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Scariolo ya es eterno

El venerable Luis Scola jamás olvidará la final. Facundo Campazzo, tampoco. En realidad, ningún argentino podrá hacerlo. A todos les entrará un sudor frío cuando recuerden a la selección española y, en particular, a Sergio Scariolo de pie con esa cara de «qué me bien me está saliendo el plan». Le faltaba el puro a lo Hannibal Smith en el Equipo A, la verdad. Su estrategia defensiva fue tan precisa que convirtió a la efervescente Argentina en una balsa de aceite. Scola, con todo lo que lleva encima en esto del baloncesto, parecía un juvenil incapaz de encontrar el aro de España, incrédulo ante lo que estaba ocurriendo. Como él, Campazzo y todo el equipo argentino apenas pudieron desenvolverse en la tela de araña diseñada por Scariolo. Este campeonato ha alumbrado la mejor dirección de partido en años.

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Pizarra y... liderazgo «Podemos cometer errores, pero no puede haber lugar para la frustración. No solo en los propios, sino también en los compañeros», decía Scariolo a sus jugadores con voz pausada en la previa de la semifinal. Es decir, cabeza fría para no hundirse en los peores momentos y compañerismo para superar las adversidades. Scariolo también es un líder sólido, de esos a los que escuchas sin pestañear cuando hablan. Es directo en el mensaje, tiene autoridad y gestiona los grupos de maravilla. Lo hizo en las «Ventanas FIBA» y lo ha hecho en la gran competición con una selección que, libra por libra, no alcanzaba el nivel de otros años. Sin duda, estamos ante el mejor seleccionador de nuestra historia. Su palmarés y su relevancia en el éxito así lo atestiguan: un Mundial, tres Europeos y dos medallas olímpicas. Ah, y un anillo de la NBA como asistente de los Raptors, el primero en la historia de esta franquicia. Las casualidades, a veces, no existen.