Nadal tiró de orgullo para pelear el bronce en el partido frente a Nishikori

Nadal, sin apenas energía, tiró de orgullo para pelear el bronce y meter el miedo en el cuerpo a Nishikori. El abanderado español deja Río como campeón olímpico en dobles

Ignoraba la energía que le quedaba en el depósito. Antes de discutir el bronce con Nishikori, Nadal había destrozado cualquier teoría sobre los tiempos de recuperación de las lesiones en los deportistas de élite. Entró en escena sin ensayos y sin escuchar los consejos de algún apuntador que le recomendaba prudencia y descanso. Quería ser el abanderado de España en Río y para que no sirviese de excusa fácil, lo apostó todo al tenis. Y ganó. Las consecuencias de su decisión, de momento, son un oro y un cuarto puesto por lo que, en sus condiciones, merece un monumento. De las físicas más adelante se sabrá. Lo reciente es que perdió ante el japonés como un héroe, en tres sets (2-6, 7-6 y 3-6).

El 27 de mayo abandonó Roland Garros. Había llegado en plenitud y dispuesto a conquistarlo por décima vez... Una vaina a punto de romperse, protectora de un tendón en la muñeca izquierda, frenó la escalada. El parón le postró en casa, con una férula, dolores agudos, calmantes y nada de entrenamientos. Hay portentos físicos que recuperan la forma en minutos musicales. El ciclista Óscar Freire ganó su primer Mundial, en Verona, con muy escasos días de preparación. También Contador suele adquirir el tono muy rápido. El tenis, con una lesión sin curar, es diferente.

Que Rafa haya padecido jornadas de dos partidos, sin tiempo apenas para recomponer la figura; que en menos de 20 horas, después de ganar el oro en dobles y someterse al acoso y derribo del protocolo y de los medios, se enfrentara a Del Potro, el verdugo de Djokovic, convertía el reto de pugnar por el oro o por la plata en

una empresa de tamaño colosal. ¡Llevaba dos meses sin entrenarse! Rozó la hazaña. Si con 6-5 en el «tie break» aquella derecha que nunca suele fallarle hubiese entrado, que rebasó la línea por muy poco, quizá habría ganado. La moral del argentino era más débil que la capacidad de sufrimiento de Nadal.

Y al día siguiente, Nishikori, que no se rinde jamás, que es muy difícil de doblegar a poco que las cosas le salgan bien, y que entró en la pugna por el bronce después de ceder sin excesiva oposición ante Murray y estando mejor preparado y más descansado que Rafa. Ya lo advirtió Nadal: «Me he dejado hasta la última gota de energía para ganar otra medalla para España. No tengo nada que reprocharme».

Había, pues, que medir las energías de Nadal contra el japonés. Se llevó una ovación cuando entró en la pista 1, no en la Central. La cara chupada, el cansancio a flor de piel, de esa piel que lleva en el rostro pegada al hueso como una lámina que es más visible por la barba de tres días. Hace un calor de mil demonios, las gotas de sudor empapan el territorio de los saques. Llega aparentemente fresco hasta el 2-2. La fatiga hace mella. Un coche no anda sin gasolina ni un ser humano camina sin energía. Nadal, no obstante, seco como está, con la reserva agotada, recurre al orgullo para continuar jugando. No hay color en el tenis de uno y otro: uno juega y el otro se sostiene. Así llega el principio del final: 2-6 para Nishikori.

El segundo set no va ofrecer mejores perspectivas que el primero. Entre los admiradores de Nadal se extiende un mudo ruego: «Que acabe pronto este castigo». Gana el primer juego, empata el siguiente y con el tercero se aprecia la enorme diferencia entre los dos contendientes, y es ostensible la incapacidad del español para reponerse. Ya no tiene chispa, no llega a las bolas que buscan las líneas, trata de animarse; pero de donde no hay no se puede sacar. Y sin embargo, con 1-3, consigue sumar un segundo juego. Tira de raza Nadal, de orgullo; nunca se ha dado por vencido y ni siquiera la venda blanca que asoma en su muñeca izquierda le arredra. Lo da todo. Hasta donde llegue, se dice. Y en el simultáneo, 2-5, ha perdido el saque.

Le toca restar, Nishikori; asombrado porque el gladiador de enfrente no muerde el polvo. Resiste en pie como Máximo, que se desangra tras la puñalada traicionera de Cómodo. Crece la figura de Nadal, y su leyenda, consigue anotar un 5-4 cuando todo parecía perdido. A Nishikori le tiemblan las piernas y pierde su siguiente saque con una doble falta: 5-5. Increíble.

En el deporte no se hacen prisioneros, siempre hay uno que pierde, y Kei no quería ser él. Persigue la victoria lanzando bolas imposibles; ni por ésas, ahora está 6-5 abajo. Logra empatar. En la muerte súbita, pierde 7-1, se desespera, 7-6 para Nadal. Milagro. Podía haber sido una liberación, rendirse con el 2-5 y salir zumbando hacia el masaje reparador y directo a la recuperación de esa muñeca mal curada. Va a tardar más de lo previsto porque el japonés se ha metido en el vestuario y no sale. Fueron once minutos de parón.

Podía haber sido la liberación, el merecido descanso con casi todo perdido, y eligió la tortura. Sirve Japón, no falla, 0-1. Turno de Rafa, con calma, algún grito de ánimo, Kei protesta, 1-1, talento y garra. La grada es un pitorreo, espectadores que van y vienen, ahora la queja es de Rafa. Con 1-2, empieza el juego fatídico, el cuarto; el español pierde con su servicio. Y vuelta a remar contracorriente, 1-4. Ya en la silla, el español se queja agramente a uno de los comisarios de la ITF de la ausencia injustificada y no advertida del nipón. Suma un juego, no obstante, pero no recupera la desventaja: 2-5. ¿La suerte está echada? ¿Tendrá eco el segundo set? No, concluye con 3-6 y el bronce para Japón. Rafa se despide del rival y del juez de silla sin cariño. Piensa que se la han jugado con aquella prolongada desaparición, cuando él había «vuelto» al partido y Nishikori se estaba marchando. Y se fue. Pero volvió para ganar.

Afirma Agassi que Nadal es el mejor jugador de la historia del tenis y lo razona. Si no lo es, le falta poco, incluso en partidos como éste que clausura con derrota después de tanto luchar.