Juegos Olímpicos

Melancolía o 43.18

La Razón
La RazónLa Razón

AUsain Bolt, que con razón se autoproclamó leyenda durante los Juegos de Londres, sólo le queda un reto: intentar batir el estratosférico récord mundial de los 400 que Michael Johnson estableció en La Cartuja en 1999. Su superioridad en 100 y 200 es tal que le resulta imposible encontrar el punto necesario de motivación para trabajar como un hombre en busca de sus límites debe hacerlo. A sus 27 años (los cumple pasado mañana), un Bolt al ochenta por ciento de su capacidad prolongará su reinado durante al menos un lustro, a no ser que aparezcan las lesiones. Cuando se clausuren los Juegos de Río, tras los que planea sumar nueve oros olímpicos, le faltarán días para alcanzar la treintena. Linford Christie fue campeón en Barcelona con 32, los mismos que tenía Johnson cuando estableció en Sevilla su plusmarca aún vigente de 43:18.

Por su estatura y por su capacidad para alargar la zancada como un puma, que no en vano es el anagrama de la marca de ropa que lo equipa, Usain Bolt es morfológicamente un atleta más proclive a la velocidad sostenida que a la velocidad pura. Suena a paradoja referido a quien ha recorrido cien metros en 9.58, pero es así: no hay más que mirar los tiempos de reacción de sus carreras y recordar que no se prodiga en la pista cubierta, porque sobre 60 metros tendría dificultades para reinar y sus 94 kilos lo harían derrapar en las curvas peraltadas del 200 bajo techo. Es incuestionable que tiene en sus piernas la marca de Johnson, lo que no está tan claro es que tenga la cabeza preparada para adaptar sus entrenamientos a una prueba mucho más exigente. O eso, o la melancolía de Alejandro Magno, muerto de pena porque no le quedaba más mundo por conquistar.