Abengoa, el gigante que se quemó con el sol

La compañía lucha de nuevo por evitar la mayor quiebra empresarial de España. Sus responsables se han dado de plazo hasta el próximo martes para llegar a un acuerdo con los acreedores

Felipe y Javier Benjumea, con representantes de la Junta, cuando todavía estaban al frente de Abengoa
Felipe y Javier Benjumea, con representantes de la Junta, cuando todavía estaban al frente de Abengoa

El magnífico Campus de Palmas Altas en Sevilla, ahora semivacío, y que ha sido la sede de Abengoa durante una década, y sueño hecho realidad de su expresidente, Felipe Benjumea, bien podría ser la metáfora de una compañía que llegó a ser un emblema no solo de Sevilla, sino de Andalucía. Una empresa que lo fue todo en el mercado de las energías renovables, elogiada por el mismísimo Barack Obama, y que ahora se vuelve a colocar a un paso del concurso de acreedores.

La torre termosolar en Sanlúcar la Mayor, conocida por los sevillano como «Ojo de Sauron», queda también como testigo del pasado, otrora dorado, de una empresa que hizo del sol su mejor aliado aunque también fue su peor enemigo. Tras dos durísimas reestructuraciones financieras, los responsables de las empresa se han dado de plazo hasta el próximo martes para la formulación de las cuentas anuales del ejercicio de 2019 y llegar a un acuerdo con los acreedores para refinanciarse y poder esquivar así el concurso. La situación de la compañía es tan comprometida que incluso anunció a su plantilla que no disponía de liquidez suficiente para hacer frente a la totalidad de la nómina de junio.

La empresa ya salvó un primer «match point» en 2016. En aquella ocasión, el Juzgado de lo Mercantil Número 2 de Sevilla aceptó el plan de rescate después de que meses antes presentara preconcurso de acreedores. Pero, ¿qué lleva a un gigante con una facturación de 7.000 millones de euros y cuyas filiales llegaron incluso a cotizar en el Nasdaq, el Olimpo de las compañías tecnológicas, a estar a un paso de protagonizar la mayor quiebra empresarial de España? Fundamentalmente, una expansión desmedida y un endeudamiento a la par. Como Ícaro, Felipe Benjumea, deslumbrado por el sol, voló demasiado cerca y su imperio, al igual que las alas del mito, se derritió.

Familia de hidalgos

Los orígenes de Abengoa se remontan a 1941, cuando Javier Benjumea Puigcerver, procedente de una familia de hidalgos vinculados al duque de Osuna, funda, con José Manuel Abaurre, una empresa dedicada a estudios, proyectos y montajes eléctricos con un capital social de 180.000 pesetas. Pronto, Abaurre pasó –por decisión propia– a un segundo plano, dejando protagonismo a Benjumea, perteneciente a la alta burguesía sevillana. Su tío Rafael fue el primer conde de Guadalhorce, título que le fue otorgado por Alfonso XII, y el hermano de éste, Joaquín, fue ministro de Franco y gobernador del Banco de España.

Pronto Abengoa se extendió por toda Andalucía y en los 50 dio el salto al resto de España, aunque no fue hasta los 70 cuando se produjo la explosión del grupo, abriendo incluso su primera oficina internacional en Argentina. El patriarca se mantuvo al frente de la compañía hasta 1991, cuando cedió el testigo a sus dos hijos varones, Javier y Felipe.

En 2001, Javier Benjumea falleció, lo que marcaría un antes y un después. El patriarca mantenía la armonía entre sus hijos y entre otras de las familias sevillanas representadas en el accionariado a través de Inversión Corporativa, el holding que controloba Abengoa –hoy, en concurso de acreedores– y del que formaban parte, además de los Benjumea y los Abaurre, los Aya, los Solís y los Sundheim.

Los hermanos Benjumea tenían un carácter muy dispar. Mientras Javier era partidario de continuar con el negocio familiar de ingeniería eléctrica, Felipe decidió apostar por las renovables. Al inicio del nuevo milenio, la economía española vivía un momento dulce. Abengoa llegó a esta década muy diversificada, y con unas ventas que superaban los mil millones de euros. Es a partir de estos años cuando Abengoa dio su gran salto y se volcó en las energías renovables, especialmente en la termosolar.

Al calor del Decreto 661/2007 de 25 de mayo, por el que se regulaba la actividad de producción de energía eléctrica en régimen especial, Abengoa inició una carrera frenética que llevó al grupo a cotas nunca antes conocidas, con una facturación que llegó a los 7.000 millones, y a convertirse en un auténtico «rey sol» mundial. Llegó a levantar 20 plantas termosolares, una locura teniendo en cuenta que su más inmediato competidor tenía tan solo tres. Con una actividad primada, nada podía salir mal.

Crecimiento sin límite

Sin embargo, Abengoa crecía de forma exponencial, como también lo hacía su deuda, que llegó a alcanzar los 20.000 millones. El principal problema de estas inversiones es que, además de precisar una cantidad ingente de recursos, los plazos de amortización son muy largos, por lo que el flujo de caja llega al cabo de muchos años. Abengoa tenía que seguir financiando sus faraónicos proyectos, pero la cúpula no quería perder el control. En lugar de recurrir a una ampliación de capital, optó por otros procedimientos, como la emisión de bonos corporativos y la creación de acciones tipo B, sin derechos políticos.

Según apuntan los expertos, el principal problema de Abengoa fue crecer sin límite. Cuanto más endeudada estaba, más crecía. Cuanto más riesgo tenía asumido, más pagaba por el nuevo. De esta manera, la pelota se fue haciendo cada vez más grande, hasta que llegó el gran batacazo, que vino de la mano del cambio de Gobierno en 2012, y de su giro de 180 grados en la política sobre renovables al poner fin a las primas.

Con un cambio de regulación también en EE UU, el entramado de Abengoa comenzó a venirse abajo. El momento crítico fue noviembre de 2014, cuando Fitch consideró que su apalancamiento era el doble de lo admitido. El resultado, su calificación bajó y las acciones se desplomaron: Abengoa había perdido la confianza de sus acreedores. Los bancos pidieron entonces la cabeza de Felipe Benjumea a cambio de inyectar de nuevo liquidez a la empresa.

Se inició entonces una carrera por encontrar un «caballero blanco», un socio industrial que diera aliento a un enfermo comatoso. Entonces, apareció en escena Gestamp. La empresa de los hermanos Riberas mostró interés por hacerse con la compañía a través de una línea de crédito de 1.300 millones. Sin embargo, la negativa de la banca a seguir inyectando dinero dio al traste con la operación. Ante esta negativa, Abengoa presentó el 25 de noviembre de 2015 preconcurso acreedores. De esta forma, la compañía sevillana estaba a punto de protagonizar la mayor quiebra empresarial de la historia de España, incluso por delante de la de Martinsa Fadesa. Después de una negociación con los acreedores, el Juzgado Número 2 de Sevilla aprobó el plan de rescate en noviembre 2016.

Gonzalo Urquijo, nuevo responsable, se vio obligado a diseñar un nuevo proyecto de reestructuración, que pasaba por la creación de dos nuevas sociedades, AbeNewo 2 y AbeNewco 1. La primera, cuyo único accionista sería Abengoa, tendría el control de AbeNewco 1, que contendría las acciones de las filiales.

En causa de disolución

Abengoa tuvo que revisar las previsiones de negocio del plan de viabilidad publicado en 2019 y presentó uno actualizado, tras lo cual encargó a un experto independiente la determinación del valor razonable de la participación de Abengoa en Abenewco 2. El resultado: al cierre de 2019, el patrimonio neto de la sociedad individual Abengoa fue negativo por importe de 388 millones, lo que la coloca en causa de disolución. El Consejo acordó entonces suscribir una nueva línea de liquidez de 250 millones con garantía del ICO. También la solicitud de avales «revolving» por 300 millones, para cubrir las necesidades del negocio hasta finales de 2021.

El tiempo se acaba y esta próxima semana se sabrá si Abengoa tiene una nueva oportunidad.