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Sin nubes en la capital del Imperio

La Razón
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A mistad sin intimidad. Superados los resquemores históricos, la guerra hispano-estadounidense de 1898 y la forma artera en que ellos la iniciaron, las relaciones entre Estados Unidos y España en el último medio siglo han sido, y no es diplomacia, buenas.

Con la democracia hubo un salto cualitativo. Don Juan Carlos hizo un viaje a Washington, donde el Monarca estuvo eficaz y persuasivo, para mostrar que la nueva España quería verdaderamente ser demócrata. Suárez en dos desplazamientos ahondó en el tema. Del primero, volvió un tanto molesto por la escasa atención que le prestó Carter. El abulense recibió a Arafat, una primicia europea, lo que no le granjeó la simpatía del poderoso lobby judío y del aparato mediático cercano a él. Luego, por veleidades neutralistas y por creer que el tema era divisorio en momentos en que el consenso era vital, tuvo reticencias, sólo iniciales, a entrar en la OTAN, lo que enarcó alguna ceja en Estados Unidos. En su segundo viaje tuvo una buena reunión con Carter, disintió con él sobre Oriente Medio– el americano aún no estaba convertido al palestinismo– y dejó buena impresión. Carter lo elogió.

Calvo Sotelo abordó sin titubeos lo de la OTAN. Como diría su ministro Pérez Llorca, que trabajó con denuedo el ingreso, si participábamos en la defensa de Occidente a través del Convenio con Estados Unidos era mejor y más digno para España, incluidas nuestras Fuerzas Armadas, sentarse en la mesa de la OTAN con el mismo estatus que los demás países amigos. Con una opinión crecientemente en contra, por haber sido soliviantada por la oposición, los socialistas pregonarían «OTAN de entrada, no» y Sagaseta diría pintorescamente que el ingreso sería «una declaración de guerra a las Canarias»; UCD, que se deshilachaba velozmente, nos llevó a la OTAN, con la acusación de la izquierda de hacerlo con nocturnidad pero en realidad con debate y mayoría parlamentaria (186 votos).

Primera visita socialista

La cuestión planeó en el inicio de Felipe González. Los Estados Unidos tardaron en asumir que el líder español no faroleaba sobre que el referéndum era inevitable. Washington y otras capitales aliadas vieron con satisfacción los esfuerzos ímprobos que, rebobinando, desplegaba González para convencer a los españoles de que la OTAN no era mala y que si franqueábamos la puerta de Europa, esto llevaba casi aparejado hacer lo propio con el umbral otánico. Ganado el referéndum (52,8%), los estadounidenses tuvieron que tragar que debían dejar Torrejón, aunque creyeron a González y Ordóñez cuando insistían en que se quedarían en España y que seríamos un aliado fiel.

La figura de González creció– entrada en Europa, amistad con Kohl, participación en procesos de paz en Centroamérica–,y los americanos, buscando un lugar adecuado que no suscitase rechazo en ningún participante, nos «atracaron» pidiéndonos que organizásemos en 15 días la aparatosa I Conferencia sobre Oriente Medio. En realidad, era una encomienda prestigiosa, otras capitales habrían matado por hacerla.

Felipe González sería muy respetado por Bush padre y por el entonces super star y luego efímero Gorbachef.

El mandato de Aznar fue un periodo muy plácido con Estados Unidos. Por su ideología, por su concepción de la posición de España en el mundo, por creer que el terrorismo era una plaga que amenazaba a ambos países, el español se acercó sensiblemente a Washington y a Bush. El episodio de Perejil, donde varios europeos se inhibieron y Chirac prácticamente se pasó al lado marroquí, remacharon su convicción de las bondades del estrechamiento de lazos con el gigante americano. Lo apoyó decididamente en el terreno político en Irak. Con un costo obvio en la opinión pública de aquí: la española es de un pacifismo selectivo, enormemente sensible y dolida cuando Estados Unidos protagoniza una intervención pero se vuelve sorprendentemente indiferente en otros conflictos; allí, lo viví, hubo atenciones y distinciones, hasta la Prensa progresista tildó a ETA de terrorista. Zapatero debutó mal. Su desplante a la bandera tuvo escaso eco pero la salida de nuestras tropas de Irak, que Aznar envió después del conflicto, fue notada y resentida. No el hecho en sí, se esperaba, sino la forma en que se realizó, chapucera y peligrosa para otros aliados, y el modo en que se justificó: alegar que las tropas españolas estaban ilegalmente en Irak era rotundamente falso, zafio, y allí sentó mal. Nuestro Presidente vio con lógico entusiasmo el triunfo de Obama. Desaparecía el detestado Bush, ZP era el único dirigente occidental con el que Bush no se había verdaderamente sentado, y llegaba un líder «progre», brillante, adorado. Zapatero, jaleado por sus corifeos, creyó vislumbrar en él su alma gemela. En su voluntarismo imaginó que el carisma de Obama y el suyo propio podían provocar una revolución. (No se rían, esto es la traducción exacta de la declaración de Leire Pajín). Era desconocer sus limitaciones, las de la Unión Europea y hasta las del propio Obama. El español se enamoró fulminante y rendidamente del americano y no se enteró de que éste, sin desairarlo, tenía otros quereres. Las relaciones, con todo, se normalizaron y Zapatero hizo acto de contrición permitiendo el paso de aviones con carga humana vidriosa y ampliando las facilidades de Rota con irritación de los rusos. Con todo, el objeto del deseo de Zapatero, a pesar de los requiebros y del cortejo insistente, no vino a España.

El ahora

Rajoy acude a la capital del Imperio en un momento sin mayores nubes en el horizonte común. No hay contenciosos visibles y Obama ha alabado la senda iniciada por nuestro Gobierno. Obama y la clase política yanqui pueden alabarnos, él puede desear venir a España, pero nosotros no somos una gran potencia y no planteamos ninguna amenaza a Estados Unidos. De ahí que el eco de nuestros asuntos sea limitado aunque recientemente hay varias noticias esperanzadoras sobre nuestra economía. Nuestro presidente debe aprovechar todos sus contactos para explicar que cualquier autonomía tiene más autogobierno que un estado americano, que España en su configuración actual es una nación desde antes de la llegada de Colón a América. No debe olvidar que hay otros que dedicarán muchas horas y recursos en el futuro próximo a tratar de convencer a alguno de sus interlocutores de lo contrario.