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Un estreno dulce hasta que Estados Unidos quiso

Las primeras experiencias con el euro fueron positivas para los gobiernos y las empresas. Perdieron el riesgo de los tipos de cambio y abrieron las puertas a las relaciones comerciales.

Los primeros años del euro fueron apacibles a pesar del runrún creado en torno al encarecimiento de la vida en España por aquello de que 1.000 pesetas solo eran 6 euros. La moneda única suponía abrir las fronteras para explotar el potencial de las economías al facilitar el intercambio comercial y financiero. El profesor del Centro de Estudios Financieros, Juan José Pintado, asegura que «con su introducción se propició fuertemente la creación de un mercado único empresarial y también bursátil. Fundamentalmente, la eliminación del riesgo del tipo de cambio en las transacciones económicas de todo tipo en la Unión Europea supuso un enorme avance al mitigar la incertidumbre respecto al resultado final de las mismas».

La supresión del tipo de cambio de las monedas conllevó un fuerte beneficio, sobre todo, para las compañías. Éstas, dice Pintado, «no han sufrido efectos negativos» debido a la introducción del euro. Más bien se han encontrado con un sistema que ha liberalizado la actividad del tejido empresarial, y ha logrado que las corporaciones ganan protagonismo y competitividad a nivel internacional (y ponerse a la altura de las estadounidenses).

Los mercados de la euro zona abrieron las puertas a la entrada de dinero extranjero al estar respaldado por un sistema monetario más protegido y de mayor capacidad. Los inversores internacionales «consideraron seguros estos estados y los inundaron con dinero barato. Así, las empresas y los gobiernos aprovecharon esta entrada de fondos para impulsar su crecimiento», afirma la directora general de la FEBF, Isabel Giménez.

Pero, claro, el euro tenía que convivir con el dólar, y ese quizá fuere el aspecto más duro de su existencia. Y lo comprobó en 2004, cuando la Reserva Federal (FED) aumentó desde junio a diciembre los tipos de interés del 1% al 2,25%. El euro se apreció hasta los 1,35 respecto al dólar, y el hecho de que la FED mantuviese los tipos a niveles más altos que el BCE provocó que la recesión llegase con la moneda única más apreciada de lo habitual.

La figura de la entidad que hoy dirige el italiano Mario Draghi (aunque sólo le restan 10 meses en el cargo) ha realizado una labor que, para Pintado, es necesario reconocer: «Creo que hay que señalar en su haber la independencia de las decisiones de política monetaria del Banco Central respecto a las presiones de las autoridades políticas de la propia Unión Europea, y de las específicas de cada estado miembro».

Una moneda fuerte. Ésa era la consigna con la que comenzó la historia del euro y del BCE. Evidentemente, hasta que en 2002 no entró del todo en circulación, fue más complicado que se cotizase por encima del dólar. Sin embargo, no tardó en lograr superar a la divisa estadounidense y lograr su objetivo. Así, Pintado señala que «si la moneda de un país, como resultado de su oferta y demanda, es valorada en el mercado –se trata de una moneda fuerte respecto a las demás– significa que esa economía tiene unas buenas expectativas de crecimiento y se apoya en bases sólidas y firmes que, sin duda, el mercado está reconociendo y valorando». Esa fue la forma en la que el euro entró en circulación. El error estuvo en que se mantuvo fuerte cuando la economía estaba mal y no podía soportarlo.

El primer gran reto

La crisis fue el primer gran reto para el Banco Central Europeo y su gestión de la política monetaria. La institución debía lograr que la moneda no sufriese demasiado y se apreció hasta los 1,57 dólares en junio de 2008. Este aumento de su valor, «también motivado por su papel como moneda de reserva (llegó a suponer el 24,5% de las reservas mundiales), supuso el encarecimiento de las exportaciones de la eurozona a otros países, y el abaratamiento de las importaciones realizadas a otras economías, lo que empeoró el saldo exterior y su contribución al crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) de la eurozona», apunta Pintado. Una de las respuestas del BCE (y también de la FED) fue reducir los tipos de interés.

En Europa, en 2009 pasaron del 2% al 1%, y en Estados Unidos se mantuvieron en el 0% desde diciembre de 2008 a finales de 2015. Y tras volverlos a subir momentánamente, el BCE los rebajó de forma paulatina hasta el 0% en el que permanecemos desde 2016. Uno de los objetivos era facilitar la movilidad del dinero para que las economías no se durmiesen del todo y, de hecho, gracias a eso «los bancos han disfrutado de una enorme “barra libre” de liquidez” como resultado de una expansión sin precedentes», comenta Pintado. La idea también consistía en que las entidades financieras pudieran contar con mayores recursos para hacerlos llegar al ciudadano, que durante estos años veía como su poder adquisitivo se reducía a pasos agigantados. En España, en 2008 el PIB per cápita se situaba en los 24.275 euros, y en 2013 alcanzaba su nivel más bajo de la última década con 22.014 euros.

Y claro, el euro, al abandonar las carteras de los consumidores, tomó mala fama. Se volvió a plantear el encarecimiento de la vida por aquello de que el coste de un café se había disparado a partir de 2002, y si realmente salía rentable esperar a las decisiones del Banco Central Europeo si nuestro país hubiese reaccionado más rápidamente frente a la recesión pudiendo aplicar su propia política monetaria. De hecho, se ha señalado bastante que ese sentimiento creado durante la crisis ha sido el que ha impulsado la representación parlamentaria de partidos políticos antieuropeístas y con intención de saltarse las normas de las instituciones continentales.

La unión monetaria fue un cinturón de seguridad durante la crisis. Los mercados no confiaban de los estados pequeños y la alta capacidad de la zona euro, por lo menos, daba cierta seguridad. Por lo tanto, Isabel Giménez reflexiona sobre lo que podría ocurrir al llegar los problemas y tener una divisa particular.

«Si una economía se considera poco fiable, no podrá emitir deuda en su propia moneda, y deberá referenciarla con otra más fuerte (por ejemplo, todos los países emergentes con moneda referenciada en dólar). Si una economía está en un estado intermedio, y se considera poco fiable, pero capaz de tener su propia moneda y emitir deuda, deberá emitirla a un tipo de interés mayor, y además, ante cualquier problema o shock añadido, estos intereses aumentarán todavía más. Esto generará, además, problemas fiscales, porque los gobiernos pagan mucho más por su deuda pública, y las empresas mucho más por su deuda corporativa», concluye la directora general de la Fundación de Estudios Bursátiles y Financieros (FEBF).

El euro sigue arropado con medidas especiales

El BCE lanzó un paquete de medidas excepcionales para reaccionar ante la crisis, la inyección de estímulos a través de programas especiales de compra de deuda y la bajada de los tipos de interés hasta el 0%. Ya se ha puesto fin a la primera de esas iniciativas al acabar 2018 (aunque la entidad nunca abandona la adquisición de bonos, pues entra dentro de sus labores para garantizar la estabilidad financiera de la eurozona), y el BCE deberá aligerar el alto volumen de activos acumulados para que no le terminen pesando demasiado si la economía empeora.

Respecto a un aumento de los tipos de interés, la última noticia es que la entidad los ha retrasado hasta al menos tras del verano de 2019, y los expertos no creen que después tampoco ocurra. El BCE es el encargado de mantener un cierto nivel de inflación, en torno al 2%. Y para cumplir con esa tarea quizá no sea el momento de mover ficha y mantener la política monetaria que ha dado sus frutos en estos últimos años. Isabel Giménez destaca que «el prolongado período de baja inflación en el que nos encontramos hoy ha aumentado los riesgos de que la inflación no puede llegar a ser persistente, lo que podría ser perjudicial para las economías de la Unión Económica y Monetaria. Por eso, el BCE ha reaccionado con tanta fuerza para asegurar su objetivo de inflación, y se seguirá haciéndolo en el futuro si es necesario».

El euro se ha posicionado como una moneda fuerte (en 2018, por ejemplo, su cotización no ha bajado del 1,13 respecto al dólar), y esa característica hace que sea menos inflacionaria. Por lo tanto, la estabilidad de precios se encuentra amenazada si, como explicaba Giménez, la baja inflación se mantiene.

Cuando ya se ha confirmado que hemos entrado en un periodo de ralentización del crecimiento económico, hay que preocuparse más porque factores tan importantes como la inflación no descabalguen y contagien al resto de la economía. Menos cuando, por fin, parece que se había retomado cierto rumbo. Al menos así lo empiezan a notar los ciudadanos que, desde que su poder adquisitivo tocó suelo en 2013, han visto como el euro ha vuelto a ocupar sus carteras. El PIB per cápita (que entonces estaba en 22.014 euros), en 2017 se situaba en 25.064 euros, unos niveles que no se habían experimentado nunca con el euro en circulación.

Eso sí, si comparamos la evolución del PIB per cápita desde el año 2000 hasta ahora, los estadounidenses salen ganando (sobre todo porque durante la crisis no perdieron tanto poder adquisitivo como los europeos). Mientras, en nuestro continente el PIB per cápita ha avanzado un 36,5% en este siglo (desde los 15.935 euros), en la nación norteamericana ha crecido un 38,8%, hasta los 59.531 dólares. En lo que no se parecen en nada Estados Unidos y la zona euro es en la capacidad de endeudamiento que te otorga poseer una moneda potente. La deuda pública del otro lado del charco no ha parado de subir desde 2005, y la del conjunto de los miembros del euro desciende desde 2013. Cuando llegue la próxima crisis, se comprobará cuál de los comportamientos ha sido más acertado.