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Reencuentro galáctico: Aquellos maravillosos años

Solari, entrenador del conjunto blanco y Ronaldo, dueño del club vallisoletano, coincidieron como futbolistas. Tras ganar una Intercontinental, a Ronnie le regalaron un coche por ser el mejor jugador

Solari, entrenador del conjunto blanco y Ronaldo, dueño del club vallisoletano, coincidieron como futbolistas. Tras ganar una Intercontinental, a Ronnie le regalaron un coche por ser el mejor jugador.

En una comida con los jugadores del Valladolid, Ronaldo le explicó a uno de sus futbolistas, a Keko, cómo tenía que haber actuado en un mano a mano que tuvo contra el portero. «Tienes que tener tranquilidad, le amagas un par de veces y te vas para el otro lado», informaba «El Norte de Castilla». Es decir, lo que durante toda su vida hizo el brasileño.

Solari, que era un secundario de lujo en ese Real Madrid plagado de estrellas, sabe que es imposible encontrar en su equipo y en el fútbol actual un delantero como su excompañero. No sólo por lo que hacía en el campo, también porque nada era trascendente a su lado. Ronaldo vivía feliz hasta en los momentos más complicados. Algo así quiere Solari para este Madrid, que necesita ganar por encima de todas las cosas: «Hay muchos objetivos en fútbol: hacer goles, defender bien, atacar bien, las transiciones, pero la alegría, el carácter, las ganas y la ilusión son cosas igual de importantes que las demás», decía ayer. Sólo los buenos resultados le pueden dar la continuidad en el banquillo y para conseguirlos necesita que el equipo mejore el juego y la puntería, pero también que cambien las caras y el ánimo, que vuelva la alegría. Cuando se le preguntó por el encuentro en Melilla, no sólo habló de fútbol: «El resultado fue fruto de la concentración con la que se viajó, la alegría y la intensidad. Marcamos goles y hoy trabajaron con mucha alegría. Debemos seguir haciendo esto».

Marcar goles y jugar con alegría. Es decir, Ronaldo.

El brasileño, el dueño del Valladolid, se llevará esta tarde los agradecimientos y felicitaciones de muchos madridistas que no olvidan sus partidos en el Bernabéu, cuando marcar un gol era la cosa más sencilla del mundo: había que pasársela al él para que corriera y superase al portero con una facilidad que, vista hoy, parece inconcebible. «El talento rotundo. La fisión nuclear del átomo. El purasangre en la gatera. La victoria del instinto. El disparo quirúrgico. La técnica acabada. La pureza arquetípica del engaño y la finta. La imaginación desconcertante. Todo enfocado en una sola y obsesionada dirección: el gol», escribía en «El País» Santiago Solari de quién había sido su compañero.

Hoy, el argentino estará en el banquillo del conjunto blanco, en su estreno como entrenador del primer equipo en el Santiago Bernabéu y el brasileño, con más kilos y mucho menos estrés encima, estará junto a su amigo Florentino Pérez, en el palco del estadio, como dueño del conjunto vallisoletano. Cuando lo compró con su dinero, lo celebró con una comida en un restaurante de la ciudad. «La verdad es que ha comido muchísimo», decían a «El Norte de Castilla» los dueños del restaurante.

Fueron tiempos buenos, aunque no mejores de los que ha vivido el Madrid durante estos cinco años históricos de cuatro Champions. Pero sí que la presencia de ambos en el Bernabéu hará sentir a los madridistas nostalgia, porque todos eran más jóvenes y porque la memoria ha borrado los malos recuerdos. «Una madrugada, en Japón, después de ganar la Copa Intercontinental, en medio de festejos, le vi entrar con una gigantesca llave de plástico dorada con el nombre impreso de una conocida marca de autos japoneses. Había ganado el premio al mejor jugador del partido: una gran camioneta blanca. Le pregunté si, por casualidad, no le habían entregado también las llaves», contaba Solari en «El País».

«Nos escapamos a la cancha otra vez. Ronaldo no se limitó a dar vueltas olímpicas, convirtiendo el estadio Internacional de Yokohama en una pista de Nascar. Fue una estupenda sesión de rally, ante la desesperación de los encargados japoneses, que concluyó sólo cuando nos incrustamos dentro de la portería donde, un par de horas antes, había marcado el gol».