Rubén Nieto impone su ritmo

El campeón revalida el título de campeón de Europa frente a Nicolás González

Rubén Nieto en uno de los momentos en los que alcanza el rostro de Nicolás González
Rubén Nieto en uno de los momentos en los que alcanza el rostro de Nicolás González

Revalida el título de campeón de Europa frente a Nicolás González

Rubén Nieto llegó con la técnica y el ritmo; Nicolás con la pasión y la potencia. Uno venía para revalidar el título de campeón de los pesos super ligero; el otro, para arrebatarle el cinturón. Un boxeador también está hecho de sueños. Es uno de los ingredientes intangibles que citaba Muhammad Ali. Pero lo que ayer se impuso en La Cubierta de Leganés fue la precisión y, posiblemente, una manera de entender el boxeo. El combate arrancó con el público de las gradas dividido. El empuje lo puso el aspirante, que enseguida mostró su mejor arma: tirar unos puños duros, que más que tumbar a su adversario quieren hundirse en su alma y arrojar su ánimo al abismo. Este primer round dio alas a su ímpetu. Le hizo creer que su meta aguardaba ahí mismo, que bastaba con encontrar la combinación adecuada que le permitiera ensombrecer la expresión de su rival. Pero Rubén Nieto demostró que el pugilismo también es ajedrez.

Todos aguardaban que éste saliera a la contra: esperar, contragolpear. Para nada. Clavó los pies en la lona. No hizo caso a lo que le gritaban desde su esquina: "No te quedes ahí". Pero él entró en el juego de Nicolás González: una mano por otra. Sabía que en esa balanza, más tarde o temprano, el platillo se decantaría a su favor. Después de coger la medida al de La Cabrera, resucitó en el tercer asalto. Unas manos dejaron a Nicolás González sentado entre las cuerdas. La mirada de este púgil duro como el granito, y que llegaba con la determinación de los que saben que el destino es suyo, se resquebrajo. A un boxeador, más que a cualquier otro deportista, hay que saber mirarle en la sima de sus ojos. En los de él resplandeció el desánimo. Lo que quedó de este asalto fue supervivencia, resistencia, pura lucha por conseguir un poco más de aire, bailar para no caer. Estarse quieto era entrar en la tumba. Así que Nicolás retrocedía, hacia donde fuera, no importaba, y Rubén avanzaba.

Pero el campeón no remató. Tampoco lo hizo en los dos rounds siguientes. Las oportunidades se aprovechan o no. Rubén permitió que Nicolás recuperara su resuello y en el sexto, el aspirante volvió a soñar cuando vio a su perseguidor besando la lona, rodeado por los fantasmas de su peor pesadilla: la derrota. Pero sólo fue un espejismo. Unos segundos de esplendor y una pregunta que ya para siempre quedará en el limbo: ¿Si la campana no hubiera sonado tan temprano en este asalto, Rubén Nieto habría aguantado el acelerón de Nicolás? Una cuestión que ahora ya carece de importancia.

En el séptimo round, Rubén Nieto que seguía fiel a su ley, la impuso por fin. Igual que en la física, que todo lo que sube, cae. Rubén Nieto arriesgó: expuso su rostro en demasiadas ocasiones, pero se llevó la victoria. Después de jugar tantas veces al póquer cubierto, apostó esta mano al póquer descubierto y ganó. Recibir, sí, pero castigar, sin parar, a su adversario. Una mano tras otra. Hasta el cemento llega un momento en que empieza a agrietarse. Nicolás resoplaba. Cabeza alta, manos más bajas de lo habitual, y con la cara reflejando la frustración, el dolor de que las lecciones aprendidas en el gimnasio no salieran en la lona, entre las doce cuerdas, ese torbellino que ha engullido tantas esperanzas y a tantos hombres. Nicolás dio lo mejor y demostró que, por encima de cualquier tropiezo, está el carácter, no fallarse a sí mismo. Él no lo hizo y puede sentirse orgulloso. Como decía alguien: si se aprende, nunca existe la derrota. Ya vendrán otros éxitos y otros instantes para la épica. Rubén Nieto alzó los brazos en el séptimo round y se llevaba el triunfo por K. O. técnico. Y enseñaba a los escépticos, a los que aún albergaban dudas desde el match de Londres, que él es el campeón de Europa de su categoría. Sin falsas retóricas, sin excusas.